El silencio mudo que nos habla es una forma profunda de comunicación, sabiduría y conexión emocional que trasciende las palabras verbales. Actúa como un refugio interior, un espacio para la reflexión y la verdad, o, en ocasiones, como una herramienta de manipulación, siendo capaz de expresar sentimientos intensos que el lenguaje no puede abarcar. No es la ausencia de comunicación, sino un lenguaje propio, una "elocuencia no aprendida" que revela el manantial más secreto de la vida y del alma. En el ámbito laboral, ese silencio se convierte en violencia psicológica: el mobbing. Se trata de una agresión sutil, constante y no verbal que aísla, ignora y destruye la confianza de la víctima sin necesidad de gritos ni amenazas explícitas. Este comportamiento tóxico incluye la exclusión social, la difusión de rumores, la sobrecarga de trabajo y la complicidad del entorno, generando severos daños emocionales y profesionales. Como ha sido ampliamente documentado en los estudios pioneros sobre mobbing, estas prácticas sistemáticas buscan desestabilizar y expulsar simbólicamente a quien es percibido como una amenaza o como objeto de envidia, convirtiéndose en un enemigo sigiloso dentro del lugar de trabajo. La falta de una regulación estricta en algunas legislaciones agrava, en muchos casos, la desprotección de la persona trabajadora. Partiendo del hecho de que el espacio laboral suele estructurarse sobre jerarquías en las que se generan relaciones de poder, la violencia hacia las mujeres también se manifiesta en esta esfera.

"Voces silenciadas" nos recuerda que escuchar a las mujeres, creer en sus testimonios y transformar las estructuras que reproducen la desigualdad no es un gesto simbólico: es una responsabilidad ética, social y política impostergable.

Desde una perspectiva social, esta forma de violencia de género presenta indicadores claros. En el acoso sexual laboral, el objetivo no es únicamente la sexualidad, sino la imposición de poder y la reafirmación de espacios históricamente masculinizados. Así, el estereotipo social se traslada a la relación laboral, convirtiéndose, en muchos casos, en una cuestión de poder más que de deseo. El silencio, que en otros contextos puede ser sabiduría, aquí se transforma en un lenguaje invisible de violencia. Es un murmullo que erosiona la dignidad, un vacío que habla más fuerte que las palabras. La Organización Internacional del Trabajo, en su Convenio 190 (2019), reconoce que la violencia y el acoso en el mundo del trabajo constituyen una violación de los derechos humanos y una amenaza para la igualdad de oportunidades. Esta forma de violencia hacia la mujer puede manifestarse a través de requerimientos o propuestas indebidas, chistes, bromas o comentarios de contenido sexista, la exhibición de imágenes inapropiadas, comportamientos físicos indeseados e incluso la agresión sexual. El acoso laboral y sexual ha sido históricamente normalizado y silenciado dentro de los medios de comunicación, creando una cultura de impunidad. Estudios de UNESCO y Reporteros Sin Fronteras indican que más del 60 % de mujeres periodistas han sufrido violencia de género en entornos laborales, a menudo ejercida por personas en posiciones de poder y, en muchos casos, naturalizada. Las metáforas del silencio se cruzan con testimonios concretos: en Colombia, recientemente, ha quedado evidenciado el acoso sexual laboral como consecuencia de múltiples denuncias en el sector periodístico, que han desatado dinámicas similares al movimiento global «Me Too». El silencio mudo ha terminado por dar ventaja a los agresores, otorgándoles impunidad, validando sus narrativas y normalizando sus conductas; mientras que a las víctimas las condena al miedo, al aislamiento y a la revictimización. El debate actual busca romper con esta lógica, exigiendo que el acoso deje de ser tratado como un asunto privado y sea reconocido como una violación de derechos humanos, promoviendo la investigación y la justicia interna en las organizaciones.

Y es que cuando una mujer levanta su voz, debe ser escuchada.

Hoy vemos que, ante denuncias masivas contra personas reconocidas, se logra impulsar el debate sobre el acoso laboral y sexual, rompiendo ese silencio social y avanzando hacia un régimen de consecuencias, legal y social, que permita definir, visibilizar y sancionar el acoso como otra forma de violencia contra las mujeres. La violencia de género en el trabajo tiene un impacto negativo en la salud de las mujeres, en su integridad física y moral, en su rendimiento laboral y en su estabilidad en el empleo. En definitiva, no solo afecta el bienestar psicológico de la mujer, sino también su desempeño profesional y, por extensión, el funcionamiento de la organización o centro de trabajo al que pertenece. Desde la perspectiva de género, el acoso laboral puede interpretarse como una reacción frente a la ruptura del papel social tradicionalmente atribuido a las mujeres. En muchos casos, se configura como una forma de resistencia ante su intento de conciliar el ámbito privado y el ámbito público laboral, manteniendo, al mismo tiempo, las responsabilidades familiares que históricamente han sido asignadas a su rol de género. El futuro del acoso laboral se perfila hacia una mayor complejidad, especialmente en entornos digitales y en formas más sofisticadas de violencia psicológica, persistiendo como un problema frecuente que afecta profundamente la salud mental y el rendimiento. Aunque aumentan los protocolos de prevención, persisten desafíos en la denuncia y en el cumplimiento normativo, lo que impulsa la necesidad de marcos regulatorios más eficaces y de estándares internacionales más exigentes. La Agenda 2030 de Naciones Unidas, en su Objetivo de Desarrollo Sostenible 5, llama a garantizar la igualdad de género y empoderar a todas las mujeres y niñas, lo que incluye erradicar la violencia en el ámbito laboral. La inacción ante el acoso laboral no es neutral: exacerba los daños psicológicos y perpetúa la impunidad. Por ello, el futuro exige una postura proactiva tanto de empleadores como de trabajadores, orientada a fomentar una cultura de respeto, equidad y dignidad. El silencio, cuando encubre la injusticia, deja de ser refugio y se convierte en cómplice. Romperlo es, más que un acto individual, una responsabilidad colectiva.

Janet Camilo

Ministra de la Mujer

Se define desde siempre como una defensora de los derechos de la mujer, una feminista a carta cabal que nació en Salcedo, provincia Hermanas Mirabal y aprendió de su bisabuela las primeras ideas libertarias, con ella forjó su carácter abierto y con ella también cultivó la transparencia en las relaciones interpersonales. La actual Ministra de la Mujer, Vicepresidenta de la Internacional Socialista de Mujeres y Presidenta del Instituto Latinoamericano Mujer y Política, desde niña se vinculó a las artes, el deporte, la literatura y a los 13 años se integró al servicio comunitario de la iglesia católica, grupo con el que se fue a localidades rurales a alfabetizar y contribuir a la educación formal, aunque en ese momento su sueño era el cine. La influencia de la bisabuela fue tal, que cuando Janet le pidió que le enseñara a cocinar, ésta le dijo que no la quería ver toda la vida detrás de fogones, que estudiara, pero entre una cosa y otra, entre un tema y otro, Janet aprendió a cocinar y a amar la política. El Padre de Janet, Antonio Manuel Camilo era funcionario gubernamental del Partido Reformista Social Cristiano, pero a los 15 años la niña hacía pininos en la política con el diputado del Partido de la Liberación Dominicana Jaime David Fernández Mirabal. Al concluir el bachillerato se mudó a Santo Domingo e inició la carrera de arquitectura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña. Analizó la situación de las arquitectas que ejercían, descubrió que pocas lo hacían y con determinación cambió para estudiar Derecho y en esta profesión se licenció. En las aulas entabló muchas relaciones, entre ellas con hijos e hijas de dirigentes políticos y es así como coincidió con la hija del entonces Síndico del Distrito y dirigente del Partido Revolucionario Dominicano, Rafael Suberví Bonilla, quien rápido detectó sus cualidades y condiciones para el ejercicio de la política. Corría el año 1991 y en un almuerzo al que fue invitada, en el que participó el ahora fenecido líder del PRD, José Francisco Peña Gómez, nació la carrera política Janet Camilo, hoy Vice Presidenta Nacional, Secretaria de Asuntos Electorales de esa organización política y Ministra de la Mujer. Allí mismo se convenció de que quería ser política. Se integró al movimiento Compromiso Nacional en apoyo a Peña Gómez y luego se juramentó en el PRD y al terminar los estudios de Derecho, cursó una maestría en Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

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