Seré muy franca: a veces duele que me digan feminista. No por el concepto que arrastra la palabra —porque comprendo el significado y el alcance que tiene—, sino por el valor y la interpretación que la mayoría suele darle. Esa percepción muchas veces conduce a una comprensión errada de las causas con las que se pretende educar en sociedad.

Y no, no se trata de salvar mi propia reputación; es, más bien, un tema de educación y cultura respecto a los significados que atribuimos a las cosas.

Parte de nuestra sociedad habla de las mujeres empoderadas como si fuese una condena para aquellas que deciden asumir roles más pasivos o tradicionales dentro de la sociedad. Del mismo modo, se suele hablar de las mujeres feministas como un grupo radical o amarillista, como si entendieran que son superiores al hombre o que no lo necesitan para ningún aspecto de sus vidas.

Sin embargo, estas ideas poco tienen que ver con el verdadero significado del feminismo. Según la definición de la Real Academia Española, el feminismo es el principio de igualdad de derechos entre mujeres y hombres, así como el movimiento que lucha por la realización efectiva de esa igualdad en todos los ámbitos de la sociedad. No implica superioridad, sino equidad.

Subrayemos esa palabra: equidad. Y disfrutemos de lo hermoso que es asumir los roles desde el lugar que cada quien decide ocupar. Las realidades de cada persona son totalmente distintas, por lo que con este artículo no pretendo ejemplificar ningún patrón que resuma de manera correcta lo que significa la equidad. Con la vida he aprendido que todo es circunstancial y que lo eventual no está para encasillarse, sino para adaptarse y vivirse desde el respeto, la armonía, el reconocimiento y la aplicación de los derechos que corresponden a cada quien.

Las luchas que recordamos cada 8 de marzo buscan precisamente eso: recordarnos aquello de lo que muchas mujeres antes fueron privadas. La libertad de elegir, con plena soberanía, qué querían hacer con sus vidas y cómo desarrollarse. Poder estudiar, trabajar, administrar sus bienes, decidir si casarse o no, cuidar de su familia, educar a sus hijos o ejercer cualquier profesión.

Hoy gozamos de la libertad de elegir. Hoy tenemos el poder de seguir evolucionando. Pero también sabemos que no siempre fue así. Por eso recordamos a quienes lucharon antes que nosotras y que forman parte de nuestra historia dominicana: mujeres que, como las Mariposas, dejaron una huella eterna en la lucha por la dignidad y la libertad.

Feliz 8 de marzo, mujeres.

Karen Barbeito Mejía

Abogada

Abogada corporativa y presidenta de la Fundación Las Mujeres del Siglo XXI

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