En nuestro artículo anterior abordamos el tema “La ansiedad”. Después de ser leído por algunas personas, incluyendo a pacientes que visitan nuestra consulta, han mostrado desacuerdo e interrogantes, sobre todo respecto al pronóstico. Recordamos que señalamos: “el pronóstico de la ansiedad tratada a tiempo y de manera combinada (psiquiatría y psicología) es altamente favorable. La mayoría de los pacientes experimentan una remisión total o una reducción significativa de los síntomas, logrando retomar sus actividades diarias con normalidad”. Se infieren de esta cita dos elementos capitales: uno referido a que se debe tratar a tiempo y el otro al abordaje integral, es decir, por la psicología con la psicoterapia y al psiquiatra con la medicación. En ocasiones, con uno solo de ellos basta; sin embargo, esto va a depender del tipo de ansiedad y de la severidad de la misma.
Cuando la ansiedad se vuelve crónica, es decir, cuando deja de ser una respuesta adaptativa puntual por su duración, intensidad y proporcionalidad del estímulo, la persona entra en un laberinto de alerta permanente en donde en el día a día se instala una alarma que no cesa. Es un malestar difuso, que no se limita a una sola causa, que se mantiene en estado fijo y que es exagerado en relación con el peligro real. Hay una sensación de catástrofe inminente y de sentir que no tiene el control sobre lo que sucede; llega a creer que, sin importar lo que haga, nada cambiará.
Cuando la persona se mantiene durante varios meses en la situación descrita, puede afectar el centro principal del miedo en nuestro cerebro. Se le llama amígdala, forma parte del sistema límbico y actúa como un sistema de alarma que detecta amenazas y desencadena respuestas automáticas de supervivencia. El círculo vicioso se perpetúa cuando esa amígdala es alterada por la ansiedad crónica y la torna más sensible, lo que hace que detecte riesgos inexistentes en situaciones cotidianas, lo que genera más ansiedad, haciendo que esta se mantenga en el tiempo.
Dicho con otras palabras, la ansiedad normal aumenta los niveles de las hormonas cortisol y adrenalina. Estas son las responsables de que el cuerpo pueda responder al estrés y a situaciones de peligro en condiciones normales. Cuando la ansiedad se torna crónica, estas hormonas se mantienen constantemente en niveles elevados; no obstante, nuestro cuerpo no está diseñado para tal situación. Esto provoca que a largo plazo aparezcan síntomas físicos y síntomas cognitivos característicos de esta condición de salud.
Los síntomas físicos se van instalando de manera lenta, silenciosa y progresiva. Sobrevienen la tensión muscular constante, especialmente en el cuello, hombros y mandíbula (bruxismo); los problemas gastrointestinales, como colon irritable, digestión lenta, náuseas; la fatiga crónica, ya que el organismo se agota al estar siempre en modo lucha o huida; y las alteraciones del sueño, que pueden ser dificultad para conciliar el sueño o despertar nocturno con sensación de alerta.
Los síntomas cognitivos y conductuales se presentan como un estado de alerta constante y desgaste psicológico. Así, hay una preocupación constante e incontrolable; la mente puede saltar de un escenario catastrófico a otro; hay hipervigilancia, en donde se buscan constantemente señales de que algo va a salir mal; hay irritabilidad, con poca tolerancia a la frustración por causa del agotamiento mental; y se presenta la niebla mental, en donde hay dificultad para concentrarse o asumir decisiones sencillas.
¿Por qué se vuelve crónica la ansiedad? Existen al menos cuatro factores importantes. El factor biológico nos habla de predisposición genética y desequilibrio en los neurotransmisores, sobre todo de la serotonina y del sistema GABA; el segundo factor es el estrés prolongado, asociado a vivir situaciones de tensión sostenida, como el entorno laboral nocivo, cuidar a un familiar enfermo o presentar problemas económicos severos; los traumas no resueltos son otro factor importante, estos son experiencias del pasado que el cerebro no ha procesado correctamente y que se mantienen activas como amenazas actuales; y, por último, los estilos basados en el perfeccionismo, la necesidad de control absoluto y la intolerancia a la incertidumbre.
La ansiedad crónica se debe abordar con paciencia. De la misma manera que el cerebro tardó en aprender a estar ansioso, necesitará tiempo para desaprenderlo. Romper el ciclo repetitivo de preocupación y estrés requiere varios tipos de estrategias. La terapia cognitivo-conductual es un apoyo fundamental para identificar y cuestionar los pensamientos catastróficos, aceptar las incertidumbres en lugar de luchar contra ellas y modificar las conductas que dejamos de hacer porque el miedo nos paraliza. Una segunda estrategia es la regulación del sistema nervioso por medio de ejercicios de respiración, meditación y mindfulness, entre otros. Esto es importante porque se le envían señales al cuerpo de que se encuentra a salvo. La tercera serían los cambios en el estilo de vida, como la comida sana, el ejercicio regular, la higiene del sueño y la supresión de estimulantes (café, alcohol y las pantallas) antes de ir a dormir, lo que reduce la reactivación del sistema de alerta. La cuarta es el tratamiento psicofarmacológico; esta es una herramienta fundamental para reducir el sufrimiento y restaurar la funcionalidad.
La eficacia en salud mental se mide en base a tres elementos clave: la tasa de respuesta (reducción del 50 % o más de los síntomas), la tasa de remisión (desaparición casi total de los síntomas, volviendo a un estado funcional normal) y la tasa de abandono o fracaso (falta de eficacia o intolerancia a los efectos secundarios).
Sobre el uso de fármacos. Los datos que se tienen de los grandes estudios realizados al respecto para la ansiedad generalizada y la ansiedad crónica son congruentes en que la tasa de respuesta oscila entre el 50 % y el 60 % de respuesta positiva al primer fármaco ensayado después de ocho semanas de tratamiento; la tasa de remisión se sitúa entre el 30 % y el 40 % de mejoría completa con el primer tratamiento (esto nos dice que la mayoría de los que responden siguen experimentando cierta ansiedad residual); la tasa de fracaso o no respuesta está entre el 30 % y el 40 %, en donde los pacientes no experimentan una mejoría significativa posterior al primer intento farmacológico; la tasa de abandono se enmarca entre el 15 % y el 20 %, donde los pacientes suspenden la medicación en las primeras semanas debido a efectos adversos (náuseas, disfunción sexual, aumento de la ansiedad provocada por la medicación al inicio de la toma o somnolencia).
Sobre las psicoterapias. Las intervenciones psicológicas tienden a sostenerse mejor a largo plazo. La tasa de respuesta de mejoría clínica significativa para terapias entre 10 y 16 sesiones es del 50 % al 60 %; la tasa de remisión es de alrededor del 40 % al 45 % de los pacientes que logran finalizar el tratamiento; la tasa de fracaso o no respuesta es de cerca del 40 %; la tasa de abandono se sitúa entre el 10 % y el 15 %.
Cuando se establece una intervención combinada de ambos tratamientos, ofrece una tasa de respuesta positiva que oscila entre el 56 % y el 75 %, acelerando el alivio de los síntomas en casos graves, frente al 40 % que por separado dejaba a los pacientes sin una respuesta satisfactoria. A largo plazo, la ventaja de la combinación se diluye; el factor crítico para evitar recaídas es haber completado con éxito la psicoterapia por el hecho de darle al paciente herramientas cognitivas permanentes.
Como se puede colegir, en un porcentaje importante todos los tratamientos fracasan. Hay tres factores principales: suspensión prematura del fármaco, diagnóstico incompleto por la existencia de otras condiciones médicas no tratadas (depresión, abuso de sustancias o trastorno de la personalidad añadido) y por estresores crónicos activos, en donde el tratamiento mitiga los síntomas, pero la remisión no se logra porque la amenaza externa sigue activa.
El que las terapias que combinan psicofármacos y psicoterapia con la dosis, duración y persistencia adecuadas no ofrezcan los resultados esperados no significa que la ansiedad sea incurable; nos dice que la estrategia utilizada no se adapta a la complejidad del sistema nervioso y se habla clínicamente de Ansiedad Resistente al Tratamiento. Sobre esta es que versará nuestro próximo artículo.
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