Hablar de la España vaciada es hablar de un territorio que, paradójicamente, ocupa buena parte del país y que alberga cada vez a menos personas. Durante años, la concentración de población, empleo, inversión y servicios en las grandes ciudades ha ido dejando tras de sí una extensa geografía de pueblos y pequeñas ciudades que envejecen, pierden habitantes y ven cómo muchas de sus oportunidades se marchan con ellos.
Consuegra, en Toledo, permite observar este fenómeno desde una perspectiva especialmente interesante. No estamos ante un pueblo remoto ni ante un territorio aislado, es un enclave muy cercano a Madrid, y se encuentra a poco más de una hora de la capital del Reino, posee un patrimonio histórico extraordinario y cuenta con una imagen —sus molinos sobre el Cerro Calderico y el castillo de la Muela— reconocible mucho más allá de Castilla-La Mancha. Sin embargo, también participa de algunas de las dificultades características de la España interior.
La cuestión de fondo no consiste únicamente en que disminuya la población. Un territorio comienza realmente a vaciarse cuando desaparecen las razones para permanecer en él. Cuando los jóvenes deben marcharse para estudiar o encontrar empleos cualificados; cuando determinados servicios sanitarios, educativos, administrativos o comerciales se concentran en núcleos mayores; cuando la vivienda antigua se deteriora mientras escasean alternativas atractivas; o cuando la economía local no consigue transformar sus propios recursos en oportunidades estables.
Consuegra posee, sin embargo, algo que muchos territorios despoblados desearían tener: identidad, patrimonio y proximidad relativa a una gran metrópoli. Sus molinos, su castillo, su paisaje manchego, su historia y su gastronomía constituyen activos económicos y culturales de primer orden. El problema aparece cuando el patrimonio funciona fundamentalmente como escenario para el visitante, pero no consigue convertirse suficientemente en actividad económica permanente para quien vive allí.
Por eso, afrontar la España vaciada exige superar la idea de que basta con atraer turistas o conceder subvenciones puntuales. La verdadera política territorial debería preguntarse cómo conseguir que vivir en lugares como Consuegra vuelva a resultar competitivo frente a vivir en Madrid o en una capital provincial. Y ahí intervienen cuestiones muy concretas: comunicaciones, acceso digital, vivienda, rehabilitación del patrimonio, energía, servicios públicos, emprendimiento y capacidad para atraer nuevos habitantes y actividades profesionales.
La arquitectura y el urbanismo tienen también mucho que decir. Rehabilitar viviendas, recuperar edificios abandonados, mejorar la eficiencia energética, regenerar el espacio público o introducir nuevos usos en el patrimonio existente no son únicamente actuaciones físicas: pueden convertirse en instrumentos de repoblación y desarrollo económico.
Quizá Consuegra demuestre que la España vaciada no es necesariamente una España condenada. El territorio está ahí, el patrimonio permanece y la identidad sigue viva. Lo que falta, en muchos casos, es construir un proyecto contemporáneo capaz de convertir todo ello en futuro.
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