La clave institucional de toda universidad es su perfil de egresado y la comprobación objetiva de que lo alcanza en la mayor parte de sus graduados. Al definir el perfil de egresado toda universidad coloca en el tiempo un objetivo esencial que permite orientar todas las acciones (clases en aulas, extracurriculares, investigación, servicio a la comunidad, innovación, publicación, uso de las plataformas digitales, servicios administrativos, etc.) en función de esa meta. Todo lo que hacemos es para lograr que los egresados (al menos la mayoría) salgan cumpliendo con dicho perfil.

Toda universidad, y por tanto toda universidad católica, debe definir claramente el grado de desarrollo profesional de sus egresados en las diversas titulaciones, sean de pregrado, grado o postgrado. Dicho en términos directos, debe establecer el grado de calidad que deben poseer sus egresados en Derecho, Medicina, Ingeniería, Educación, Administración, Arquitectura, Mercadeo, Psicología, Comunicación, Hotelería, Economía, Historia, Filosofía, Literatura y toda la oferta de títulos al nivel de Técnico Superior, Licenciatura, Maestría y Doctorado.

Cualquier otra medida para orientar el rumbo de una universidad es pérdida de tiempo o sometimiento a las agendas que de fuera de la universidad intenta convertirla en una fábrica de competencias al servicio del neoliberalismo o promotora de ideologías integristas. Lo primero que debe tener claro una universidad es cuál es la medida de desarrollo profesional de sus egresados y en qué grado tiene alineada la institución para alcanzar ese logro. Toda universidad católica por tanto debe tener claro su perfil de egresado en cuanto desarrollo profesional de sus graduados, pero si sólo se queda en eso carece de sentido que exista una universidad “católica”, ya que toda universidad que merezca un mínimo de respeto se articula de dicha manera.

¿Qué rasgos debe tener un egresado de una universidad católica además de ser un profesional de alto nivel? ¿Cómo justificamos que existan universidades católicas cuando hay miles de universidades de calidad que no son católicas? ¿Qué pasaría si desaparecieran las universidades católicas? Esta última pregunta corresponde al título de esta serie: qué pasa si la sal pierde su sabor.

Propongo a consideración un conjunto de elementos que deben integrar de forma visible el egresado de una universidad católica, además de ser un buen profesional en términos del dominio de su disciplina. Cuatro textos recientes nos iluminan esa definición: Laudato si’ (24 de mayo de 2015), Fratelli tutti (3 de octubre de 2020), Dilexit nos (24 de octubre de 2024) y Dilexi te (2025). Los selecciono porque son la actualización más reciente del pontificado de Francisco y León XIV para guiar la vida y actividad de todos los bautizados, y en sentido general de todas las mujeres y hombres de buena voluntad, frente a los retos del siglo XXI. Si tiene sentido tener universidades católicas, nuestros egresados deben asumir un perfil profesional de alta calidad y las notas distintivas de la enseñanza de la Iglesia en los temas sociales, económicos, políticos y culturales.

¿Qué nos aporta Laudato Si’? Un primer punto esencial que ha de garantizarse en todo egresado de una universidad católica es que su vida personal, familiar, ciudadana y profesional se contextualice en su profunda conexión con el ecosistema del planeta como posibilidad para su existencia y responsabilidad en su cuidado. No importa la carrera que estudie, debe comprender científica y moralmente su vida inserta en la vida como totalidad. Esto lo debe conducir a ser crítico con patologías como el consumismo, la falsa ilusión de la tecnocracia como “salvadora” de lo humano y entender las limitaciones que debe tener la propiedad privada para garantizar la participación de todos los seres humanos en los beneficios que nos brinda el planeta. Tanto Juan Pablo II como Francisco señalaron con claridad que "sobre toda propiedad privada grava una hipoteca social".

La promoción de la biodiversidad en todos los ambientes que les toquen vivir a nuestros egresados, y aún más en los que les correspondan ser gestores, debe ser un compromiso permanente, ya que eso que llamamos la “casa común” debe albergar a todos y todas, sin importar sus rasgos particulares. Cada uno, desde su oficio y sus posibilidades, debe impulsar una ecología integral desde un enfoque que asuma lo ambiental, lo económico, lo social y lo cultural, siempre con justicia para los pobres. Para Francisco, y por tanto para nosotros como educadores desde instituciones católicas, todo lo que hagamos en el campo ecológico conducirá necesariamente a impactar sobre los factores que generan pobreza. Nuestros egresados deben distinguirse por ser profesionales comprometidos con el medio ambiente y lograr que la pobreza vaya desapareciendo de nuestro mundo.

La universidad católica debe reflejar una espiritualidad ecológica en todo lo que haga, siguiendo el modelo de San Francisco de Asís, que nos ilumina de manera trascendental sobre el cuidado de la naturaleza (nuestra hermana naturaleza) y nuestra solidaridad con los más pobres. No es compatible con la universidad católica el promover el aprovechamiento de la naturaleza para enriquecer minorías y depredar los ecosistemas para enfermar a las mayorías.  No es tolerable que la universidad católica sirva como herramienta para enriquecer más a los pocos y desinteresarse por la suerte de las mayorías empobrecidas. No requiere que el alumno o el docente o el administrador universitario sea católico, ni siquiera creyente en Dios, para que su vinculación institucional sea un profundo proceso de conversión al cuidado de la naturaleza y la construcción de una sociedad más justa.

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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