A partir de un artículo que publicó mi colega y mentor Radhamés Mejía aquí en Acento.com titulado La universidad católica como institución de servicio público en la era digital (25 de enero del 2026) he desarrollado una serie de 6 entregas sobre el tema de la identidad de la universidad católica en el presente, cuya síntesis final expongo ahora.
La pieza clave de toda universidad es lo que denominamos el perfil del egresado. Qué características, objetivas y mesurables, debe tener el graduado de una universidad acorde a su titulación. De lo preciso, correcto y medible que sea dicho perfil se juega la naturaleza de la universidad, la calidad de su servicio y su futuro. El perfil del egresado no solo ha de evaluar lo alcanzado por el profesional al momento de su graduación, sino su desempeño durante al menos la primera década de su ejercicio profesional y la continuación de su estudios.
Lo primero es que toda universidad católica debe ser una universidad de calidad, al mismo nivel que las mejores que no son católicas. No es concebible que dentro de los espacios eclesiales se articule una universidad que no tenga un serio compromiso con la mayor calidad posible dentro del contexto donde se ubique. Toda universidad católica debe garantizar la formación de los mejores médicos, abogados, ingenieros, maestros, psicólogos, filósofos, historiadores, administradores, etc.
Reconociendo que esa tarea está muy bien servida por instituciones universitarias no católicas, se impone plantearnos la nota distintiva de una universidad católica allende la calidad en la formación de profesionales. ¿Qué aporta una universidad católica a la sociedad donde existe y el mundo? Y cuáles consecuencias tendría si la universidad católica deja de existir o traiciona su naturaleza. Razón del título de esta serie.
Una universidad católica debe articular un perfil del egresado en sus diversas disciplinas de titulaciones con el mayor nivel posible de calidad profesional y con el grado de compromiso al servicio del bien común, la integridad personal que marca el humanismo cristiano y la Doctrina Social de la Iglesia como horizonte existencial. Es por eso que se justifica la existencia de una universidad católica.
Ser católica no significa que los alumnos, docentes, ni el personal administrativo sean necesariamente miembros de la Iglesia Católica. Por supuesto el liderazgo de mayor nivel sí debe serlo, tanto como ser profesionales universitarios de gran prestigio. No puede ser la universidad católica una tituladora de gente beata o un aparato de integrismo religioso.
La catolicidad de una universidad integra armoniosamente la tolerancia, la libertad de cátedra profesional y la autonomía de la ciencia rigurosa, pero demanda un serio compromiso de todos los miembros de la institución con la defensa de la dignidad de todas las personas, el servicio a los más pobres y vulnerables, el cuidado del medio ambiente y la primacía del bien común sobre la propiedad privada.
Como el perfil del egresado es la punta de lanza de la universidad y su criterio máximo de evaluación, toda la institución ha de organizarse y ordenarse en función del egresado que quiere conseguir: los programas académicos, los servicios de laboratorios, las facilidades deportivas, la cartelera cultural, la oferta exterior al campus y al extranjero, el acceso a herramientas y experiencias virtuales, la investigación, las publicaciones y los servicios a la sociedad, la formación de los docentes y su compromiso institucional, los servicios administrativos y la gestión financiera de la institución.
Todo lo que se hace en la universidad debe tributar a la calidad profesional, la integridad personal, el servicio al bien común y la construcción de una sociedad tolerante, democrática y el cuidado responsable del medio ambiente. Por eso es tan importante una sólida oferta de cursos en humanidades, ciencias sociales, ética y teología. La progresiva eliminación de esos cursos para favorecer más “técnica” o disminuir el tiempo de las carreras, está destruyendo la identidad católica de las universidades.
Y concluyo con la pregunta que orienta estas reflexiones. ¿Qué pasaría si dejaran de existir las universidades católicas o las mismas perdieran su razón de ser? La posibilidad de tener profesionales corruptos y codiciosos se incrementaría significativamente, la desigualdad concentraría la riqueza en menos manos e impulsaría el desprecio por los más pobres, las mujeres y los migrantes.
A quienes estén interesados en este tema les sugiero encarecidamente leer todos los textos que he citado en las entregas anteriores y buscar una joya, la obra del Cardenal John Henry Newman titulada La idea de universidad. A pesar de ser una reflexión hecha en el siglo XIX tiene mucho que decirnos a los que tenemos un compromiso con la universidad católica en el siglo XXI. La universidad católica es escuela de humanidad o no es.
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