Tengo fascinación por la imagen y por los buenos y variados programas de la televisión internacional, especialmente la española. Sin embargo, esa estrategia de descanso se ve a veces interrumpida por acontecimientos que nos colocan de frente ante las situaciones límite de la vida. En estos días, el horror se acumula en la pantalla: la muerte de niños y niñas en Gaza, los bombardeos entre Israel e Irán, el grito impotente de personas ancianas y criaturas que piden una ayuda que no llega. Nuestra imaginación se desboca entonces hacia esas tierras lejanas y camina compasivamente junto a quienes padecen lo insoportable. Nos duelen tragedias que no vivimos directamente porque despiertan en nosotros una solidaridad auténtica.
Pero junto a ese sentimiento habita otro, más incómodo y más humano. Tolstói observó alguna vez que las personas, ante la muerte del otro, suelen respirar tranquilas al comprobar que no son ellas las fallecidas. Hay en ello un alivio secreto, casi involuntario, porque el ser humano quiere estar vivo y no muerto. Todos queremos que el corazón siga latiendo, continuar incorporados al círculo de seres y cosas que amamos, permanecer todavía en esta velada terrenal. Esa voluntad profunda de vivir es precisamente la que vuelve tan dramática la contradicción entre el apego a la vida y el derecho a no vivir cuando la existencia se vuelve insoportable por la escasez material, espiritual o afectiva. La libertad para vivir o morir no se da nunca en el vacío: se ejerce siempre en condiciones concretas, fácticas, no elegidas. Eso es lo que llamamos libertad en situación. Y ahí, me parece, se encuentra el núcleo más serio de toda reflexión sobre la eutanasia o el suicidio asistido.
La situación digna, sostenida por privilegios, cuidados, afectos y amparo social, no es la que disfrutan quienes viven bajo el peso de la carencia, del abandono o de la violencia. Cada quien se debate en circunstancias que puede o no puede superar, porque la existencia humana está atravesada por desigualdades de todo tipo. Respiramos entre la facticidad y la libertad: entre lo que nos fue dado sin haberlo elegido —ser pobre, ser mujer, ser anciana, ser negra, estar enferma, sufrir opresiones— y la decisión de responder a eso, de rehacerlo, de superarlo o al menos resistirlo. Pero esa capacidad de respuesta no surge de la nada. En el caso de Noelia, la pregunta se impone con tristeza: ¿qué ocurre cuando la facticidad —enfermedad, abandono, desamor, desprotección— pesa más que la libertad?
En Para una moral de la ambigüedad, Simone de Beauvoir recuerda que la existencia humana no es una esencia fija ni una libertad pura, sino una tensión constante entre lo dado y lo posible, entre facticidad y libertad. Desde esa perspectiva, el suicidio aparece como una posibilidad humana, pero no como una solución luminosa ni como la expresión triunfal de una libertad plena. Es una posibilidad, sí, pero una posibilidad contingente, situada, atravesada por el sentido o el sinsentido de una vida concreta. Y ahí radica una diferencia importante entre Sartre y Beauvoir. Sartre insiste en que toda situación es superable porque siempre somos libres, incluso en condiciones extremas. Beauvoir, sin negar la libertad, es más cautelosa: sabe que hay situaciones en las que la libertad necesita ser ayudada, sostenida, liberada. No basta con proclamar abstractamente que el ser humano es libre; hay que preguntarse por las condiciones reales en las que esa libertad intenta abrirse paso. En el caso de Noelia, la cuestión resulta inevitable: ¿le faltaron las ayudas correspondientes, precisamente por su condición de mujer y de pobre? ¿Cómo interpretar, además, el vínculo machista del padre con esa joven?
En casos como este, donde se cruzan la desesperación, las situaciones límite y esa ambigüedad radical de la existencia, las opiniones a favor o en contra suelen transformarse también en una forma de coerción, porque sustituyen la comprensión por el eslogan. El caso Noelia ha generado comentarios que merodean aquella frase tantas veces repetida en ciertos ambientes: "tenemos derecho a morir", como si bastara invocar para agotar el problema. Pero sobrevalorar el suicidio o la eutanasia, sin mirar las condiciones externas que conducen a ese borde, es empobrecer el asunto. Tanto morir como vivir están ligados al derecho a una vida digna, y ese derecho no depende solo de la voluntad individual, sino también del cuidado recibido en la familia y de la protección brindada por el Estado. Noelia, una joven que desde niña no recibió calidez ni protección frente a la voracidad machista, fue contundente al preguntar para qué su padre la quería viva si no le mostraba amor. Esa frase no expresa únicamente una decisión; expresa también una herida. Y esa herida obliga a pensar que, para cada situación límite, debería existir una respuesta social urgente, sostenida por una cultura del cuidado. De lo contrario, nadie sentirá verdaderamente la libertad de vivir.
Aquí la cita de Montaigne, colocada por Beauvoir al inicio de su libro, cobra una fuerza particular: "La vida no es por sí misma ni buena ni mala. Es, de acuerdo con vuestra conducta, el lugar del bien y del mal". Esta frase no significa que la vida carezca de valor, ni que todo dependa solamente de una elección individual. Significa, más bien, que la vida humana es el espacio donde se juega moralmente nuestra relación con los otros. La vida es el lugar en que aparecen el cuidado y el abandono, la justicia y la crueldad, el amor y la indiferencia. No es buena ni mala en abstracto; se vuelve uno u otro según el modo en que es vivida y según el modo en que una sociedad trata a quienes la habitan. Vinculada al caso de Noelia, la cita de Montaigne nos obliga a desplazar la mirada: no se trata solo de juzgar la legitimidad de la decisión final, sino de examinar el mundo que hizo de esa vida un escenario de dolor, de carencia afectiva y de desprotección. Si la vida es el lugar del bien y del mal, entonces el mal no está únicamente en el sufrimiento íntimo que empuja a una joven a querer morir, sino también en la trama familiar y estatal que no supo o no quiso sostenerla para vivir.
Noelia nos deja así un dilema moral que Simone de Beauvoir supo intuir con hondura: la libertad de morir está ligada a la libertad de vivir. Defender el derecho a morir, en casos extremos, no debería hacernos olvidar que también hay que defender el derecho a una vida digna. Noelia decidió libremente morir; pero sería una grave simplificación subestimar o encubrir el hecho de que pudo habérsele negado, durante demasiado tiempo, la libertad de vivir con cuidado, afecto y dignidad. Vivir significa crear sentido, enfrentar opresiones, rehacer la situación, trascender la facticidad. Pero cuando esa facticidad es aplastante y la libertad no encuentra apoyo alguno, la existencia puede cerrarse sobre sí misma como una herida sin salida. La situación de Noelia refleja amargamente ese triunfo de una facticidad devastadora sobre una libertad frustrada.
Referencia bibliográfica
Beauvoir, S. de. (1956). Para una moral de la ambigüedad (Trad. F. J. Solero). Buenos Aires: Editorial Schapire.
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