Todo pensador, afirma Nietzsche, enfrenta el dilema hermenéutico de que, o bien sus ideas sean interpretadas incorrectamente por quienes creen haberlas entendido, o, lo que es peor, no se entiendan, al punto de que se deba ignorar al pensador. Es lo que ha ocurrido con las tesis de Francis Fukuyama, inicialmente expuestas en un rompedor ensayo publicado en 1989 y ampliadas tres años después en su bestseller El fin de la Historia y el último hombre.
La más extendida y distorsionada opinión que se tiene de Fukuyama es que él plantea el triunfo definitivo de la democracia liberal occidental y el final de las guerras y, en consecuencia, de la historia, lo que quedaría totalmente desmentido, pasada la euforia de la globalización y la desaparición del «socialismo realmente existente», por la continuación de los conflictos bélicos, el ascenso del nacionalismo, el terrorismo y el neoimperialismo, y el estancamiento de las economías capitalistas a partir de la crisis de 2008.
Pero Fukuyama no afirmó que cesarían de ocurrir eventos históricos. Solo postuló que el capitalismo democrático liberal, con todas sus imperfecciones, era el mejor régimen político que podíamos conseguir, por lo que la Historia -en mayúscula y con el sentido de Hegel como lo interpreta Kojève- había terminado.
En verdad el pensamiento de Fukuyama se ha revelado sorprendentemente clarividencial. Como bien afirma el propio autor en sus memorias, intituladas In The Realm of the Last Man, publicadas recientemente, citando el párrafo final de su ensayo de 1989:
«El fin de la Historia será una época muy triste. La lucha por el reconocimiento, la disposición a arriesgar la vida por un objetivo puramente abstracto, la lucha ideológica mundial que suscitaba audacia, valentía, imaginación e idealismo, serán sustituidas por el cálculo económico, la resolución interminable de problemas técnicos, las preocupaciones medioambientales y la satisfacción de las sofisticadas demandas de los consumidores». Para Fukuyama «quizás esta misma perspectiva de siglos de aburrimiento al final de la historia sirva para poner la historia en marcha de nuevo».
Y es que, como bien sostiene en El fin de la Historia, cuando «el mundo se ha ‘llenado’, por así decirlo, de democracias liberales, de tal modo que ya no existen tiranías ni opresiones dignas de tal nombre contra las cuales luchar», es decir, cuando «los hombres no pueden luchar por una causa justa porque esta triunfó en una generación anterior», lo que podría pasar es que «entonces lucharán contra esa misma causa justa. Lucharán por el mero hecho de luchar. Lucharán, en otras palabras, por una cierta sensación de aburrimiento, pues no conciben la vida en un mundo sin lucha. Y si la mayor parte del mundo en que viven se caracteriza por una democracia liberal pacífica y próspera, entonces lucharán contra esa paz y esa prosperidad, y contra la democracia misma».
Es lo que precisamente comenzamos a ver en estos tiempos interesantes que vivimos: las injusticias sociales no han desaparecido, pero pocos luchan por eliminarlas o por el reconocimiento de derechos, sino que los últimos hombres, profundamente aburridos, resentidos, megalotímicos y encolerizados, emprenden entusiastamente, azuzados por caudillos populistas, una «guerra nihilista contra la democracia liberal», porque sencillamente siempre habrá hombres -como explicaba Alfred a Bruce Wayne (Batman), refiriéndose al Guasón- «que solo quieren ver arder el mundo».
Compartir esta nota