Hoy, cuando la guerra y la violencia marcan la tónica en el mundo, cuando hasta la dignidad parece una quimera, vale rescatar esta, la última obra de José Saramago. En verdad, su título completo es: Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas. Este título proviene de un célebre verso de la tragicomedia teatral Exhortação de Guerra del dramaturgo portugués Gil Vicente, del siglo XVI. Por esto, su compatriota, el prestigioso escritor, lo eligió por ser una sátira a la guerra y al comercio de armas. La novela es un relato contra el horror de los conflictos bélicos y la sinrazón de la violencia. Una reivindicación de la ética y la dignidad humana. Es su testamento literario póstumo.

Es una obra que el Premio Nobel no pudo concluir, pues la muerte se lo impidió. Sin embargo, en la edición de lujo que se hizo de ella varios años después, se puede notar el inusitado empeño que, en los meses finales de su vida, Saramago le dedicó. Aquí no solo se recogen los tres capítulos de la obra escritos por el maestro, sino también sus notas de trabajo; en especial, las realizadas desde el 15 de agosto de 2009 hasta el 22 de febrero de 2010. Es decir, mientras una leucemia crónica le iba minando poco a poco su hálito de vida, apenas meses antes de su fallecimiento, el laureado intelectual estuvo trabajando en esta obra con la esperanza puesta en concluirla. Así, en vísperas de las fiestas de Navidad de 2009, anotó con celo e ironía: "Dos meses sin escribir. A este paso tal vez haya libro en 2020…".

Con la narración característica del autor en las páginas que la integran —recreadas por las formidables ilustraciones del versátil artista Günter Grass— transcurre este fascinante drama: directo, claro e irreverente. Dos personajes centrales interactúan en esta obra: Artur Paz Semedo y Felícia. El primero es un burócrata aficionado a las armas que trabaja desde hace décadas en una fábrica de armamento; la otra es su antigua pareja, quien, por su espíritu libre y pacifista, decidió dejarlo.

Sin embargo, posteriormente la vida los vuelve a enlazar en un proyecto clandestino. Artur, influido por el impacto que le había causado ver la película Espoir (Sierra de Teruel) de André Malraux —cinta que recoge la crueldad de la Guerra Civil Española—, le comenta a Felícia su profunda impresión. Esto bastó para que Felícia le propusiera que aprovechara su trabajo en la fábrica para algo más trascendente: obtener información clasificada sobre las ventas de armas que había hecho su empresa durante dicha guerra. En otras palabras, era una forma de darle un sentido más humano y social a su labor allí, según ella.

Persuadido por este inesperado y osado proyecto, Artur se empeña en emprenderlo. El pretexto acordado por ambos para obtener la autorización de sus jefes era que pretendían comparar los sistemas contables utilizados en la compañía en la década del treinta con los actuales. Sin embargo, el administrador de la fábrica a quien se le hace esta inusual solicitud inicialmente no accede. Luego, sorprendentemente, sí la autoriza, aunque con un propósito distinto.

En este abrupto giro influye la inusual revelación que le hizo el día anterior su padre sobre un conato de huelga que tuvo que enfrentar en la compañía en aquellos años, pero, en especial, de la manera siniestra como lograron sofocarlo. Así, al día siguiente, Artur recibe el visto bueno para llevar a cabo su iniciativa, aunque solo en relación con los papeles que pudieran aparecer en los archivos sobre la intervención de la empresa en los acontecimientos clave de esa convulsa época. Obviamente, a Felícia y a Artur les satisface esta otra vertiente de la indagatoria aprobada. Posteriormente, el drama se prolonga hasta que el deceso del autor lo interrumpe.

La obra cuenta con dos certeros comentarios. El primero, a cargo del poeta y ensayista español Fernando Gómez Aguilera, quien, al valorar este último aporte literario de Saramago, apunta: "Admira la tenacidad con la que, al borde del gran abismo, el escritor se asió a la literatura. Sorprende la energía formidable que desprenden las historias, un Saramago en estado puro hasta la última de sus letras, incluidas las que no pudieron ser escritas en el lugar al que la voluntad las había destinado…".

Y el otro, del aguerrido periodista y ensayista italiano Roberto Saviano, quien subraya: "Estas nuevas páginas de Saramago son un criptograma del murmullo continuo de las misteriosas revelaciones que recibimos. Como un manual de traducciones de sonidos, percepciones e indignaciones". Y remata: "De todas las cosas que José Saramago era capaz de hacer, morirse ha sido la más inesperada. Si conocías a José, simplemente no se te pasaba por la cabeza".

Sin duda, estamos en presencia de una novela que, aunque inconclusa, conmueve. Por esto, desafía al lector a que se aventure e imagine cuál hubiera sido su final. Y es que, como decía el autor, la vejez empieza cuando se pierde la curiosidad; él, hasta el final y a través de esta obra, probó que esa etapa nunca le llegó.

José Lorenzo Fermín

Abogado

Licenciado en Derecho egresado de la PUCMM en el año 1986. Profesor de la PUCMM (1988-2000) en la cual impartió por varios años las cátedras de Introducción al Derecho Penal, Derecho Penal General y Derecho Penal Especial. Ministerio Público en el Distrito Judicial de Santiago (1989-2001). Socio fundador de la firma Fermín & Asociados, Abogados & Consultores desde el 1986.-. Miembro de la Comisión de Revisión y Actualización del Código Penal dominicano (1997-2000). Coordinador y facilitador del postgrado de Administración de Justicia Penal que ofrece la PUCMM (2001-2002). Integrante del Consejo de Defensa del Banco Central y de la Superintendencia de Bancos en los procesos de fraudes bancarios de los años 2003-2004, así como del Banco Central en el caso actual del Banco Peravia. Miembro del Consejo Editorial de Gaceta Judicial. Articulista y conferencista ocasional de temas vinculados al derecho penal y materias afines. Aguilucho desde chiquitico. Amante de la vida.

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