En los últimos meses, las redes sociales y medios nos han ido mostrando y amplificando un fenómeno que inquieta a muchos padres: hijos e hijas que se identifican como animales, conocidos como therians. Algunos los toman con señal de alarma, otros como una extravagancia pasajera. Vayamos por parte.

La identidad es un proceso psicológico importante en que las personas consolidan su “yo” (yo personal) y su pertenencia al grupo (yo social). Es decir, dos dimensiones importantes en la identidad y su desarrollo:  aquello que nos caracteriza en lo personal y lo que nos coloca como parte de un grupo, sus vínculos y características.

Algunos teóricos del comportamiento, como el caso de Erik Erikson, la asumen como un proceso de crisis entre la identidad como tal y la confusión de roles. Dicho proceso supone la exploración y construcción de valores y con ello metas y propósitos en la vida, como también de la imagen corporal asumida.

La complejidad de este proceso es la pasada que en general ocurre en todos los seres humanos de la influencia familiar a la aceptación de quienes se constituyen en sus pares, es decir, sus similares. La psicología social ha estudiado profundamente este proceso como la dinámica entre el grupo de pertenencia y el de referencia.

Cuando mi hijo dice que es un lobo. EFE

Para Erikson la resolución positiva de este proceso de crisis se centra en la autoidentidad, el desarrollo de la autoestima y la respuesta a la pregunta ¿quién soy? Y ¿qué me hace ser único, particular y diferente a los demás? Pero un aspecto muy importante y complejo, es el de la adolescencia como “preparación” a la vida adulta. El otro es referencia importante.

El concepto adolescencia tiene su historia en la ciencia del comportamiento. El psicólogo norteamericano G. S. Hall, en el 1904, la definió como una nueva fase de la vida, situada entre la infancia y la adultez. Según él este período se iniciaba en la pubertad y terminaba hacia los 16 o 19 años, coincidiendo con el fin de la escuela.

La Organización Mundial de la Salud, conocida mejor por su sigla OMS, la define como el período de crecimiento y desarrollo que transcurre entre los 10 y 19 años, caracterizado por profundos cambios físicos, cognitivos, emocionales y sociales, que conllevan a la construcción de la identidad y la autonomía.

En los últimos 80 años, al finalizar la II Guerra Mundial, acontecieron procesos que han llevado a relevar otros aspectos importantes de este período. Los movimientos juveniles de los años 60 y 70, conocidos como “revueltas juveniles”, llevó a algunos, como Kenneth Keniston, a postular el concepto de juventud, como una etapa intermedia entre la adolescencia y la vida adulta.

Al respecto, en el 1989 Narcea publicó en español un estudio ordenado por OCDE (Organización para la Cooperación Económica y Desarrollo) en el 1985, en el cual sus autores señalan lo siguiente:

“Cada vez más jóvenes atraviesan, después de la adolescencia, un período durante el cual nada está resuelto, ni la cuestión del trabajo, ni la cuestión de la familia: una especie de tiempo de espera antes de las responsabilidades de la edad adulta”, señalan que “el límite entre la juventud y la edad adulta es bastante impreciso, pues, hoy, el estilo de vida depende menos que antes de la edad”. Esta situación puede dar tiempo para “muchas genialidades”, de qué preocuparse.

Según los investigadores se desarrollan ciertos modos de vivir, de vestirse, como de trabajar que son característicos de los jóvenes, principalmente de los países del tercer mundo, pero que también se evidencian en personas con más de 20, 30 y hasta 40 años, como en menor medida en personas a cualquier edad. ¿Cómo darle contenido a ese período de la vida y qué contenido?

A finales de los 90 hacen su aparición las redes sociales. SixDegrees, en el 1997, fue la primera en aparecer con el propósito de localizar diferentes personas creando listas de amigos. En el 2002, surgen Friendster o MySpace y, en el 2003, Linkedin. Facebook en el 2004, Youtube, Twitter, Instagram y TikTok, 2005, 2006, 2010 y 2016, respectivamente.

En ese contexto y retomando el tema de los adolescentes y su identidad, Howard Gardner y Katie Davis publicaron un libro que en su traducción al español hiciera la editora Paidós en el 2014 con el título: La Generación App: Cómo los jóvenes gestionan su identidad, su privacidad y su imaginación en el mundo digital.

No hay dudas que estamos viviendo una época inusitada, con cambios en todos los órdenes que nos están afectando en muchos sentidos, sobre todo a las poblaciones jóvenes. Una época de cambios muy rápidos que irrumpen en la vida cotidiana, transformando maneras de pensar y actuar, antes inesperadas. Por eso, la pregunta de Gardner y Davis en su libro es pertinente.

En ese marco de cosas quiero situar el tema que nos ocupa, los therians. Más allá del ruido mediático, miremos el asunto con serenidad y criterios, pues lo que está en juego no es solo una moda juvenil, sino nuestra capacidad de acompañar a las nuevas generaciones en una época en que la identidad se construye de formas inéditas.

Quizás sería interesante distinguir entre dos conceptos que están en juego en este tema: identidad simbólica y creencia delirante, dos experiencias que pudieran parecer similares, si las vemos desde fuera, pero que psicológicamente, son muy distintas.

La identidad simbólica es una forma de expresión en la que un adolescente que dice sentirse “como un lobo” puede estar hablando de independencia, fuerza, vulnerabilidad o deseo de pertenecer a un grupo. Así, crea una metáfora, una narrativa, una estética, que no implica perder contacto con la realidad, como la manera de enfrentarla.

Consideremos que, en el mundo de hoy los referentes, los modelos, están desdibujados, no parece que estén claros y precisos. Ante la pregunta hecha a un grupo de estudiantes en la universidad acerca de quién o quiénes son sus referentes, el silencio se prolongó más de lo que esperaba, y un solo estudiante me respondió con una pregunta: ¿mis padres?

La creencia delirante es una convicción literal falsa, pero fija e incorregible: la persona creería ser un animal, aunque su cuerpo y su entorno digan lo contrario. Esta creencia suele ir acompañada de deterioro funcional, aislamiento o sufrimiento significativo. No es una identidad cultural, sino un síntoma clínico que requiere atención profesional.

La mayoría de los casos que circulan en redes pertenecen al primer grupo. Son expresiones simbólicas, performativas, a veces lúdicas (pues de alguna manera hay que pasar el tiempo), que encuentran en internet un espacio de amplificación. Escuche a una persona decir, “eso es cosa de popis, los wawa no tienen tiempo para eso”.

Las comunidades digitales funcionan como refugios identitarios donde los jóvenes exploran quiénes son, quiénes quieren ser y cómo encajan en un mundo que les exige definirse demasiado pronto. Cada generación ha tenido sus lenguajes, sus tribus y sus estéticas. Recordemos los hippies. Lo nuevo es la velocidad y la visibilidad.

Sin embargo, la preocupación de muchos padres es legítima. No porque sus hijos estén “perdiendo la razón”, sino porque sienten ellos mismos que no entienden lo que está pasando. Y cuando los adultos no entienden, suelen oscilar entre dos extremos: la burla o el pánico, pasando algunos por “una buena pela”, y ninguna de ella ayuda mucho.

¿Qué hacer entonces? Lo primero es escuchar sin ridiculizar, preguntando qué significa para ellos esa identidad, qué encuentran en esa comunidad, qué emociones están intentando expresar. La mayoría de los adolescentes no buscan convertirse en animales, sino sentirse vistos, acompañados y comprendidos. Para otros, es simple diversión.

Lo segundo: observar la funcionalidad. Si el joven mantiene sus actividades, relaciones y responsabilidades, es probable que estemos ante una exploración simbólica o lúdica. Si por el contrario aparecen creencias literales, aislamiento extremo o conductas que ponen en riesgo su bienestar, es momento de buscar apoyo profesional, para comprender qué está pasando y qué hacer.

Lo tercero es mantener límites claros. Acompañar no significa aceptar todo sin criterio. Los padres pueden permitir la expresión simbólica —dibujos, accesorios, comunidades online—, pero también recordar que la convivencia familiar, la escuela y la vida cotidiana requieren responsabilidades compartidas. Los jóvenes, además, deben comprender que hay límites.

La pregunta no es “¿por qué mi hijo dice que es un lobo?”, sino “¿qué está intentando decirme realmente?”. Y ahí, como siempre, la clave está en el vínculo: en la capacidad de escuchar y de preguntar sin dramas. Porque, al final, lo que muchos jóvenes buscan no es ser animales, sino ser comprendidos.

Julio Leonardo Valeirón Ureña

Psicólogo y educador

Psicólogo-educador y maestro de generaciones en psicología. Comprometido con el desarrollo de una educación de Calidad en el país y la Región.

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