Desde mediados de septiembre de este año, la capital gala parece una adaptación moderna y sin signo de interrogación de la película “¿Arde París?”, de René Clément, donde se narran detalles de su liberación del régimen nazi que la había ocupado entre los años 1940 y 1944.
Solo que, en este 2026, en lugar de la búsqueda de una liberación del sentimiento de ocupación de una potencia extranjera, lo que será necesario es responder al sentimiento de impotencia nacional.
Las manifestaciones son violentas ahora, pero la insatisfacción empezó mucho antes. El fenómeno de los chalecos amarillos inició por insatisfacción con los precios de los combustibles y, aunque hubo varios intentos de conversación, lo que dio por terminado este movimiento dieciséis meses después de que iniciara: fue la reclusión mundial de la pandemia, no la concertación voluntaria entre las partes.
Al poco tiempo de restablecida la vida normal, tocaba la elección presidencial. En la primera vuelta quedaron cuatro opciones con casi el mismo número de votos, lo que indicaba que aunque Macron tuvo más votos que los demás candidatos, su opción, claramente no era muy popular. Las elecciones congresuales subsiguientes también se caracterizaron por una gran fragmentación del voto. Aumentaba la desconexión entre los ciudadanos y sus dirigentes políticos: hubo disolución de la asamblea, numerosos cambios de primer ministro y una palpable crispación de la población que no veía la idoneidad de las medidas gubernamentales.
Ningún dirigente político, ni del gobierno ni de las oposiciones, ha sido capaz de emitir un discurso que traiga confianza en el inicio de un proceso de pacificación. Más bien lo contrario: un programa de televisión llegó a hacer la triste comparación entre los discursos presidenciales posteriores a manifestaciones estudiantiles en dos épocas distintas (2005 y 2026) y el resultado es desastroso: es como si hubiese habido una involución en la capacidad de comunicar con el público a pesar de que muchas personas dedicadas a la política han realizado estudios que, teóricamente, los prepararon para asumir las riendas públicas.
Quizás está sobrando la preparación y faltando la empatía. Existe un marcado sentimiento de desconfianza en la posibilidad de construir un mundo mejor. Aunque hay más de veintiséis personas que han declarado su intención de presentarse a la máxima magistratura, hasta ahora ninguna genera la confianza en que podrá reunir las fuerzas políticas, económicas, sociales, culturales y hasta espirituales para trabajar unidos por un presente disfrutable.
Compartir esta nota