Un asiento de madera en el parque se rompe. Los primeros días alguien pregunta quién debe repararlo. Otra persona toma una fotografía. Después, dentro del colectivo, la conversación se muda a otra cosa. El asiento permanece en el mismo sitio y, al cabo de un tiempo, los vecinos lo rodean sin mirarlo. Ya no sorprende a nadie. Simplemente está ahí: inerte y vacío.
Ese cambio en la mirada es más serio que la madera rota. El daño material puede repararse; la costumbre de no verlo termina instalándose en nosotros. Aprendemos qué merece atención, qué puede esperar y qué dejamos incorporarse al paisaje.
En el artículo que escribí para esta columna, La ciudad que heredamos sin darnos cuenta, la reflexión se concentró en los hábitos con los que construimos la vida común. Aquí el problema es otro, aunque nace en el mismo lugar: vemos algo incorrecto, lo vemos de nuevo y, a fuerza de repetición, dejamos de cuestionarlo. La advertencia de Mateo sobre el amor que se enfría pertenece a un contexto bíblico más amplio; no es una consigna urbana. Sin embargo, permite nombrar una tensión reconocible: convivir demasiado tiempo con el daño puede enfriar la responsabilidad hacia el prójimo.
Cuando el daño pierde su nombre
Algunos cambios irrumpen y no permiten indiferencia. Otros se acomodan lentamente. Una pared pierde el color, el parque se vacía por las tardes, un vecino deja de participar. Nada parece definitivo mientras ocurre. Cuando por fin advertimos el resultado, quizá llevamos años adaptándonos a él.
Primero incomoda. Luego se comenta. Más adelante aparece una frase que pretende cerrar el asunto: «Eso siempre ha sido así». El vocabulario hace el resto. Lo preocupante pasa a ser frecuente; lo frecuente recibe el nombre de normal; y lo normal termina pareciendo inevitable.
Georg Simmel advirtió en Las grandes urbes y la vida del espíritu (1903) que la intensidad de la ciudad empuja al individuo a protegerse mediante cierta reserva. Es comprensible. Nadie puede responder a todos los estímulos. El problema comienza cuando esa defensa se vuelve una forma permanente de distancia y ya casi nada consigue interpelarnos.
No toda indiferencia nace de la falta de valores. A veces proviene del cansancio o de decepciones repetidas. Pero el efecto público no cambia: lo reparable empieza a tratarse como si fuera permanente.
Permanecer tiene un costo
Permanecer no siempre es resistir. También podemos quedarnos inmóviles dentro de una realidad que nos modifica por dentro. Esperamos, posponemos, calculamos si vale la pena involucrarnos. Parece una manera de protegerse. Mientras tanto, disminuyen la expectativa, el vínculo y la sensación de que el lugar también nos pertenece.
Hay comunidades que no solo han perdido espacios o servicios. Han perdido la expectativa de recuperarlos. Esa pérdida casi nunca aparece en los inventarios, aunque puede ser la más difícil de reparar.
Stanley Cohen estudió en Estados de negación (2001) las maneras en que personas y sociedades evitan realidades incómodas. A veces conocemos perfectamente los hechos; lo que dejamos fuera es la exigencia que nace de conocerlos. Vemos la filtración, sabemos hacia dónde conduce y seguimos caminando porque todavía no es una emergencia.
Ese hábito tiene un costo. Nadie atraviesa intacto aquello que tolera durante demasiado tiempo. El deterioro exterior va encontrando un lugar en la conciencia: estrecha la solidaridad y hace que la resignación comience a presentarse como sensatez.
Por eso, más que preguntar cuánto tiempo lleva ahí el problema, convendría preguntarnos:
¿qué nos está costando acostumbrarnos a aquello que sabemos que no está bien?
La indiferencia también educa
Un niño pasa frente a la banca rota. No pregunta qué ocurrió porque la conoció así. Mira cómo los adultos la esquivan y hace lo mismo. Nadie le explicó que debía desentenderse; aprendió observando.
La ciudad educa de esa manera. Un problema atendido enseña que participar tiene sentido. Uno abandonado transmite la lección contraria. La indiferencia no se hereda por la sangre: circula en los gestos, en las omisiones y en aquello que los mayores decidimos no volver a mencionar.
En Pedagogía del oprimido, Paulo Freire rechaza la idea de un mundo cerrado ante el cual solo cabe adaptarse. La conciencia crítica no consiste en describir mejor el problema, sino en descubrir que nuestra respuesta también forma parte de la realidad. Esa diferencia parece pequeña hasta que alguien actúa.
Hebreos 10:24 invita a considerarnos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras. La expresión resulta exigente: no basta con abstenernos de dañar. La vida comunitaria también necesita personas capaces de despertar en otras el deseo de cuidar. La fe, entendida así, no bendice la resignación. La interrumpe.
En la novela SINIESTRO, de Benjamín Amathís, Johnny no pronuncia un discurso sobre ciudadanía. Sale de una sala, nota que alguien dejó la puerta abierta y regresa a cerrarla para que no se escape el aire acondicionado. En otro momento apaga una luz que nadie utiliza. Si un papel cae cerca, lo recoge. Son acciones demasiado pequeñas para recibir reconocimiento, y quizá por eso revelan mejor quién es: todavía no ha aprendido a pasar de largo.
Su manera de estar atento no termina allí. Cierra una llave de agua que quedó desperdiciándose. Avisa de una filtración antes de que el techo obligue a todos a mirar. Limpia una suciedad sin repetir que «para eso hay otra persona» y propone dar pintura a la pared que el resto ya incorporó al paisaje. Cuando encuentra a una persona mayor o con dificultad para desplazarse o cruzar una calle, reduce el paso y la acompaña. Johnny no cambia la ciudad de una vez. Hace algo más modesto y posible: se niega a participe de su deterioro.
Volver a mirar
Susan Sontag recordó en Ante el dolor de los demás (2003) que ver el sufrimiento no garantiza comprenderlo. Tampoco comprender asegura una respuesta. Entre la mirada y la acción existe un espacio que puede llenarse de contexto y responsabilidad, pero también de excusas.
Volver a mirar no significa vivir escandalizados ni convertir cada descuido en una condena. Significa recuperar la diferencia entre lo frecuente y lo correcto. Significa llamar filtración a la filtración, abandono al abandono y cuidado a ese gesto que alguien realiza aunque nadie lo aplauda.
A veces una comunidad despierta de manera poco espectacular: alguien se detiene; una conversación olvidada vuelve a la mesa; una pared recibe la primera mano de pintura. Nada está resuelto todavía. Pero la costumbre ha perdido, por un momento, su autoridad.
La ciudad recibida puede habernos enseñado a soportar demasiado. La que dejemos dependerá, en parte, de aquello que decidamos volver a sentir. Lo que permanece no tiene por qué permanecer intacto.
Al regresar a la calle queda una pregunta, no como cierre, sino como compañía:
¿Qué situación de nuestra comunidad merece volver a sorprendernos para que podamos comenzar a transformarla?
Referencias consultadas
Cohen, Stanley. States of Denial: Knowing about Atrocities and Suffering. Cambridge: Polity Press, 2001.
Freire, Paulo. Pedagogy of the Oppressed. Translated by Myra Bergman Ramos. New York: Continuum, 1970.
Simmel, Georg. “The Metropolis and Mental Life.” 1903.
Sontag, Susan. Regarding the Pain of Others. New York: Farrar, Straus and Giroux, 2003.
Amathís, Benjamín. SINIESTRO: Una novela sobre permanecer. 2026.
Compartir esta nota