Hay una peligrosa tendencia a creer que, cuando una mayoría decide algo, esa decisión se convierte automáticamente en correcta. La historia demuestra exactamente lo contrario. Las mayorías pueden acertar, pero también pueden equivocarse de manera estrepitosa. El número de personas que respalda una idea jamás ha sido garantía de verdad, de justicia ni de moralidad. El ejemplo más dramático de esa realidad ocurrió hace más de dos mil años, cuando una multitud tuvo en sus manos la posibilidad de liberar a Jesucristo y, sin embargo, eligió a Barrabás.
Aquel episodio bíblico trasciende el ámbito religioso para convertirse en una de las mayores lecciones sobre el comportamiento colectivo. Frente a ellos estaba un hombre cuya vida había estado dedicada a sanar enfermos, alimentar hambrientos, predicar el amor, el perdón y la esperanza. Del otro lado estaba un delincuente. Sin embargo, la multitud, influenciada por los líderes religiosos de la época y arrastrada por la pasión del momento, pidió la libertad de Barrabás y la crucifixión de Jesús. Ese día, la mayoría habló… y la mayoría se equivocó.
Desde entonces, la humanidad ha repetido ese mismo error en innumerables ocasiones. Multitudes han aplaudido guerras injustas, han respaldado dictaduras, han guardado silencio frente a persecuciones y han legitimado decisiones que hoy avergüenzan a la civilización. Lo que en un momento fue celebrado por la mayoría, con el paso del tiempo terminó siendo condenado por la historia. La verdad no depende de las encuestas, ni la justicia se define por el volumen de los aplausos.
Vivimos una época en la que las redes sociales parecen haber sustituido la reflexión por la reacción inmediata. Hoy una tendencia puede condenar a una persona en cuestión de minutos y absolver a otra sin que existan pruebas suficientes. Se confunde popularidad con credibilidad, viralidad con verdad y consenso con justicia. Pero la realidad sigue siendo la misma que en Jerusalén: las multitudes pueden ser manipuladas cuando renuncian al pensamiento crítico.
La democracia necesita mayorías para elegir gobernantes, pero necesita principios para sobrevivir. Cuando el voto, la opinión pública o el clamor popular dejan de estar guiados por la ética y la verdad, las sociedades comienzan a caminar por senderos peligrosos. La historia enseña que las peores injusticias no siempre fueron obra de unos pocos; muchas veces fueron posibles porque una mayoría las aceptó, las justificó o simplemente decidió mirar hacia otro lado.
La elección entre Jesús y Barrabás no pertenece únicamente al pasado. Se repite cada vez que una sociedad premia la corrupción y castiga la honestidad; cuando exalta la mentira y ridiculiza la verdad; cuando prefiere líderes carismáticos antes que líderes íntegros; cuando sacrifica los principios por conveniencias pasajeras. Cada generación enfrenta su propio juicio entre Jesús y Barrabás, aunque los nombres hayan cambiado.
Quizá la enseñanza más importante de aquel episodio sea que la conciencia jamás debe someterse a la presión de la multitud. Tener razón no siempre significa estar acompañado por la mayoría, y estar con la mayoría no siempre significa tener razón. La historia absolvió a Jesús y condenó la decisión de quienes prefirieron a Barrabás. Ese es el veredicto que permanece hasta hoy: las mayorías pasan, la verdad permanece. Y cuando una sociedad olvida esa diferencia, termina descubriendo, demasiado tarde, que no todo lo que aplaude merece ser imitado ni todo lo que rechaza merece ser condenado.
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