No todo incipiente lector, aspire o no a escribir y publicar sus propios libros, lee lo que el canon clasicista o moderno resalta que hay que conocer, y no de oídas, antes de embarcarse en ese puerto imaginario, sin destino aparente, que se llama degustar imaginariamente mediante la acción de los sentidos, los cincos sentidos, leer, oír el libro como el rumor de un río profundo que envuelve tanto al cuerpo como a su sombra que se refleja al sol o a la luz de una vela. Un libro, oír un libro en su naturaleza violenta, con los recursos de la imaginación bisoña.

Generalmente todo lector-escritor potencialmente que se llame como tal, cuando degusta la lectura en el tiempo de la gestación, de acuerdo a sus medios, se siente agradecido de sus primeros pasos en el universo de la lectura. Leer a esos maestros que dieron forma al caos al orden y del orden al caos del esfuerzo gustoso y resultados llamados libros, proporcionan, tanto en la lengua madre como las otras traducidas, un inmenso placer. De ahí que el lector, en sus inicios, que tuvo acceso a tal o cual biblioteca, sea de sus padres o de sus abuelos, de la institución donde cursó sus primeras travesías en la alfombra de Aladino, el Rocinante de don Quijote, la Ilíada o la Odisea y decenas más, se siente agradecido de esos primeros pasos en el universo de la lectura.

Del primer escritor que tuve conocimiento fue de Miguel Otero Silva, poeta y novelista venezolano. Resaltó, tras años de oficio, que había escrito su primera novela (que no diré su nombre) sin haber leído al Ulises de J, Joyce, pero como quiera la publicó décadas después. Bien por su sinceridad, pero arriba la pregunta al buen puerto, ¿cuántos no han escrito toda su narrativa o poesía sin haberse leído ningún escritor del canon antiguo o moderno, para escribir tanto poesía como novela, y no decir otros géneros, y bajo la paradoja descubrir en sus textos supuestas influencias sin haberse leído esos libros?

Otro elemento a resaltar que siempre hay que tener en cuenta, es que los buenos resultados en producción literaria tienen que ver con buenas lecturas a tiempo y con tiempo, para alimentar la lengua y la imaginación, porque sin esta última no hay creación literaria que satisfaga.

En fin, sin ser el fin de estas disquisiciones de palo encebado, las buenas lecturas asimiladas generan al género de la predilección del que sueña en ser escritor, proporcionándole, digamos, si el destino de su dedicación y empeño se lo permite, las “herramientas” de albañilería, carpintería, fontanería y diseño; de la filosofía, de la teología, de la historia, libros de viajes y contemplar las noches de estrellas y una que otra estrella fugaz (y en el medio la metafísica considerarse… afuera, dentro, el río heraclitiano, la dialéctica de Hegel y luego la de Marx; la de Nietzsche, Kafka, Borges, Rulfo, Cortázar y García Márquez, envuelto tanto del realismo mágico como del maravilloso, o cuál fue primero el huevo o la gallina (disquisiciones realistas de orden irónico) en  las embarcaciones pertinentes, para que esas primeras patadas voladoras que ha de llamarse poesía y narrativa encierren el huevo con su embrión de dinosaurio, el meteorito o la huella del mismo dinosaurio al que alude Monterroso en el célebre y brevísimo cuento que no se bifurcan  en ninguna ciudad soñada, llamase Comala, Santamaría o Macondo como potenciales metrópolis.

Así que, todo gran escritor debe tener en su haber lecturas fundamentales que constituyan una granada explosiva para el imaginario y de no suceder, a lamentarse toda la vida de escritor a la manera de decir que se leyó tal o cual escritor y sus obras fundamentales para lucírsela, pero sus resultados a nadie les dicen nada; pero en el fondo no tiene nada de malo a no ser que ese escritor se dedique a verse en el fondo de aguas oscuras, pues siendo honesto consigo mismo… sin leerse esos autores solo se podría garabatear por garabatear y luego…

Pero no todo está perdido en lo claro, pues el lector/ aspirante a escritor de este nuevo panorama de una pequeña pantalla y dentro de la cabeza el caos en un orden inimaginable, ya no tiene esas limitaciones en ningún género para su acceso y sacarle el provecho que está en sí mismo, debido a que es amo y señor de los mejores libros de cualquier lengua, teniendo en cuenta que se está como ante una mesa con decenas de platos exóticos y tradicionales, ¿cuál elegir? Pienso que algunos elegirían los que siempre han comido porque se piensa que no les harán daño, bajo la premisa de: El arte es largo y la vida es corta y lo que entra por la boca no es lo mismo que entre por el entendimiento y la sensibilidad que genera. Si no se comienza convenciendo a la sombra para la creación literaria, no se va por un buen camino.

Respeto al libro al que se llega como lector muy tarde, del género que se piensa o se hace pininos, va a depender de lo que se ande buscando; si siempre lo que se anda buscando pertenece al reino de las ansias de conectar siempre habrá donde hacerlo. Los buenos textos renovadores del espíritu no tienen fecha de caducidad. Son alimentos hechos con materiales orgánicos que se renuevan con la vida, en constante ebullición.

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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