Sepulturero. – ¿Por qué no terminas de una vez por todas de sepultar los despojos que tan ingratos son a la memoria de Hamlet? Su madre no vive sino en la memoria. Soy su amigo, pero no es mi trabajo, por ser un príncipe, y aunque a los ojos de Dios todos somos iguales, en la tierra yo seré polvo y él memoria, espumas de las corrientes de agua, agua que se refunde con el sol.
¿Por qué no deponer de una vez por todas del Hamlet, sombra del padre? Gertrudis, su mujer, se entregó a la costumbre de su tiempo, al deseo de poder contemporáneo de todo tiempo, de toda infidelidad a cualquier hora de día. El hombre es el mismo, encarna la pasión de la muerte por la carne. Antes y después todo es lo mismo, todo está revestido de arrepentimiento hasta la nueva pasión que sofoca el alma, la permanencia en el poder, la mujer del otro hecha a imagen y a semejanza de nuestra imagen y semejanza reflejada en el espejo. No la vemos porque está oculta cada vez que preguntamos donde está el espejo.
¿Acaso les toca también enterrar al palacio, aunque los despojos del príncipe esperen a la orilla del camino, cubierto con el manto blanco y sucio de la salida del sol, de la indiferencia? ¿Hay que culpar a Gertrudis, hija de la carne? ¿A Claudio?, Rey de Dinamarca al igual que cualquier o como se le llame, antes o después de tocar a la puerta, de ser elegido por el pueblo o señalado por la providencia del nacimiento. Todo es por la carne. Todo es por el poder, por no ser polvo. Lo único real cuando va a amanecer es la sombra de lo que seremos mañana.
Clown. – Como todos, quieres morir. Lo entiendo. Quieres dejar de ser fantasma, de ser bocas ociosas, desdentadas, hambrientas. La eternidad no debería ser sustituida por historia como la mía, Clown de sí mismo. Soy solo una justificación de memorias ilícitas porque he sido sustituido por cortesanos que hacen creer que todo se hace por mí. ¡Enterrad mis despojos ahora que cualquiera es un príncipe, que cualquiera tiene una madre como la mía, un padrastro que todos sueñan! Quiero convertirme en la sombra de mi padre. Dónde todos somos iguales, ¿de qué sirve ser príncipe? Quiero dejar de ser la memoria del hombre para que me acepten como un igual y me ignoren. Quiero despojarme de la memoria de los hombres, mi heroísmo se ha prostituido. Soy como mi madre, como mi padre. Mis amigos lo saben, por eso hablan lo que hablan. Como quiero ignorar lo que soy, me recuerdan al linaje del despojo solar, al que nunca he dejado de pertenecer. Ni la memoria de los hombres quiere cederme el olvido. Olvidad mi nombre, solo quiero ser enterrado o en su haber, sombra como mi padre, diálogo ocioso.
Como ayer, todos somos sombras de príncipes fantasmas. Nombres a los cuales se responde como lo que creemos de nosotros mismos; los sepultureros lo saben, porque todas las deudas del hombre, príncipe o no, prostituta o no, amigos o no, descansan por un instante en sus palas. El poder es una pala de tierra bajo amenaza de lluvia.
Clown y Sepulturero… ¡El Hombre!
A lo lejos el aullido, sombra de fantasmas, de Shakespeare, de Cervantes, en la paradoja de la vida es sueño.
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