En menos de dos horas leí Nos vemos en agosto, obra póstuma de Gabriel García Márquez, un tiempo notablemente inferior a los seis años que, estimo, le tomó al editor pulirla y a los veinte años de vaivenes familiares que involucraron a distintas figuras entre el momento en que el ganador del Nobel inició la redacción y el momento en que este trabajo salió publicado como novela.
Lo absolutamente novedoso es que el libro esté tan centrado en el deseo sexual que siente una mujer, tema al que nunca había dedicado tanto espacio en ninguna de sus obras anteriores. Para este colombiano universal había sido más fácil escribir sobre los numerosos hijos de Aureliano Buendía, sobre el talante seductor de Simón Bolívar y sobre las miles de aventuras de Florentino Ariza; pero, en la gran mayoría de los casos —salvo una o dos relaciones de Florentino—, eran los hombres los que buscaban a las mujeres y no viceversa.
En medio de la bruma creciente que iba instalándose en la memoria de este gran autor, entre él y las personas que ayudaron a terminar el libro, pude percibir varias maneras en que las mujeres podemos ver a los hombres: guiadas por el deseo en completa ignorancia del desprecio o peligro que ellos pueden sentir por nosotras; guiadas por la solidaridad y las buenas costumbres; temerosas de establecer un compromiso, o comprometidas, pero sin los cinco sentidos involucrados en la relación. Admiro la valentía con la que este autor tan apreciado se animó a entrar en terrenos tan poco abordados.
En el camino, García Márquez se apoyó en algunos amigos de siempre como el gusto por la lectura. Así, se citan nueve libros con los que se deleitaba la protagonista: Drácula, de Bram Stoker; El lazarillo de Tormes, anónimo; El viejo y el mar, de Hemingway; El extranjero, de Camus; Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy Casares y Ocampo; El día de los trífidos, de John Wyndham; Crónicas marcianas, de Ray Bradbury; El ministerio del miedo, de Graham Greene, y El diario del año de la peste, de Daniel Defoe. También la música, que le sirve para definir los estados de ánimo de los personajes. Hace referencia a compositores europeos, norteamericanos y, como siempre, a sus queridos latinoamericanos.
En esta obra, como fue su costumbre, los personajes tienen nombres relacionados con sus roles. Ana Magdalena Bach reúne los tres puntos más importantes que la mueven en esta historia: “Ana”, el nombre de la madre de la Virgen —y ella viaja en honor a su madre—; “Magdalena”, por lo de díscola, y “Bach”, porque era de una familia de músicos. Su hija se llama Micaela, de inspiración italiana, país tan asociado a la música como a la religión —dos temas centrales de la novela—, y que también podría ser una referencia al monasterio de las micaelas en Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós. Aquiles Coronado, el enamorado fiel desde la juventud, quizás se llama así porque tiene “debilidad por ella”. Doménico Amarís, el marido, quizás remite a Doménico, el creador del pentagrama, y a Amarís como declinación de amor. De lejos, no es el mejor de sus libros, pero sí quizás el más valiente; y sí, como en tantas otras páginas redactadas, nos quedamos con el gusto de volver a tenerlo cerca. La pena es que, de ahora en adelante, será solo en relecturas.
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