Hay un aspecto de la dominicanidad que detesto: el querer ser «más tíguere que todo el mundo». Esa tendencia al abuso, a aprovecharse de la bondad, la buena voluntad y la disposición del otro. Siempre aparece un dominicano que guarda la tarjeta hasta el último momento, esperando que otro del grupo saque la suya. Siempre hay un dominicano que sale al baño cuando llega la mesera con el verifone, o cuando le llamas para cobrar: «no se oye, shhh, estoy pasando por el túnel, shhh, estoy en el ascensor, shhh». Siempre se está «entrecoltando»1 la llamada del tiguerón.
¿Cuántos dominicanos habrán sido criados bajo el esquema del tiguerón? El tiguerón quiere ser más tíguere que tú, más tíguere que todo el mundo, saber más que el diablo, ser y tener más que tú, mientras tú eres un palomo que tendrás que resignarte con asentir. La sociedad nos recuerda que los tiguerones son el prototipo del dominicano ideal: suelen salir premiados mientras que los palomos son eso, palomos que tienen que abstenerse a cumplir con su rol sumiso. Se nos invita desde pequeños a ser «habilidosos», soldaditos de plomo que repartiremos cocotazos a diestra y siniestra. ¿Quién va a pagar eso? ¡Estás loco! Que lo paguen los palomos.

El tiguerón se viste de excusas vendiéndote el sueño de su inteligencia sobre la tuya, embullándote para que asumas lo que le corresponde. El tiguerón se regodea cacareando los pocos huevos que ha puesto en esta vida pero en el fondo, lo que hace es llenar de humo la sala y escapar de los espejos cuando se trata de asumir su responsabilidad.
El tiguerón nunca asume un problema que puede resolver el grupo. Nunca tendrá la iniciativa de hacerse cargo de nada que no vaya en su propio bienestar. Nunca pondrá al otro al mismo nivel ni en primer lugar. El tiguerón siempre busca la manera de escabullirse, de serpentear, de evadirnos a todos. Es un espacista que rompe los candados y sale vivo de la jaula sumergida, fumándose un cigarro y arreglándose el pelo del mostacho.

Una de sus prácticas comunes es agarrarse de las dos únicas cosas que hizo en el 95. Nunca actualizó su repertorio. El tiguerón dice que ha hecho más que todo el mundo, pero si nos ponemos serios y sentamos a sacar la cuenta, se encojona y sale maldiciendo porque «el mundo está en su contra», porque siempre fueron los otros que se arremangaron la camisa y tuvieron que afrontar la mierda. En el fondo, sabe que es él quien está en números rojos, pero lo negará hasta las últimas consecuencias.
El tiguerón se hará el ofendido cuando lo encares, diciendo que lo que tienes es «algo personal» contra él, reduciendo la objetividad de tu crítica hasta la caricatura del meme, como si el malestar fuese una invención de tu santa locura. El tiguerón no sabe lo que significa «mea culpa». Su narcicismo intentará hacerte creer que no estás siendo suficientemente racional, sino que te dejas llevar de «las pasiones», quilles por cosas del pasado que te siguen condicionando.

—¿Todavía recuerdas eso? Solo sabes guardar rencor. Supéralo.
Cuando es abuso contra las mujeres, el tiguerón las tilda de «histéricas».
Cuando el abuso es contra la familia, se asume como «incomprendido».
Cuando es abuso con la sociedad, culpa al gobierno.
El asunto es que nunca es su responsabilidad.
En el fondo, todos tenemos un familiar que se cree más tíguere que todo el mundo. Todos podemos ponerle rostro a esta descripción, encontrando cierta familiaridad incómoda. Puede ser tu hermano, tu papá, tu hijo, tu pareja, tu primo, incluso quién sabe, alguno de tus abuelos. En otras ocasiones se viste del típico vecino que cuando toca repartirse la carga nunca aparece, que debe como 36 cuotas del mantenimiento pero se quilla cuando le ocupan su parqueo. El asunto es que ante la imbecilidad, ¿qué nos queda a los demás? ¿Acaso una carcajada?
Pienso en una persona muy querida que ante el abuso que suele recibir por parte de un familiar tiguerón, siempre encuentra un pequeño espacio de carcajada para reír de la propia miseria. Quisiera alguna vez tener esa capacidad y poder aligerar el peso de la violencia del tiguerón. Pero por desgracia, me sigo indignando con la desfachatez, creyendo que los tiguerones pueden mejorar y que vale la pena escribir esta clase de artículos.
Quizá, soy yo el que está mal, yo soy el problema: el problema es la ingenuidad de darle a la gente el beneficio de la duda, la oportunidad de demostrar que podemos ser otra cosa. En el fondo, soy yo el que creo que las personas pueden ser mejores versiones de sí mismas. ¿Realmente nos importa tanto el otro como afirmamos? ¿Nos importa un coño la sociedad? ¿Nos importa alguien más que nosotros mismos o nuestras cuentas de banco?
Pequeña misiva al tiguerón
Reconocernos es de valientes. Reconocer que puedes ser un imbécil, un aprovechado, un «tíguere» y un abusador, también tiene su encanto. Respeto más a esas personas que no fingen que son mejores de lo que son. ¿Por qué no reconocer que si es por ti, el otro que que se joda, que si es por ti, que anoten la docena de frías en el colmado cuando sabes que te mudas y que nunca volverás a ver al colmadero? ¿Por qué no tener la valentía de reconocer que si es por ti, que el otro siempre se haga cargo de lo que te corresponde a ti? La búsqueda constante de la comodidad es uno de tus atributos indispensables: esa necesidad de vivir como príncipe sin importar lo que implique y a quiénes jodas y se arrastren contigo.
Qué se va a hacer. C’est la vie. Nietzsche lo sospechó desde un principio. Al menos, nos quedará una carcajada contra la imbecilidad.

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