La mayor satisfacción que puede experimentar una persona acaso sea asistir al nacimiento de un hijo; estar allí cuando llega al mundo, escuchar su primer llanto y comprender, aunque en ese instante todavía no sepamos medirlo, que la vida acaba de cambiar para siempre. Con los años uno descubre que los hijos vuelven a nacer muchas veces: cuando pronuncian las primeras palabras, cuando comienzan a leer, cuando toman decisiones que no les hemos sugerido o cuando encuentran una voz capaz de expresar ideas que ya les pertenecen por completo.

Hace unos días viví uno de esos momentos al leer «Bad River Band and the Limits of Tribal Sovereignty», un artículo de mi hija, Jimena Lantigua, publicado por el Tulane Institute on Water Resources Law & Policy. El texto examina la controversia entre la Bad River Band of the Lake Superior Chippewa Tribe, la empresa Enbridge y las autoridades federales responsables de evaluar el nuevo trazado del oleoducto Line 5. El proyecto evita formalmente los límites de la reservación indígena, pero continúa amenazando ríos, humedales y recursos naturales de los cuales depende la comunidad. A partir de ese conflicto, Jimena formula una pregunta que atraviesa todo el trabajo: ¿qué significa realmente la soberanía tribal cuando una decisión tomada fuera del territorio puede afectar de manera directa el agua, la subsistencia y la vida de quienes lo habitan?

Leí el artículo primero como padre y luego como abogado. La emoción de la primera lectura era inevitable; la segunda me permitió observar con mayor detenimiento la forma en que presenta los antecedentes, utiliza las decisiones judiciales y explica un problema jurídico que podría resultar pesado para un lector no especializado. El texto avanza con claridad, sin exhibiciones innecesarias y sin esconder sus ideas detrás de la terminología propia del derecho ambiental. Jimena sabe cuál es el conflicto que quiere examinar y conduce al lector hasta sus consecuencias jurídicas y humanas.

Su interés por estos temas tiene también una coincidencia familiar que no puedo pasar por alto. Hace años fui pasante en ese mismo Instituto de Agua de Tulane; más adelante trabajé como asesor externo en asuntos relacionados con la intersección de las políticas de agua de Luisiana y América Latina. Conocí de cerca el esfuerzo del Instituto por estudiar el agua más allá de las tuberías, los permisos o la infraestructura, como un asunto vinculado con la economía, el territorio, las comunidades y el ejercicio del poder. Nunca imaginé entonces que una hija mía publicaría allí un trabajo propio; mucho menos que lo haría sobre un tema tan complejo y con una mirada que no depende de mi experiencia ni intenta repetirla.

Jimena ha vivido entre lugares bastante distintos. Nació vinculada a Santo Domingo, pasó parte de su infancia en Carolina del Norte, cuando yo servía como sargento del Ejército estadounidense en Fort Bragg, y ha crecido también en Nueva Orleans, una ciudad donde la relación con el agua se encuentra presente en la historia, la arquitectura, la política y la conversación cotidiana. No pretendo convertir esos lugares en una explicación fácil de su interés intelectual, pero resulta difícil no advertir que cada uno le ofreció una manera distinta de observar el territorio, las comunidades y la forma en que las decisiones públicas afectan la vida de la gente.

El artículo no se limita a describir la ruta de un oleoducto. Examina el alcance de los derechos reconocidos a las naciones indígenas, el valor de los tratados, las facultades de las agencias federales y la dificultad de hacer efectiva una soberanía que muchas veces parece firme en los textos legales, pero frágil cuando se enfrenta a intereses económicos de gran tamaño. Jimena explica, además, que el agua no puede verse únicamente como un recurso sujeto a distribución o aprovechamiento; para la Bad River Band forma parte de su subsistencia, su cultura y su relación con el territorio.

Ese enfoque constituye, a mi juicio, uno de los mayores aciertos del trabajo. El derecho suele producir la ilusión de que basta con identificar la norma aplicable, revisar la jurisdicción correspondiente y comprobar si una autoridad actuó dentro de sus competencias. La realidad rara vez se deja reducir a ese esquema. Un permiso puede respetar los límites formales de una reservación y, al mismo tiempo, poner en riesgo las aguas que la alimentan; una decisión administrativa puede cumplir con determinadas exigencias procesales y desatender la historia de una comunidad. La calidad del artículo está precisamente en mostrar esa distancia sin recurrir a consignas ni abandonar el rigor jurídico.

He publicado durante once años en Acento y puedo reconocer, sin falsa modestia, que el artículo de Jimena supera muchos de los que he escrito durante ese tiempo. No lo digo como una fórmula afectuosa de padre ni como una concesión nacida del vínculo familiar. Su trabajo tiene investigación, estructura y una sobriedad que a veces solo se alcanza después de años de escritura. Expone lo necesario, evita los rodeos y permite que el problema hable por sí mismo. También conserva algo que no siempre resulta fácil en los textos jurídicos: la presencia de las personas que sufrirán las consecuencias de las decisiones examinadas.

Con el tiempo he aprendido a mirar la vida con mayor calma. Por eso no quisiera hablar de orgullo, una palabra que con frecuencia termina colocando el acento sobre quien observa y no sobre quien ha realizado el trabajo. Prefiero el agradecimiento. Agradezco haber asistido al nacimiento de Jimena, haberla acompañado en distintos lugares y etapas, verla descubrir sus intereses y encontrar ahora un texto suyo en una institución que también formó parte de mi recorrido profesional.

Los hijos no son la continuación de uno ni una obra cuya autoría podamos reclamar. Llegan a la vida a través de nosotros y luego construyen una mirada propia, toman otros caminos y escriben páginas que no nos pertenecen. Acaso la mayor satisfacción después de presenciar su nacimiento sea llegar al momento en que pueden enseñarnos algo; leerlos y reconocer, con serenidad, que la voz que escuchamos ya es enteramente suya.

Jimena me ha dado muchas felicidades. Esta ocupa un lugar particular porque llega por medio de la escritura, una actividad a la que he dedicado buena parte de mi vida. Después de leer su artículo, no siento que deba atribuirme nada. Solo me corresponde agradecer a la vida y esperar, como cualquier lector, su próxima página. Quienes puedan leerlo en inglés encontrarán el texto completo en: https://tulanewater.org/blog-post/bad-river-band-and-the-limits-of-tribal-sovereignty/

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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