Así como hay doctores que no son doctos, también hay eruditos que no son sabios. Cultivar la racionalidad está bien, pero mejor es cultivar la curiosidad y la humildad. Virtudes cardinales de la sabiduría, cualidad presente en los hombres de bien.

Philip Tetlock, retomando una intuición de Isaiah Berlin —quien a su vez la toma de un verso de Arquíloco— propuso una distinción sugerente: la de los erizos y los zorros. Los primeros organizan su vida intelectual alrededor de una idea central, una intuición dominante desde la cual interpretan el mundo. Los segundos, en cambio, se desplazan entre múltiples saberes, sin la necesidad de reducir la realidad a un principio único.

En un mundo cada vez más complejo, donde los problemas desbordan cualquier marco único de interpretación y el futuro se presenta como un territorio inestable, ni la inteligencia ni la experiencia, por sí solas, parecen suficientes. Algo falta. Y ese algo no es otra cosa que la capacidad de articular ambas disposiciones: la profundidad del que sabe detenerse y la amplitud del que sabe moverse.

Necesitamos, en ese sentido, tanto la mirada microscópica como la visión de conjunto; tanto el rigor del especialista como la apertura del curioso. Pero, sobre todo, necesitamos algo que no siempre acompaña al conocimiento: la sabiduría.

Porque no en todas las circunstancias lo decisivo es la inteligencia. Hay situaciones —quizá las más importantes— en las que lo que está en juego no es cuánto sabemos, sino cómo usamos lo que sabemos. La sabiduría opera precisamente en ese nivel.

La cultura no es sabiduría. Michel de Montaigne lo expresó con lucidez: «Los conocimientos de otros pueden hacernos eruditos, pero la sabiduría de otros no puede volvernos sabios». La frase conserva toda su vigencia porque apunta a una distinción fundamental: el conocimiento puede transmitirse; la sabiduría, en cambio, tiene algo de intransferible. No consiste en la simple posesión de datos, sino en una forma de relación con ellos: una mezcla de prudencia, sentido de proporción y, sobre todo, conciencia de los propios límites.

Tal vez por eso los verdaderos sabios rara vez hablan desde la certeza. Arthur Schopenhauer sugería que quien comprende mejor el mundo lo ve, en cierto modo, desde una altura mayor. No porque posea verdades definitivas, sino porque no se deja atrapar por ellas. Hay en el sabio una disposición constante a revisar, a desaprender, a dejar espacio para lo imprevisto. No se aferra a sus ideas como si en ello le fuera la identidad; más bien las sostiene con una suerte de provisionalidad lúcida, consciente de que toda comprensión es, en alguna medida, incompleta.

Esa actitud, sin embargo, no es la más frecuente. No es extraño encontrar, incluso en espacios donde debería promoverse el pensamiento crítico, una cierta rigidez intelectual. Personas cuya formación, lejos de abrirlas, parece haberlas encerrado en los límites de su propia especialización. Esto pasa cuando el conocimiento se confunde con prestigio.

Lo que distingue, entonces, al sabio del necio no es simplemente la cantidad de conocimiento, sino la calidad del juicio. O, dicho de otra forma, la capacidad de extraer de ese conocimiento sus implicaciones reales, de ponderar lo que está en juego y de actuar conforme a principios que resistan la prueba de la realidad.

Porque conocer, en sentido estricto, no es acumular información, sino comprender. Y comprender implica, necesariamente, saber qué se sabe, qué se ignora y por qué se sostiene lo que se sostiene.

Quizá por eso la idea de sabiduría conserva todavía algo de fascinante. No es un concepto técnico ni una categoría académica cerrada. Es, más bien, una aspiración: la de alcanzar cierta claridad en medio de la confusión, cierto equilibrio en medio de la incertidumbre. La sabiduría es, en última instancia, una forma de medida: la capacidad de discernir el valor de las cosas y la proporción que guardan entre sí.

En ese orden de ideas, conviene que reevaluemos nuestras viejas creencias sobre el valor del conocimiento y su utilidad, entre otras cosas, para desarraigarlas, si por alguna razón seguimos relacionando cursos, diplomados, licenciaturas, maestrías, doctorados y demás certificaciones académicas con sabiduría. Insisto, si así pensamos, confundimos conocimiento con prestigio.

Con el ánimo de que este texto no quede en una divagación abstracta sobre la sabiduría, me atrevo a sugerir una manera de fomentar la curiosidad y la humildad —claves si se pretende recorrer el intrincado sendero de la sabiduría—, sobre todo en quienes por su inteligencia o sus conocimientos sientan la ilusoria sensación de competencia, a saber: en el caso de los adultos, podría cada uno desarrollar un dispositivo mental tendente a contraponer sus ideas con evidencia científica. Uno muy útil es ahondar en las teorías más destacadas, libros, estudios académicos, conferencias, etc., que se contrapongan a nuestras creencias. Si esta actividad se realiza con apertura y deseo de comprender al otro, independientemente de que exista o no un cambio de postura, poco a poco iremos siendo más conscientes de que siempre se podría saber más, y de que cada nueva verdad no hace sino dilatar el círculo de nuestra ignorancia.

En otro ámbito más terrenal, de manera institucional, se podría orientar la educación —sobre todo la básica— en un ecosistema de pequeños estímulos, donde se favorezca el cuestionamiento activo y la curiosidad continua. En lugar de exaltar de manera desmesurada el dominio técnico o la capacidad de memorizar, deberíamos destacar e incentivar la flexibilidad intelectual. La habilidad de revisar posturas y transformar nuestras creencias ante nuevas evidencias. Destacar, más que las respuestas correctas, las mejores preguntas, siendo estas mejores o peores por ser inabarcables desde un solo prisma.

En suma, el objetivo del aprendizaje no es amasar conocimientos, sino adquirir comprensión, rigor y profundidad para ser libres, responsables y creativos, y convertirnos no solo en lo que debemos ser, sino en más de lo que podemos ser.

Héctor Camilo Ricart

Abogado

Lic. Héctor Ricart (Abogado, egresado de la UNPHU, apasionado del derecho laboral. Director Jurídico en la firma R&L, Legal and Real Estate.

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