Si algo sobra en este mes de febrero, además de los osos de peluche y chocolates en forma de corazón, son las historias románticas. Por eso, para saturar aún más el ambiente, traigo a cuento la siguiente:
Míster Brown, el enamorado en cuestión, le entregó a su dulce amada, la mayor prueba de amor que una mujer puede recibir. Me refiero al anillo de compromiso…que la suerte quiso que uniera a los dos, diría Cuco Sánchez.
No obstante, el intrépido galán, no sabemos si arrepentido por el brete en el que acababa de meterse o inundado por el espíritu ecológico de reciclar lo más posible, más temprano que tarde se introdujo en el domicilio de Novia Uno, con las intenciones de recuperar el citado anillo, el cual terminaría en las manos de otra mujer, Novia Dos.
Ésta última, extasiada de dicha, subió la foto de su majestuoso dedo a las redes sociales y quiso el destino que Novia Uno viera la publicación. «Cómo que se parece al mío», pensó. Presa de curiosidad, se dirigió al clóset y hurgó en su joyero donde debía descansar la alhaja, pero sólo encontró un vacío existencial.
No sabemos si Novia Uno, influenciada por Paquita la del Barrio, se dio cuenta de que su prometido era más bien una rata inmunda, un animal rastrero que, a más de romper corazones, rompía cerraduras. Lo cierto es que, como ambas vivían en Florida, se animó a buscarla.
El encuentro les permitió conocer los diferentes nombres del príncipe azulado: «Llámame Sweet Joe», le dijo a una de ellas, mientras que a la otra le juraba: «I´m your Marcus of love». Eso sí, a nuestro galanazo mano larga, le dio flojera inventarse otro apellido, aunque en realidad ya lo había hecho cuando completó su perfil en la página OK Cupid que, para mi sorpresa, promete el eterno, incondicional, auténtico, verdadero amor, pero no es responsable de las artimañas de los usuarios.
En este momento uno se pregunta si la señora Brown habría regañado a su hijito adorado con la máxima de: «Él que da y quita con el diablo se desquita», pues qué feos modos esos de regalar aquí para quitar allá. Asimismo, una de las jóvenes aclaró en la comisaría que el robo del anillo incluyó otros objetos de valor cuyo monto rebasó los seis mil dólares. La otra inclusive precisó haberlo acompañado, con engaños, a la casa de Novia Uno. Aquí vivo yo y aquí haremos nuestro nidito de amor, le prometió mientras se embolsaba la sortija, una lap top, un brazalete…
Más tarde, el sheriff del condado descubrió que su nombre real era Joseph Davis, que había nacido en Carolina del Sur y que en Oregon le esperaba una orden de arresto por otras fechorías cometidas.
El guardián del orden no perdió más tiempo y salió tras sus huesos. Sin embargo, a esta historia le falta un final y acaso carezca de moraleja. Ignoro si el romántico infractor fue detenido o si sigue en su plan de despojar a sus víctimas de sentimientos y de bienes. Tampoco sé si valdría la pena mencionar el bolero de Manuel Asencio, aquel que pregona que uno no debe tener dos amores, por lo complicado que resulta besar en dos bocas. Al final, sospecho que lo único importante es no adquirir chocolates, flores ni peluches en estas fechas: «Regale afecto, no lo compre», aconsejaba un comercial de mi infancia.
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