Las recientes críticas dirigidas hacia algunos sectores de la comunidad evangélica dominicana han abierto un debate que no debería afrontarse con enojo, silencio ni descalificaciones. Como ocurre con toda institución que influye en la vida pública, la Iglesia también está llamada a escuchar las inquietudes de la sociedad y a responder con serenidad, humildad y apego a la verdad. La transparencia nunca ha sido enemiga del Evangelio; por el contrario, constituye una de sus expresiones más coherentes.
Es justo reconocer que los cuestionamientos no pueden utilizarse para desacreditar indiscriminadamente a miles de congregaciones y pastores que sirven con integridad, muchas veces en comunidades olvidadas, sosteniendo programas de asistencia social, formación espiritual y acompañamiento familiar. Sería profundamente injusto permitir que los errores o excesos de algunos definan el carácter de todo un pueblo de fe que, durante décadas, ha realizado una contribución significativa al desarrollo moral y social de la República Dominicana.
Sin embargo, tampoco sería prudente responder negando que existen desafíos internos. Cuando algunos líderes hacen de la ostentación un estilo de vida, cuando el éxito material parece ocupar un lugar superior al servicio cristiano o cuando la administración de los recursos genera dudas, la Iglesia tiene el deber moral de examinarse. El Evangelio nunca ha enseñado que la grandeza se mide por el patrimonio, sino por el servicio; no por el reconocimiento personal, sino por la fidelidad a Cristo.
En ese contexto, la transparencia deja de ser una simple exigencia legal para convertirse en un principio espiritual. Toda institución religiosa debe procurar que el manejo de sus recursos sea ordenado, responsable y conforme a las leyes del país. Y cuando existan beneficios fiscales o recursos provenientes del Estado, la rendición de cuentas no debe verse como una carga, sino como una demostración de integridad. Quien administra correctamente no tiene nada que temer de la verdad.
Este también puede ser el momento oportuno para que las principales organizaciones evangélicas impulsen una cultura de buenas prácticas administrativas, fortalezcan los mecanismos de supervisión y promuevan estándares de gobierno institucional acordes con los valores que predican. La mejor respuesta a la sospecha nunca será el enfrentamiento, sino una conducta transparente que inspire confianza tanto dentro como fuera de la Iglesia.
Pero, al mismo tiempo, no podemos perder de vista lo esencial. La credibilidad del cristianismo no descansa en la perfección de sus líderes, sino en la persona de Jesucristo. A lo largo de la historia, la Iglesia ha atravesado momentos de crisis, ha cometido errores y ha necesitado reformas profundas; sin embargo, el mensaje del Evangelio ha permanecido inalterable. Las fallas humanas pueden empañar el testimonio de una institución, pero jamás podrán apagar la verdad de Cristo.
Quizá esta sea la gran oportunidad que Dios concede a la Iglesia evangélica dominicana: responder a las críticas no con discursos defensivos, sino con humildad, transparencia y una renovada fidelidad al Evangelio. Si la iglesia es capaz de corregir lo que deba corregir, fortalecer lo que funciona bien y mantener a Jesucristo en el centro de su misión, esta etapa no será recordada como un tiempo de descrédito, sino como el inicio de un fortalecimiento moral e institucional que hará aún más creíble el testimonio de la Iglesia ante la nación.
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