Carolina Mejía destacó nuevamente el enfoque de su gestión municipal en los parques de las tres circunscripciones del Distrito Nacional. En el pasado vivir cerca de uno era un dolor de cabeza: un espacio público para jolgorio de desaprensivos, vertedero improvisado de basura o refugio para urgencias libidinosas. Por eso tasadores serios incluían la cercanía como factor negativo para valorar una casa.
Ahora estar a pocos minutos de un parque es una bendición que, para ser duradera, requiere de juntas de vecinos para evitar que vuelvan a ser conquistados por los bárbaros. La Alcaldía no puede proveer seguridad a toda hora con policías municipales atentos a que se cumpla con las reglas de uso en los más de 200 parques que explica se han “intervenido para remozar”.
Esa es una frase extremadamente modesta. Primero, no se corresponde con las fotos y videos del “Antes y Después” en muchos donde el cambio ha sido radical. Segundo, y más importante, son acciones en que Carolina Mejía ha logrado la entusiasta participación de empresas privadas a través de sus programas de Responsabilidad Social Corporativa.
Merece todo el crédito porque a los empresarios nunca les ha faltado la disposición y recursos para apoyar iniciativas de impacto social vía asociaciones sin fines de lucro o gobiernos municipales. Lo que ha estado escaso en estos últimos son contrapartes den confianza en proyectos a desarrollar en consenso sobre los diseños, amenidades, reglas y presupuestos.
Hoy la escasez es distinta en la Alcaldía del DN. No hay suficiente tiempo y personal para coordinar todos los proyectos en los que desea cooperar el sector privado. Quien es testigo de los actos de entrega puede apreciar ese gran esfuerzo permite lograr espacios como el Parque Sensorial, uno de los más reciente que contó con el apoyo del Grupo Popular. En su rendición de cuentas la alcaldesa lo mencionó como el primero especialmente pensado y diseñado para niños neurodivergentes.
Ese está en el Parque Mirador Sur y, de nuevo, toca a los padres de esos niños apoyar a la gobernadora y las autoridades municipales para que lograr que la discriminación sea efectiva en esa área que demuestra esa visión inclusiva de esa alianza público-privada. Hay columpios para acomodar niños en sillas de ruedas y otros diseñados para un niño con su padre o tutor. Amar ese, y todos los parques, empieza cumpliendo las reglas de uso y asumiendo la defensa contra los bárbaros.
La barbarie nos arropa porque hemos perdido el valor de llamar la atención al adulto que rompe un columpio de niños, adorna un coralillo con una botella plástica al salir del Metro o se instala como indigente al lado de torre paga 200 mil del IPI por apartamento. Las obras de la alcaldía sí están ahí para tener “un mejor lugar donde vivir, donde crecer y donde poder lograr la prosperidad”, pero depende mucho de nosotros “lograr el orden y tener clara las prioridades”. A colaborar ya.
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