El pasado miércoles 21 de enero se cumplieron 20 años de la muerte de mi padre, Rafael William Vargas Pichardo.

La relación con la paternidad en nuestro país tiende a generar conflictos y muchas personas prefieren no hablar de su padre en las historias de vida por sus ausencias y vacíos afectivos.

En mi caso, si bien, mi padre no fue parte de la vida familiar desde la unidad de residencia-hogar, crecí en una familia monoparental liderada por mi madre (Ana Daisy García), sin embargo, él estuvo presente desde una comunicación y seguimiento continuo.

Las estrategias que desarrolló mi padre para mantener una presencia afectiva y cierto seguimiento a los procesos de mi desarrollo evolutivo lo convierten en una figura importante en mi vida hasta el momento de su muerte.

De mi padre aprendí actitudes, pautas de interacción social y valores. Estos aprendizajes no fueron parte de un discurso teórico, ese no era su estilo, sino desde su comportamiento ante la vida y la sociedad que lo impregnó en mí y que coincidían con las enseñanzas prácticas de mi madre.

  1. Esfuerzo y responsabilidad. Mi padre vivió al igual que mi madre la pobreza. El estuvo un tiempo de su vida realizando múltiples actividades para su sobrevivencia en su niñez y adolescencia. La mejora de sus condiciones de vida en su adultez fue un proceso gradual en el que el esfuerzo y el sentido de responsabilidad eran su principal empuje.
  1. Compromiso social. Tanto mi padre como mi madre fueron cada uno un referente permanente de compromiso con el cambio social, la justicia y la equidad. Mi padre fue un luchador antitrujillista que se vinculó al movimiento 14 de junio y luego a la revolución de abril de 1965. Su militancia en estos movimientos fue desde la praxis. Sus relatos con una visión critica frente a las dictaduras (Trujillo y Balaguer) con detalles sobre los crímenes, la represión, la imposición del autoritarismo como praxis política, social y cultural, se convirtieron en referentes importantes en mi vida. Aprendí con él y con mi madre una lectura crítica de nuestra historia y del ejercicio de poder con sus matices de exclusión e inequidad.
  1. Uno de los principales pilares de la vida de mi padre fue la libertad. Por eso no quiso involucrarse desde un ejercicio político partidario ni asumía compromisos sociales y económicos que implicaran posiciones de poder y que podían afectar su libertad. 
  1. Coraje y coherencia. William Vargas fue un ejemplo de coraje. No tenía miedo al riesgo, lo que demostró con su compromiso social y mantuvo en su estilo de vida la total coherencia con los ideales y valores que asumió a favor de la democracia. Ese ejemplo está vivo en cada uno de nosotros sus hijos, hijas, nietos, nietas y biznietas-biznieto.
  1. Responsabilidad social y honestidad. El sentido de la responsabilidad ante nuestra sociedad y el país eran aspectos claves de la vida de mi padre. El manejo de su vida desde la honestidad, entendida también como responsabilidad frente a las demás personas es un mensaje práctico de referencia permanente en mi vida, no porque sienta que “debo hacerlo” sino porque me entiendo como responsable de actuar con transparencia y respeto.
  1. Sencillez y sensibilidad social. Mi padre, William Vargas era un hombre sencillo, que sonreía a todas las personas sin discriminación social ni racial, con un gran sentido de solidaridad y sensibilidad social.
  2. La solidaridad era un principio en su vida. Cualquier situación o persona que requería de su apoyo tenía una respuesta de su parte.

El acompañamiento a mi padre en sus últimos días de vida hasta el último minuto de su muerte fue una lección de vida y muerte de una gran trascendencia para mí. Pude comprender las razones por la que la muerte en muchas culturas y en nuestra religiosidad popular es una celebración que mezcla alegría y tristeza. Una fiesta la que pone de manifiesto el sentido del cambio, la evolución y los círculos muerte-vida que encierra la cotidianidad. La necesaria ruptura con la muerte desde el miedo y el apego hacia los seres queridos cobró importancia en mí desde ese momento y con mayor intensidad cuando pude sentir la paz y plenitud que transmitió mi padre hasta su último respiro y latido.

A partir de la muerte de mi padre entendí que la vida cobra más sentido cuando se está cerca de la muerte. El sentido físico, afectivo y social de la vida se puede redimensionar con mayor claridad cuando nos damos cuenta que podemos morir en cualquier momento.  Por eso en la cultura popular la vida está fundamentada en el presente, lo inmediato, el día a día, porque se entiende que cada día “estamos más cerca de morir”, todas las muertes que ocurren en las comunidades son parte de la vida de todas las personas que interactúan allí y la colectividad se involucra en ella.

Tahira Vargas García

Antropóloga social

Doctorado en Antropología Social y Profesora Especializada en Educación Musical. Investigadora en estudios etnográficos y cualitativos en temas como: pobreza- marginación social, movimientos sociales, género, violencia, migración, juventud y parentesco. Ha realizado un total de 66 estudios y evaluaciones en diversos temas en República Dominicana, Africa, México y Cuba.

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