Muchos aspectos de la vida humana, en lo personal como en lo social e institucional, se basa y sostiene en algo tan subjetivo como la confianza. En general, parecería algo muy simple y sencillo, pero solo en las apariencias. Lo que no debemos obviar, a pesar de esa posible creencia, es que es decisivo para la vida personal y social.

La confianza la podemos comprender como una expectativa razonablemente segura de que una persona, una institución, todo un sistema, como incluso uno mismo, actuará de manera previsible, honesta y responsable, aún y cuando puedan existir algunas incertidumbres al respecto. Confiamos por no tener certeza absoluta.

Nos ponemos en manos de un profesional de la salud pensando que nos va a ayudar a recuperarla. Inscribimos nuestros hijos e hijas en un centro educativo bajo la creencia que allí van a aprender. Aceleramos el vehículo mucho más allá de la velocidad reglamentada creyendo que ante cualquier eventualidad lo controlaremos.

Depositamos nuestro dinero en una entidad financiera bajo el supuesto de que estará bien guardado, nos podría dejar algunos intereses y cuando lo requiramos ahí estarán a nuestra disposición. Yuval Noah Harari, el autor de Sapiens, Nexus y otras obras, sostiene que “el sistema financiero mundial no se sostiene sobre oro ni sobre bienes tangibles, sino estrictamente en la confianza colectiva y las ficciones compartidas entre seres humanos”.

Acudimos a los tribunales, cuando el caso lo amerita, pensando que allí encontraremos justicia. Incluso, somos capaces de tomar decisiones en el trabajo por la percepción de que tenemos las competencias y capacidades para afrontar las situaciones que pudiera generar.

Depositamos nuestra confianza en las instituciones pues creemos que actuarán conforme a normas o reglas con justicia, transparencia y eficacia.

Todas estas situaciones y muchas otras las manejamos de una manera u otra, bajo el supuesto de una cierta confianza, a pesar del dicho “en la confianza es que está el peligro”. ¿Qué paradójico?, confiamos precisamente porque no podemos tener certeza absoluta. Si todo estuviera garantizado, la confianza -posiblemente- no sería necesaria.

En resumen, se pueden destacar varias dimensiones sobre la confianza desde las ciencias sociales en general y, de manera particular, desde la psicología, que son:

  1. Confianza en uno mismo: que no es más que la percepción de que contamos con las competencias y capacidades para afrontar las situaciones que nos depara la vida.
  2. Confianza interpersonal: asumir que la otra persona, en general, será honesta, cumplirá su palabra y no se aprovechará nuestra vulnerabilidad. A veces, bajo ese criterio, asumimos ciertas responsabilidades legales en solidaridad con el otro.
  3. Confianza social: son las expectativas de que, en general, pensamos que las demás personas respetarán ciertas normas de convivencia.
  4. Confianza institucional: pues creernos que las instituciones actuarán de conformidad con sus funciones, normas y reglas, con justicia, transparencia y eficacia.

Por otra parte, se asume -además- una relación que es especialmente importante:

Confianza → cooperación → cohesión social → democracia.

¿Qué acontecerá cuando la confianza se ve disminuida y aumenta la sospecha? Cuando las personas dejamos de confiar tanto en los demás como en las instituciones, la convivencia democrática comienza a deteriorarse. Cuando aumenta la sospecha, disminuye la cooperación.

En estos días participé en un panel organizado por la Defensoría del Pueblo en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo – INTEC, a partir del estudio Diagnóstico integral sobre desapariciones no voluntarias en República Dominicana, elaborado por Gustavo Alejandro Oliva Álvarez.

El estudio es especialmente relevante para el tema en cuestión pues no se limita a contar a personas desaparecidas, sino que examina el fenómeno, la respuesta institucional, el marco jurídico y las consecuencias que la desaparición de una persona produce en las familias y en la sociedad en general.

Cuando el ciudadano percibe que una persona puede desaparecer y que las instituciones no cuentan con mecanismos suficientemente rápidos, coordinados y transparentes para responder, aparece una pregunta mucho más profunda: ¿Puedo confiar en que el Estado estará ahí cuando lo necesite?

En ese instante, la desaparición deja de ser solamente un problema policial o de seguridad y se convierte en un problema de confianza institucional y calidad democrática. Y una segunda cuestión que vale la pena explorar es: ¿qué ocurre cuando la confianza se rompe y cómo poder reconstruirla?

Aquí hay un tema que no debemos dejar en el aire y es el que tiene que ver con el vínculo entre bienestar social, violencia, ética del cuidado y democracia. Éste es un debate que debe ser llevado a la luz pública, debatido ampliamente y, lo que es más importante, derivar políticas públicas para su manejo.

La sociedad dominicana vive un momento complejo y difícil, enmarcado en esta cuestión, que debe obligarnos a las academias, las instituciones sociales públicas y privadas, como incluso a los ciudadanos conscientes, a romper el silencio y buscar mecanismos efectivos de afrontamiento.

Lo mismo ocurre en otro ámbito público, el de la educación. ¿Cuántas “revoluciones”, “pactos”, “leyes”, “encuentros nacionales”, “reuniones en hoteles” serán necesarios para que, por fin, nuestros niños, niñas y adolescentes, como personas adultas, reciban una educación de calidad? La confianza se está agotando y con ello, la esperanza.

Julio Leonardo Valeirón Ureña

Psicólogo y educador

Psicólogo-educador y maestro de generaciones en psicología. Comprometido con el desarrollo de una educación de Calidad en el país y la Región.

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