“No hay ningún documento de cultura que no sea al tiempo documento de barbarie”. (Walter Benjamin, Sobre el concepto de la historia)
En su más reciente alocución de rendición de cuentas ante la nación, efectuada el pasado 27 de febrero de 2026, el presidente Luis Abinader (n. 1967) aprovechó la ocasión para abundar acerca del “Plan 2036” que él y su gobernante Partido Revolucionario Moderno (PRM) han diseñado de cara al futuro de la República Dominicana. De la manera más enfática y triunfante posible, el presidente confirmó una vez más la continuidad y no la ruptura con la ideología dominante del “progreso” que las clases dominantes han practicado y difundido en nuestro país desde al menos la dictadura de Ulises Heureaux (1845-1899) en adelante.
Haciendo gala de una larga serie de supuestos “logros” y “avances” para nuestra nación, el presidente Abinader intentó vender una imagen de un país que anda por el sendero de la “democracia” y el “progreso”. Hizo alarde de obras de infraestructura, planes sociales, estadísticas simplistas e incrementos en la “seguridad ciudadana”. Habló de “mejoras” en la salud y en la educación, en la alimentación y el transporte, en la economía y en el turismo. El discurso del presidente giró en torno al “crecimiento” y “desarrollo” de la República Dominicana y su inserción como potencia en el panorama internacional.
Sin embargo, esta ideología del “progreso” y el proyecto “modernizador” que le subyace disimula el lado oculto de los “avances” que estamos experimentando. Pues, tal como las pirámides de Egipto, consideradas hoy en día una de las mayores maravillas del mundo, la “bonanza económica” de la cual se vanaglorian nuestros gobernantes existe solamente como fantasía social que estructura la gran mentira que sostiene a nuestra sociedad. A nivel discursivo, este reciclaje ideológico esconde el secreto que descansa debajo de la superficie de su engañosa pomposidad: la explotación del trabajo humano y la naturaleza de nuestro país en beneficio de este dios del “progreso”.
Si observamos cuidadosamente sus palabras, veremos que el propio presidente delata su auténtica intención en el momento en que habla de vender nuestras tierras raras a las industrias armamentísticas extranjeras. Es en este instante en que todo el edificio retórico elaborado cuidadosamente por el presidente y su equipo se tambalea por el suelo, al revelarnos qué sostiene realmente todo este “progreso” y “desarrollo” del cual tanto se enorgullecen. En otras palabras, se trata nada más ni nada menos que la destrucción de nuestra hermosa naturaleza en beneficio del capital extranjero y las tecnologías de muerte de los imperios.
En su obra La América Latina y la revolución socialista (1971), el filósofo y sociólogo marxista dominicano Juan Isidro Jimenes Grullón (1903-1983) argumentó que la burguesía criolla de nuestro país es incapaz de impulsar los cambios que nuestra República necesita, debido a que sus intereses económicos están demasiado entrelazados con los del imperialismo estadounidense. Esta realidad no ha cambiado ni un ápice en todo el tiempo que ha transcurrido desde la publicación de tal libro, sino que podría decirse que, incluso, se ha agravado. Nuestro país está siendo actualmente —una vez más en su historia— vendido por pedacitos al mejor postor. Lo que los indicadores macroeconómicos reflejan como “crecimiento económico” no es realmente una mejora en la vida concreta y material de las personas que vivimos en la República Dominicana, sino la manifestación fetichista de la realidad invertida del domino del capital.
De tal modo que, cuando escuchamos palabras tan bombásticas y celebratorias como las emitidas por el presidente Abinader en su pasada alocución, siempre debemos preguntarnos: ¿Quiénes están creciendo realmente en la República Dominicana? ¿Quiénes están quedando estancadas y estancados? Solo al plantearnos este tipo de cuestiones podremos ver más allá de los simulacros y espejismos ofrecidos por las clases dominantes y percatarnos de para quiénes se gobierna y para quiénes se desgobierna en nuestra abigarrada nación.
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