Pocos debates públicos en la actualidad levantan tantas pasiones como el que gira en torno a los llamados nepo babies. La etiqueta, nacida en el mundo del espectáculo, se ha convertido en una suerte de tribunal moral donde se juzga a los hijos de los famosos que aprovechan las ventajas que derivan del apellido para insertarse en una industria que sus padres ayudaron a construir. El fenómeno merece atención, porque detrás de él hay una discusión más seria y más incómoda: la forma en que las ventajas se heredan, se acumulan y se naturalizan en múltiples ámbitos profesionales, no solo en el cine. Lo que sigue es un intento de explicar cómo se condiciona el mérito en la intersección entre el esfuerzo, las ventajas y las oportunidades.
El primer problema es de visibilidad. En el espectáculo, el privilegio se ve: el apellido aparece en los créditos, la entrevista lo menciona, el público lo recuerda. A nivel nacional, en el derecho, la medicina, la arquitectura, la milicia o los negocios, el mismo mecanismo opera con menos reflectores. El hijo de un abogado, por ejemplo, hereda con el apellido el acceso a un despacho, la posibilidad de hacer prácticas en un entorno de confianza, la comprensión temprana de los códigos del oficio y, sobre todo, una red de contactos que de otro modo llevaría años construir. No se suelen cuestionar esas ventajas con la misma vehemencia, quizás porque no aparecen en la portada de una revista, pero la estructura es idéntica: capital social transferido, expectativas depositadas y legitimación anticipada.
El nepotismo altera las condiciones sociales del mérito porque tiende a premiar la mera pertenencia o familiaridad como elemento determinante para el acceso o la movilidad profesional, al margen del esfuerzo o la capacidad personal. Por eso no debería ignorarse que toda transmisión de ethos profesional, disciplina y exigencia técnica temprana, así como la reputación que genera el apellido en el entorno profesional, constituyen ventajas que afectan la posibilidad de una competencia en condiciones de igualdad. Quienes carecen de aquellos refuerzos iniciales se encuentran en una posición de desventaja porque los propios criterios para determinar el mérito suelen ser moldeados por estructuras que privilegian lo establecido, y, por lo tanto, lo que se valora como meritorio incorpora elementos propios del capital social transferido.
La segunda distorsión es el mito del mérito puro. La conversación pública tiende a exigir pureza: o se es un self-made man que surgió de la nada, o se es un fraude sostenido por el apellido. Esa disyuntiva es falsa. El mérito existe y es necesario, pero rara vez es suficiente por sí solo. Ninguna trayectoria profesional se explica únicamente por el talento, el esfuerzo o la dedicación, aunque estos sean indispensables. Hay factores que no se controlan: la familia en la que se nace, la presencia o ausencia de figuras que orientan, la universidad a la que se accede, la ciudad donde se vive, el momento en que se cruza una oportunidad, la suerte. Reconocerlo no es renunciar a la agencia, es situarla. El empeño personal cuenta, pero cuenta dentro de un marco de condiciones sociales que no siempre está a disposición de todos.
Un supuesto frecuente en el ámbito jurídico lo ilustra con claridad. Dos jóvenes salen de la universidad con notas similares. Uno tiene un padre en el ejercicio profesional, un despacho donde hacer prácticas y una red que lo presenta antes de que haya demostrado nada. El otro carece de ese empuje familiar, pero encuentra una oportunidad para iniciar la travesía profesional a pesar de la incertidumbre. ¿Quién tiene más mérito a largo plazo? La pregunta es tramposa, porque el mérito no se mide en abstracto. Ambos tuvieron condiciones que no eligieron: uno empezó con el acelerador pisado y el otro con el freno de mano puesto; pero esas diferencias iniciales no eliminan la necesidad de demostrar capacidad para sostener su trayectoria. Otros completaron la carrera universitaria sin lograr entrar en la competencia profesional; para ellos, el tiempo no juega a favor, sino que encarece cada oportunidad.
La tercera dificultad es la doble moral. La crítica a los nepo babies mezcla una indignación legítima frente a la desigualdad de acceso con un sustrato de clasismo que no siempre se nombra. Se señala en el cine lo que se tolera en el derecho o en la medicina, y se idealiza al que arribó sin el endoso familiar, como si su acceso no estuviera mediado muchas veces por circunstancias accidentales o fuera de su control. Después de todo, no pocas personas talentosas se quedan en el camino por no haberse cruzado con una oportunidad de arranque. De ahí que no basta con reconocer que los vínculos familiares generan ventajas; junto a estos aparecen otras formas impuras de acceso que no están democratizadas. Y esa es una discusión sobre estructuras, no sobre apellidos.
Hay, además, una dimensión que casi nunca aparece en el debate: la carrera profesional es una carrera de resistencia, no de velocidad. Las ventajas iniciales producen una aceleración temprana, pero no garantizan permanencia. A veces el rendimiento corrige parcialmente las diferencias de partida, aunque rara vez las elimina por completo. No existe, por tanto, una nivelación automática o universal que pueda alcanzar a todos los sujetos. Quienes parten de una posición de desventaja social necesitan algo más que el mérito para resistir los tramos difíciles, esto es, construir una red de seguridad profesional, material y emocional que permita decir “no” a un trabajo insatisfactorio porque se puede esperar uno mejor. La resistencia también se distribuye desigualmente.
De ahí que el debate sobre los privilegios heredados resulte más productivo cuando se desplaza del mero juicio moral sobre los beneficiarios al análisis de las condiciones subyacentes que permiten sostener la travesía profesional. No se trata de exculpar a nadie ni de canonizar a nadie, sino de nombrar con precisión lo que está en juego. El hijo del juez que entra por la puerta grande y el joven de la universidad pública que espera durante meses una oportunidad tienen trayectorias distintas, pero ambos deberían rendir cuentas por el trabajo sostenido y la solvencia profesional demostrada. Sin embargo, uno puede permitirse esperar y el otro, a menudo, no. Esa diferencia inicial a veces puede sortearse y otras veces se convierte en un lastre que imposibilita emprender el trayecto adecuado.
La lección, entonces, no es “esfuércese y llegará”, porque ese relato oculta las condiciones que hacen posible el esfuerzo. Tampoco es “no se esfuerce, porque todo está decidido”, porque esa sentencia borra la agencia y desmoviliza. La lección es más incómoda y más honesta: reconocer lo que se tuvo, construir lo que se pueda, aprovechar las puertas que nos abren y no cerrarlas a quienes vienen detrás de uno. En un país donde las oportunidades se distribuyen de manera desigual, comprender las propias ventajas ―grandes o pequeñas― y las oportunidades que otros nos han brindado es el primer paso para que el mérito deje de ser una coartada y se convierta en una responsabilidad compartida; sin obviar que se requieren ajustes estructurales para que, a pesar de las asimetrías de origen, este pueda alcanzar a todos.
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