Seguro se ha visto recientemente en las redes discusiones por la instalación de centros de datos de IA[1] en algunas zonas de la región, lo que será cada vez más común, sin tener quizás muy claro de qué va el asunto.

No es otra cosa que un nuevo modelo de poder con el que las llamadas big tech explotan a sus anchas los datos que alimentan la IA, valiéndose de la infraestructura y la mano de obra de países en “vías de desarrollo”. Las nuevas zonas francas sin control que venden la ilusión de una economía tecnológica próspera y pujante.

Se ha acuñado el concepto de colonialismo digital porque el modelo se apropia de recursos (en este caso, información personal y colectiva) bajo un esquema de explotación que simula las prácticas coloniales que ya conocemos, siendo el trabajo forzado o precarizado la principal.

La base del entrenamiento de la IA depende de subcontratar a obreros que etiqueten y filtren a mil por cien los contenidos. Al mismo tiempo, las big tech mantienen el monopolio absoluto de la infraestructura: los sistemas y la nube son suyos, dictando los estándares lingüísticos y algorítmicos.

Al no contar con la suficiente autonomía tecnológica, los países dependientes nos convertiremos en la materia prima de los sistemas que robustecerán los dispositivos de control que nos mantendrán sometidos.

Argentina, por ejemplo, proyecta instalar varios centros de datos en la Patagonia, a la firma de un acuerdo entre OpenAI y Sur Energy, que se servirán de las reservas de agua limpia de la zona sin regulación alguna que haga un contrapeso al daño medioambiental. Un solo centro de datos de gran escala puede llegar a consumir millones de litros diarios de agua para mantener su sistema de enfriamiento, poniendo en riesgo el consumo y la agricultura a nivel local (en zonas de por sí empobrecidas).

Pero el plan es ir más allá, pues también se debate en el Senado una reforma a la Ley de Sociedades que crearía la figura de “sociedades automatizadas”, es decir, personas jurídicas manejadas por la propia IA sin necesidad de contar con responsables humanos dentro de sus estructuras operativas.

No es escepticismo ni tecnofobia, como se ha querido polarizar el debate. Ese es ya el mundo en que vivimos, y ésta la lucha actual y futura más vital por los derechos de la humanidad.

[1] Inteligencia artificial.

Orlidy Inoa Lazala

Consultora

Soy investigadora y consultora para temas de justicia penal y derechos humanos con enfoque de género. Miembra del Comité de AL y el Caribe para la Defensa de los Derechos de las Mujeres (CLADEM), desde donde hago incidencia para la prevención del embarazo infantil forzado. En mi tiempo libre escribo haikus y aprendo algo de japonés.

Ver más