Como dijimos en el artículo anterior, el presidente Abinader anunció “una reforma educativa y curricular orientada a diseñar un nuevo sistema educativo capaz de formar el capital humano necesario para duplicar el tamaño de la economía al 2036”. Particularmente no cuestiono la meta, pero sí la finalidad que subyace en ella. Ya para los años 60 del siglo pasado, muchos países del mundo concentraron esfuerzos en preparar sus recursos humanos para hacer crecer sus economías y elevar los estándares de vida de la población. Hoy se sabe que el crecimiento económico no es suficiente y que hay que transformar a los seres humanos.

En ese mismo periodo, países como la República Dominicana fallaron en esa meta, entre otras razones, al permitir que se deteriorara la educación pública. Desde entonces ha sido imposible lograr que la mayoría domine adecuadamente su propio idioma, o tenga algún razonamiento lógico, o conozca los elementos fundamentales de la naturaleza y la sociedad. A esto se suma el hecho de que ninguna de las reformas educativas de las últimas décadas incluyó entre sus preocupaciones u objetivos principales la formación en ciudadanía o la educación cívica, moral o ética. Estas problemáticas son mencionadas de manera marginal en los planes de desarrollo de la educación 1992-2002, 2003-2012 y 2008-2018, y en el Pacto Nacional para la Reforma Educativa 2014.

En el plan que actualmente cursa, Horizonte 2034, tampoco aparecen estos temas como un eje estratégico, ámbito de trabajo o programa. Los temas relevantes en Horizonte 2034 son: 1) Atención a la demanda social por educación preuniversitaria; 2) Desarrollo curricular pertinente; 3) Docentes profesionalizados y comprometidos; 4) Gestión eficaz del sistema; 5) Acceso a recursos y servicios a los estudiantes, docentes y personal. Todas estas son problemáticas del pasado, todavía presentes, pero no tienen nada de futuristas.

No es, por tanto, extraño que a la formación ciudadana, moral, cívica y ética se le asigne la menor importancia en las escuelas y aulas, aunque, paradójicamente, muchas virtudes sean incluidas en los perfiles de egreso. Esta tendencia a limitar la educación a la formación de capital humano no la inventaron los pedagogos de nuestro país; es una tendencia mundial desde el inicio de la modernidad, cuyos resultados en deterioro de la cohesión social y pérdida de confianza tenemos a la vista. Más allá de la llamada posmodernidad, habrá que retomar el humanismo para que las máquinas no dominen un mundo lleno de humanos que perdieron su esencia.

Si algo se ha desarrollado desde mediados del siglo pasado a la fecha son las ciencias, la tecnología, las maquinarias y herramientas, las innovaciones de todo tipo, las comodidades, el bienestar material, los servicios públicos. Tampoco se quedan cortos el arte, los deportes, las diversiones, las comunicaciones, los viajes y todas las demás comodidades que se pueden disfrutar con un poco de dinero, reduciendo hasta las distancias sociales en el acceso a los bienes de la modernidad. Pero, al mismo tiempo, se ha debilitado lo que no se compra con dinero: la parte espiritual y humanística, la fraternidad, el respeto a las normas éticas y morales, la convivencia social, entre otras muchas virtudes y valores cuya carencia puede hacer de una sociedad rica un lugar en el que las personas no son felices.

¿Puede el sistema educativo mantenerse al margen de estas realidades? ¿Seguirá preocupándose solo por preparar gente para la producción, cuando ya las máquinas están ganando cada vez más terreno en esta materia? ¿Cómo será el ser humano productivo en las próximas décadas?

Las corrientes educativas que se enfocan en el ser humano, en la ciudadanía, la ética, la moral y el civismo están ganando terreno en muchos países de Europa y Asia. Ya no es nada innovador preocuparse tanto por la producción o el acceso a la tecnología, porque eso ya está en marcha, de forma acelerada e indetenible. Es una cuestión de simples recursos tener acceso a lo que ya es común en el mundo; lo que no podemos comprar son los ciudadanos y ciudadanas conscientes, disciplinados, comprometidos, con capacidad de discernir y tomar las mejores decisiones éticas, amantes de su país y conscientes de que formamos parte de un mundo más grande que nosotros y a cuyo bienestar nos toca contribuir.

La economía dominicana ha tenido más de medio siglo de crecimiento y, aunque a veces no lo queremos reconocer, se ha ganado bienestar material, a pesar de las deficiencias educativas. Las empresas se quejan más de la dificultad para conseguir profesionales y técnicos con buena formación humana, ciudadanos responsables, éticos, capaces de dominar las bases de la comunicación, el cálculo y el trabajo en equipo. Las virtudes más reclamadas por el sector productivo son la capacidad para leer y escribir bien, la lógica, la disciplina, el orden, el cumplimiento de las normas y el compromiso con los resultados. Las demás habilidades se pueden adquirir en cualquier momento de la vida, pero la formación de la personalidad y el carácter deben recibirla los niños y adolescentes en la educación preuniversitaria.

Para eso se requiere de una firme voluntad política, compromiso social y estrategias más eficientes y efectivas; los recursos ya están. En el marco de la próxima reforma, me atrevo a proponer varias cuestiones básicas y prácticas:

  1. Cambiemos el paradigma de la reforma, concentrémonos en lo que realmente transforma al sistema y sus destinatarios, disminuyamos la inequidad educativa entre ricos y pobres.
  2. Enfoquémonos en unos pocos problemas o retos; nada de aulas, equipamientos, salarios u otras necesidades que corresponden a los planes anuales. Apliquemos la ley sin tolerar chantajes.
  3. Para hacer los cambios que se necesitan, todos los actores del sistema, desde ministros hasta personal de apoyo, deben reeducarse sobre la marcha, todos juntos, más con la práctica que con la teoría, fijando metas parciales a revisar cada año. Pasar de la teoría a la práctica, del discurso o acciones vacías a los indicadores de impacto, con transparencia, seguimiento y aplicación de consecuencias.
  4. Finalmente, dejemos de pensar que esta es una tarea imposible; el pueblo dominicano, cada vez que se ha dispuesto, ha salido adelante. De hecho, los avances más importantes los ha logrado con su propio esfuerzo, enfrentándose incluso a los malos gobiernos, a la opresión y a la corrupción. Saquemos nuestras reservas competitivas y nuestro proverbial orgullo nacional y pongámoslo a prueba para mejorar la educación.

Miriam Díaz Santana

Maestra en Educación

Maestría en Educación. Docente, investigadora, activista social y especialista en educación y planificación. Integrante del Consejo del Consejo Nacional de Participación Ciudadana. Fue miembro del Consejo Nacional de Educación Superior en el periodo 2002/2004. Miembro-fundadora de PC, coordinadora general en el 2003 y 2018, e integrante activa de las comisiones de Transparencia y de Análisis Político de la organización. Ha realizado más de 15 investigaciones en el campo de la educación, la sociología y la democracia.

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