Juan Bosch vivió varios exilios. El más extenso desde enero del 1938 hasta octubre del 1961. Pero antes que ese, cuando todavía era un niño de un año y meses, vivió un exilio económico y de alguna manera político junto a su familia. Al iniciarse el 1911 el gobierno de Ramón Cáceres se sostenía precariamente, enfrentando la oposición de los jimenistas, los lilisistas y los más beligerantes, los horacistas, seguidores de su primo Horacio Vásquez y de él mismo en ese año. Mom Cáceres no sobreviviría a ese año. Ante tal grado de turbulencia política las familias Bosch Gaviño y Gaviño Cintrón se trasladaron al norte de Haití.
Marcharon tomados de la mano de sus padres los niños: José y Juan. En Haití nacería una niña, Ángela, quien fue la Madre de Milagros Ortíz Bosch. Sus vagos recuerdos de una niñez tan temprana en Haití se las contó a Ramón Colombo y pueden leerse en Bosch, la palabra y el eco. Las dos familias regresaron al Cibao en 1915. Si huían de la invasión de las tropas estadounidenses a Haití tuvieron la mala suerte de que al año siguiente también nos invadieron a nosotros. No había para donde correr más en esta isla, ni siquiera saltar la Mona a Puerto Rico de donde habían llegado los Gaviño Cintrón.
23 años más tarde, el niño que vivió en Haití era ya un hombre, casado con un hijo y la esposa embarazada. Sobrevivía bajo la dictadura de Trujillo y al finalizar el 1937 dos noticias le provocan un espasmo terrible en su espíritu. La primera fue las informaciones del genocidio cometido por el tirano en la frontera norte contra la población negra y analfabeta que allá vivía, la segunda, visceralmente angustiosa, saber que Trujillo, ese asesino y ladrón, quería hacerlo congresista.
Su conciencia no toleraba, ni el crimen cometido por el sátrapa, ni su intento de hacerlo cómplice convirtiéndolo en un títere suyo en las cámaras legislativas. Ambas noticias agudizarán su deseo de marcharse del país, de escapar de este infierno, de buscar otros lugares donde vivir sin tal grado de pesadumbre. Haití también estuvo presente en su esfuerzo de marcharse. Logrará salir en enero del 1938 y llegar a Puerto Rico.
La orden de asesinar a miles de personas entre el 28 de septiembre y el 8 de octubre del 1937 tuvo la intención de construir una muralla de terror entre ambos países para consolidar la dictadura, cercando completamente el territorio y la población. Que fueran haitianos, o dominicanos, o dominico haitianos, era indiscernible para los ejecutores de esa empresa atroz.
Aurea María Sotomayor-Miletti describe la geografía del crimen en estos términos: La frontera dominico-haitiana era altamente porosa desde el punto de vista económico, lingüístico, étnico y cultural, con un rico intercambio humano. Si el criterio para asesinar era el color de la piel y la mala pronunciación de la palabra perejil, poco importaba dónde habían nacido las víctimas y sus ascendientes, se buscaban negros pobres, analfabetos, para sellar ese tramo de la frontera con sangre y violencia.
La principal denuncia de ese genocidio la trasmitió el sacerdote episcopal Charles Raymond Barnes, asesinado por Trujillo el 26 de julio de 1938. La tumba de este mártir se encuentra en la Catedral Episcopal Epifanía de Santo Domingo. El resto de los creyentes en el país miraron para otro lado.
Del lado haitiano Monseñor Canon Joseph Le Couaze, arzobispo de Puerto Príncipe, denunció el genocidio contra los haitianos comparándolo con la matanza de Herodes contra los niños de Belén y llamaba a la solidaridad con quienes habían logrado pasar a Haití. En las negociaciones entre ambos gobiernos luego de la matanza el gobierno dominicano solicitó la mediación del Arzobispo Maurilio Silvani, que sirvió como Nuncio Apostólico de Haití y República Dominicana entre 1936 y 1942.
En la actualidad Vaticannews denuncia la violación a la dignidad humana el trato de la Migración dominicana a las mujeres haitianas parturientas. En la República Dominicana, muchas mujeres inmigrantes indocumentadas de Haití prefieren dar a luz en condiciones insalubres y sin supervisión por temor a ser descubiertas y deportadas. Monseñor Pierre-André Dumas, vicepresidente de la Conferencia Episcopal Haitiana, expresó su pesar: «Es una situación que sobrepasa toda sensibilidad humana. Es una grave afrenta a la dignidad. Nadie debería verse privado de atención médica».
Incluso Mons. Piergiorgio Bertoldi, actual Nuncio Apostólico en la República Dominicana recién acaba de señalar que La grandeza moral de una nación no se mide por su crecimiento económico, sino por su capacidad de proteger a los más débiles.
Demasiada sangre inocente derramada en el 1937, demasiada humillación en el 2026. Demasiado dolor para un espíritu tan sensible e íntegro como Bosch. Muy pocos responden frente a un drama inhumano. Es vergonzoso. Otros escritores en el momento en que Bosch busca salir de este averno se integraron orgánicamente al régimen y sus crímenes, dos ejemplos son Joaquín Balaguer y Manuel Arturo Peña Batlle. En momentos tan dramáticos se mide la catadura moral y la honestidad intelectual de quienes tienen talento para publicitar sus ideas. Antes y ahora.
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