El que conoce la parte correspondiente al Infierno de la Divina comedia de Dante Alighieri sabe que esta obra está dividida en tres partes, como todos también saben. Es un libro de vigencia sempiterna por razones que casi nadie ignora, aunque sea de oídas. Ahora bien, si observamos el rostro del autor en las representaciones pictóricas de la época, estas nos dan la idea de que no la estaba pasando bien, como si se asfixiara o se atormentara por lo ajeno: una mujer, quizá. Tal vez se mantuvo en la sombra porque no podía mirarse al espejo con tranquilidad; la fealdad lo abrumaba y andaba siempre pensativo, como si esa fuera su principal causa. Al que anda con la frente ceñuda se le estrujan los ojos y la sonrisa se le convierte en una mueca.
De los tres reinos de la Divina comedia —el Paraíso, el Purgatorio y el Infierno—, si se agregara un círculo por cada siglo transcurrido desde que fue escrita, no tengo la menor duda de que a nosotros nos tocaría uno, por las cosas que pasan en esta media isla, y muy lejos de los dos primeros. ¿Qué es lo que falta por pasar en esta media isla de «Quisqueyanos valientes, alcemos…»? Sucede que cada vez asombra menos que la gente hace mucho dejara de beber agua de la llave; que nadie quiera abandonar el poder una vez se encarama en él; que nadie pueda pasearse con tranquilidad ni en su propia casa, mucho menos por las calles, con todas las cámaras y guachimanes, mal pagados, del mundo; que todos caminen asustados, como esperando que les caiga un pedazo de nube encima. Ahora pasemos a contar la historia, esa de la que nadie sabe por qué no se habla del Paraíso ni del Purgatorio. El miedo a todo lo que nos rodea nos tiene locos. A cada acto de violencia individual le sucede otro mayor en la familia, y otro de corrupción cuando se está en el poder. Después de que terminemos de asombrarnos de la situación a la que hemos llegado, ¿qué se va a hacer? ¡Ya quisiera yo saberlo! Jugaría a la loto, que cada día reparte más cuartos. Si me la sacara, haría como la mayoría, según una encuesta: me iría del país. Y, al irnos, nos expropiaríamos de un patriotismo enfermo, que viene siendo el Purgatorio, porque de vez en cuando dejaríamos caer una que otra remesa a los parientes y amigos pobres, que viene siendo el Infierno. Para que vean los buenos sentimientos que abriga el corazón del que está «entre Lucas y Juan Mejía». ¿Cómo despertar…? Ya lejos, dizque dejamos atrás la pesadilla, entre estar despierto y dormido.
Que una pequeña isla se gane un círculo en el infierno dantesco, por méritos propios, en una nueva Divina comedia, ampliada y comentada, sería un aporte para los siglos de los siglos. Es una empresa maravillosa de la imaginación. ¿A cuáles de nuestros expresidentes y aspirantes escogeríamos para que guiaran al nuevo Dante resucitado por nuestras provincias, calles, hospitales, escuelas y centros turísticos, que constituyen el nuevo círculo en el que pernoctan, accidentalmente, los pobladores de esta isla, ya no la media? ¿Con cuáles suplicios castigaríamos a los que matan a su mujer, a los que roban el erario público, a los que administran la justicia, al que cree que heredó el poder porque no representa sino lo peor y está en vías de serlo? También a los que, como yo, hablan hasta por los codos y no hacen nada por el país, y vuelven a elegir al que quería mi cabeza boca abajo (cuando estuvo en el poder) para que solo sobresalieran los pies. Como dice un poeta: «Quiero escribir, pero me salen espumas…». ¿Por esta sociedad? Por los que creen que todo va a cambiar sin hacer ningún esfuerzo. ¡Por Dios!, le he dado mil vueltas en la cabeza a esta idea para encontrar un nuevo suplicio, y lo único que consigo es nombrarlo.
¡No te pierdas las noticias destacadas de Acento!
Al suscribirse al newsletter acepta nuestros términos y condiciones y política de privacidad.
Amable Mejia
Abogado y escritor
Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.
Sigue leyendo
Ver más en opinion
{{#volanta}}{{volanta}}{{/volanta}}