“Hacia una nueva arquitectura” es el título de uno de los superventas de la arquitectura. De la autoría de Bruno Zevi, este libro aborda el tema de proponer un diseño basado en el espacio interior y la percepción humana de ese espacio. Plantea una reinterpretación radical de aquel movimiento moderno, rechazando dogmas que no se encontraban, o como dicen los influencers, “no hacen esquina” con la libertad formal y vivencial del usuario. Si extrapolamos esto al urbanismo aplicado en las ciudades europeas y específicamente en los guetos de inmigrantes, vemos que ese fenómeno vivencial del espacio se produce de manera espontánea y apreciablemente sin un acompañamiento pleno de los ayuntamientos u organismos que dictan las políticas de integración de los espacios y sus nuevos vecinos.
La clave puede estar en el concepto “nuevo vecino”. En el artículo anterior hemos visto que la integración no es moral ni se impone por normativas; se da de manera que forma parte de la cotidianidad y las transacciones sociales. Esa convivencia nace en los espacios compartidos.
Si hacemos bien nuestro trabajo (los arquitectos, los urbanistas, los políticos, los colectivos y los ciudadanos migrantes y locales), podremos determinar —y actuar en consecuencia— que la integración del migrante dominicano (o de otro país) no se produce cuando este accede a una vivienda, sino cuando él mismo transforma el espacio físico y social o se integra a ese espacio inmediato a su vivienda… Y esa transformación no siempre está en los planos del arquitecto, ni en los planes del urbanista, ni en las políticas del edil de turno; pero siempre está en los colectivos y en los ciudadanos, y ahí debemos acudir los técnicos y los que redactan las políticas públicas.
¿Qué se quiere evitar?
Lo que se quiere evitar es una segregación o incluso una autosegregación de los migrantes; se quiere evitar un rechazo del vecino local tradicional europeo de toda la vida de Dios; se quiere evitar el surgimiento de grupos barriales e incluso políticos de rechazo a esa inmigración que llega a los barrios; también se quiere evitar que los oportunistas se disfracen de solidaridad y puedan utilizar al nuevo que llega como caladero político y social, y hasta como elemento de desestabilización social. Pero además se quiere evitar (y esto lo graficamos así, a modo de ejemplo) que al caminar desde la calle Orense, colindante con Paseo de la Castellana, se viva un urbanismo agradable universalmente, y que, cruzando Bravo Murillo en dirección a Ciudad Universitaria, el perfil urbano, social y hasta arquitectónico se degrade hasta cotas muy llamativas, y no positivamente.
Esta evitación proactiva solamente obedece a esa necesidad de que, guardando la identidad de cada parte de la ciudad y aceptando los cambios propios de los procesos de gentrificación, todo obre para bien, como diría Saulo de Tarso como promesa a los que creen, confían y hasta sueñan.
Continuará…
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