Durante más de dos décadas, la República Dominicana ha sido presentada como un caso exitoso de crecimiento económico sostenido en América Latina. Sin embargo, esa narrativa convive con una percepción social persistente: para una parte significativa de la población, el crecimiento no se traduce en bienestar. En ese contexto, la discusión reciente sobre desigualdad y sobre la relación entre crecimiento, trabajo y capital ha puesto de relieve la necesidad de un nuevo lente para analizar ese desempeño. La pregunta ya no es solo cuánto avanza la economía, sino cómo se distribuyen los frutos de ese crecimiento y qué nos dicen —o nos ocultan— las métricas tradicionales sobre esa distribución.
Nuevas herramientas analíticas, basadas en la integración de encuestas de hogares, registros fiscales y cuentas nacionales, permiten observar con mayor claridad la relación entre trabajo, capital y desigualdad. Bajo este nuevo lente, emerge una economía mucho más concentrada de lo que se creía, estructuralmente desigual, con una débil capacidad redistributiva y una brecha persistente entre crecimiento macroeconómico y bienestar social.
1. Crecimiento sostenido, distribución esquiva
Desde principios de los años 2000, la economía dominicana ha registrado uno de los desempeños más dinámicos de la región. El crecimiento del PIB ha sido sostenido, la estabilidad macroeconómica se ha consolidado y la inflación ha permanecido relativamente contenida. Estos logros han sido, con razón, destacados como fortalezas del modelo económico.
Sin embargo, este desempeño convive con una tensión estructural. Para amplios segmentos de la población, el crecimiento no se “siente” en el ingreso disponible ni en la calidad de vida. El empleo ha aumentado, pero en muchos casos lo ha hecho bajo condiciones de informalidad, baja productividad y salarios que avanzan lentamente frente al costo de la canasta básica. De ahí la expresión, cada vez más extendida entre los trabajadores, de los “sueldos de cebolla”: ingresos que se van agotando capa por capa antes de que termine el mes.
Esta brecha entre dinamismo macroeconómico y experiencia cotidiana no es un fenómeno coyuntural. Remite a una pregunta más profunda sobre la forma en que se genera y se distribuye el ingreso en la economía dominicana.
2. Las limitaciones de las mediciones tradicionales
Durante años, el análisis de la desigualdad se ha apoyado casi exclusivamente en encuestas de hogares. Estos instrumentos son indispensables para comprender las condiciones de vida de la población, pero presentan una limitación estructural bien documentada: captan de forma deficiente los ingresos más altos, especialmente aquellos vinculados al capital, a las rentas empresariales y a los activos financieros.
Cuando los ingresos de la cúspide están subregistrados, los indicadores agregados tienden a ofrecer una imagen más benigna de la distribución del ingreso. En ese contexto, la desigualdad aparece como moderada o incluso en retroceso, y el crecimiento económico luce más inclusivo de lo que realmente es.
Esta limitación metodológica no es trivial. Condiciona el diagnóstico y, por extensión, el diseño de políticas públicas. Si la desigualdad se mide mal, también se tiende a subestimar la magnitud del desafío distributivo.
3. Un nuevo lente para mirar ingresos, trabajo y capital
El enfoque de Cuentas Nacionales Distribucionales (DINA) introduce un giro analítico decisivo al integrar encuestas de hogares, registros administrativos tributarios y cuentas nacionales. Aplicado a la República Dominicana por el World Inequality Lab, este ejercicio no solo corrige una distorsión estadística, sino que redefine el mapa distributivo del país.
Los resultados son elocuentes. Una vez incorporada la información fiscal y ajustados los datos a las cuentas nacionales, el 10% más rico pasa a concentrar más de la mitad del ingreso nacional, mientras que la participación del 1% superior se duplica, saltando de alrededor del 10% a más del 20% del ingreso total. Esta concentración sitúa a la República Dominicana entre los países con mayores niveles de desigualdad observados, tanto en América Latina como en la comparación internacional.
Una parte sustancial de esta brecha proviene de ingresos que rara vez aparecen en las encuestas. Las utilidades empresariales no distribuidas, que representan entre 5% y 8% del ingreso nacional, se asignan de manera altamente concentrada: entre 40% y 60% corresponde al 1% más rico. Bajo este nuevo lente, la desigualdad deja de ser un problema de medición imperfecta y aparece como un rasgo estructural del modo en que se genera y se apropia el ingreso, particularmente en la relación entre trabajo y capital.
4. El reverso del crecimiento: mayoría rezagada y redistribución débil
La creciente concentración en la cúspide tiene un correlato claro. Tanto el 50% más pobre como el 40% medio pierden participación relativa en el ingreso total. Es decir, el crecimiento económico no solo se distribuye de manera desigual, sino que lo hace a expensas de la mayoría de la población.
Este patrón se ve reforzado por la limitada capacidad redistributiva del sistema fiscal. La tributación directa incide de forma relevante solo en el decil superior, con tasas efectivas moderadas y una progresividad que se debilita en los tramos más altos. En consecuencia, el sistema tributario logra compensar solo marginalmente la desigualdad generada en el ingreso primario.
El resultado es una economía donde el crecimiento convive con brechas persistentes, salarios reales tensionados por el costo de la vida y una percepción social de estancamiento que contrasta con los indicadores macroeconómicos agregados.
Epílogo: Del diagnóstico a la transformación
Mirar la desigualdad con un nuevo lente no es un ejercicio académico. Es una condición necesaria para replantear el debate sobre desarrollo, empleo y política pública. Si la desigualdad ha sido subestimada durante años, también lo han sido las respuestas diseñadas para enfrentarla.
El desafío no se limita a mejorar la redistribución ex post. Obliga a repensar cómo se genera el ingreso, cómo se distribuye entre trabajo y capital y qué papel juegan la productividad, la formalización y la política fiscal en ese proceso. Bajo este enfoque, el crecimiento deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en una pregunta abierta: no cuánto crece la economía, sino quiénes participan realmente de ese crecimiento y en qué condiciones.
No todo crecimiento es desarrollo.
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