A Mario García, fraternalmente.

Los albatros (Diomedeidae) son una familia de portentosas aves marinas del orden Procelariformes que surcan los cielos en majestuosos patrones de vuelo los cuales, según los ornitólogos, son posibles gracias a la compleja anatomía de sus alas, las cuales les permiten viajar grandes distancias consumiendo muy poca energía. Logran así maniobrar ante las inclemencias de los elementos e incluso lanzarse en picada —en vuelo kamikaze— bajo riesgo de muerte, a fin de capturar sus presas en el océano dado el carácter exclusivamente piscívoro de su alimentación. Fue el vate Baudelaire quien con mayor firmeza metafórica hizo poesía de los albatros cuando comparó sus elegantes trazados celestiales con su torpe conducta una vez capturados en tierra; similar a lo acontecido al poeta quien despliega sus alas en el viaje de la escritura mas, al ser atrapado en el mundo terrenal donde no pertenece "concluye la aventura, porque sus alas de gigante no les sirven de nada…".

Aquellos vuelos suicidas utilizados por los pilotos de la Armada Imperial del Japón en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial representaron un encuentro entre una estrategia bélica de desesperación y la tradición cultural de sacrificio suicida sostenida por el sintoísmo japonés, que, despojado de religiosidad y pruritos morales, le acepta como otra forma del morir. Hay aquí una estrecha relación entre el coraje revelado en tal acto de bravura y la ausencia de miedo a sus posibles consecuencias; un cortejo entre la necesidad de supervivencia (sea esta el alimento o la victoria militar) y el convencimiento de la justeza de la causa misma. Los albatros, instintivamente, una y otra vez, armados del "viento divino" del kamikaze se abalanzan contra el océano convencidos de que su destino permanecerá inalterable a pesar de que el más mínimo error o fallo aerodinámico podría costarles la vida.

Un amigo me ha hecho reflexionar sobre lo que el filósofo contemporáneo Slavoj Žižek categoriza como "la desaparición del amor como evento trascendental". Ante la vorágine mediática y tecnológica; ante la certidumbre que la preponderancia de lo material como condición sine qua non del vivir moderno nos otorga, el amor a riesgo, el amor entregado al azar de la aventura y a las consecuencias de su permanencia o de su fin, parecería estar destinado a morir. Hablo aquí por supuesto del amor kamikaze, de ese que es incapaz de existir sin el convencimiento de su propia absurdez y sin la danza cuasi mortal del enamoramiento —que no del amoramiento—. Medito, observando los albatros, sobre el amor que no desea prescindir del convencimiento de que su riesgo lo vale todo y recuerdo aquel amor que con la misma obstinación del piloto suicida que se reconoce inmortal, se arriesga a ser "muestra mortal de la inmortalidad", como diría Pessoa.

Jochy Herrera

Escritor

Escritor y cardiólogo

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