-“¿Un fascismo que tiene hoy más blanqueadores?
-Sí. Tiene muchos blanqueadores en estos tiempos oscuros”.
David Uclés.
La vulgaridad, como instancia útil para ser pensada, no deja de ser interesante. Existe, en la imposibilidad del otro para describir algo con elegancia y belleza, todo un lenguaje que no puede ser erradicado en modo alguno del universo. Su existencia llega a adquirir una forma tan real, como si se tratara de un planeta independiente que no produce luz sino largas sombras.
Hay seres opacos y mediocres, situados a contraluz y tenemos la obligación de aceptar su presencia disarmónica en el mundo. Al fin y al cabo la música -al igual que los planetas no están hechos tan solo de orden y de una simetría sinfónica al infinito- tiene sus instantes de Big Bang y de choque de partículas en su belleza. Si en esta vida tan solo nos detuviéramos a contemplar una hermosa puesta de sol, en el tierno y dulce atraco de un barco en el puerto o en la flor que se abre con impúdico despertar ante nuestros ojos, estaríamos mutilando el otro lado de la vida. Esa otra cara que muchas veces desestimamos y nos negamos a reconocer. Una parte que no aparece en la prensa ni tiene espacio en las revistas de ritmo social. Nos quedaríamos, en ese caso, con la narrativa vacua y desprovista de sentido de aquellos que se esfuerzan por ocultar el sol con un solo dedo de la mano.
Tengo un amigo, por llamarlo de algún modo, que cada vez que le envío uno de mis textos me devuelve una lata de excrementos en forma de palabras soeces y vulgares. A pesar de ello debo agradecer su gesto ya que él mismo me lleva, invariablemente, a reflexionar sobre tal actitud y el modo en el que todos intentamos ocultar buena parte de nuestra historia, enfatizando, con notable interés, tan solo aquello que nos conviene resaltar en el relato y que creemos debe ser conocido por los demás. Ya muchos otros antes que yo lo han dicho y con mayor elegancia: la memoria es selectiva y solo destaca lo que nuestro cerebro nos permite subir a la superficie.
Todas estas líneas surgen a raíz de un debate actual en España acerca de la pertinencia o no de revisar y hacer balance de la Guerra Civil del treinta y seis. Justo en ese foro, en ese contexto y a propuesta de los organizadores de unas jornadas que se iban a llevar a cabo a tal propósito, debían participar representantes de distintas disciplinas, |a veces polos opuestos en cuanto a su visión y postura ante la contienda. Sin embargo, uno de los ponentes, tal vez uno de los más señeros en este momento en aquel país, gracias a la repercusión y calidad de una de sus primeras novelas, que le ha dotado de numerosos premios y otorgado el reconocimiento de cientos y miles de lectores rendidos a la excelencia de la misma, se negó a participar en dichas jornadas por motivos de carácter ético ante la presencia de dos figuras políticas españolas, empeñadas en lavar la cara de un pasado horrendo y justificando lo injustificable del régimen dictatorial franquista.
David Uclés en su condición de joven escritor de la novela, “La península de las casas vacías”, que precisamente aborda, a decir de los críticos, con enorme maestría literaria ese oscuro período de la historia española, revisa y reconstruye en ella un pasado común sacando a flote aquello que una parte de la "historia oficial" de la derecha y la ultraderecha nacional se niegan a revisar en su auténtica dimensión. El autor desestimó, con valentía y aún a riesgo de recibir innumerables críticas, su participación en el citado evento, arrojando un jarro de agua fría sobre el mismo en el último momento. El escritor destapó con su decisión una auténtica olla de grillos sobre un pasado, que no es más que la lucha dialéctica entre la belleza y el horror, lo correcto y lo incorrecto, las diferencias aún palpables entre los que atentan contra las libertades y el progresismo y aquellos que luchan en favor de un mundo más habitable y tolerante. En otras palabras el conflicto sobre la vulgaridad de los que no saben enunciar las palabras ni la vida de una manera armoniosa y los que se resisten a vivir en el estercolero con toda la fuerza de su pecho. La frivolidad intelectual es una elección también y Uclés eligió jugarse la faja.
Me gustan y siempre me han gustado ese tipo de escritores que se mojan las nalgas cuando deben hacerlo. En este dilema ético David Uclés puso el dedo en la llaga y no hizo como muchos otros, a los que el glamour y la posición de privilegio que otorga la fama alcanzada vuelven con los años tan solo figuras decorativas y faltas de color. O bien ese otro tipo de intelectual que tanto prolifera por cualquier rincón del planeta, abigarrado y repleto de datos anacrónicos que no conducen a nada en el presente vivo. Viejos fósiles, personajes a los que alguien rechazó por formar parte de ese "aire de vulgaridad que azota el mundo" como bien me gusta recordar en un verso de Franklin Mieses Burgos.
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