De que nuestra economía necesita miles y miles de trabajadores haitianos solo lo niegan los más estúpidos y los más perversos. Pero, para los grandes dueños del capital criollo y el Estado, los necesitan indocumentados.
Mantener ese ejército de trabajadores sin documentación tiene grandes beneficiarios. Aquellos que ganan fortunas con la explotación de haitianos y dominicanos por un lado y el sector gubernamental que abarata las construcciones públicas por el otro.
Esa máquina de sudor y sangre genera una enorme plusvalía que se disfraza con la estulticia patriotera para ocultar el sufrimiento de los más pobres, sin importar de cual lado de la frontera nacieron, y acusan de traidores a los que develan el artilugio ideológico de fondo siguiendo el mismo guion que la tiranía trujillista. El resultado es una identidad nacional envilecida, necrófila y adoradora del pasado autoritario.
El origen de esta patología identitaria no tiene nada que ver con el pensamiento de Juan Pablo Duarte y los trinitarios, ni siquiera con los creadores del Estado dominicano en 1844, mucho menos con el movimiento restaurador que recibió el total apoyo del gobierno y el pueblo haitiano para su lucha contra la dominación española.
Todo comenzó en el verano del 1934 cuando las tropas norteamericanas salían de Haití y Trujillo, que había cumplido su primer periodo en el gobierno, buscaba el cierre de su control sobre todo el territorio nacional. La frontera norte era vulnerable para sus propósitos autoritarios, no por los haitianos, sino por los antitrujillistas que transitaban y que se organizaban para enfrentar la naciente dictadura, como el caso de Desiderio Arias. Para el tirano todo el territorio nacional era su finca, su cárcel, y no podía tener fugas. Históricamente la línea noroeste siempre ha sido un territorio de gran movilidad entre ambos lados de la frontera.
La compra de trabajadores haitianos para el negocio del azúcar la mantuvo Trujillo desde el inicio de su gobierno hasta su final. Bernardo Vega señala los signos de amistad de Trujillo con Haití durante sus primeros seis años de gobierno. Durante los primeros seis años de la dictadura de Trujillo, éste no solo no permitió ninguna crítica al pueblo o al gobierno haitiano, sino que visitó en más de una ocasión a ese país donde al besar la bandera haitiana, declaró públicamente sentirse orgulloso de que sangre haitiana corriera por sus venas. Efectivamente la madre de Trujillo era Julia Molina Chevalier, cuya madre era haitiana.
La matanza del 1937 no se debió a un particular antihaitianismo de Trujillo. Vega profundiza en ello y señala que cuando Elie Lescot accedió al poder en 1941 (…) Trujillo inició una muy intensa campaña de antihaitianismo que muchas personas aun piensan que caracterizó los treinta y un años de su dictadura, pero que realmente sólo tuvo vigencia durante los cinco años del gobierno de Lescot. El motivo fue netamente económico. Lescot no autorizó que trabajadores haitianos cruzaran la frontera porque los necesitaba para las solicitudes de producción de los Estados Unidos en tiempo de guerra. Al menos ese fue el motivo que le expresó al tirano dominicano.
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