Cada 27 de febrero no es solo una fecha en el calendario: es una llama que vuelve a encenderse en la memoria colectiva. La Independencia Nacional no es un episodio estático del pasado; es un acto permanente de conciencia, una decisión cotidiana de defender lo que somos. Aquella noche de 1844, cuando resonó el trabucazo en la Puerta del Conde, no solo se proclamó la separación política; se afirmó la voluntad de existir como pueblo con dignidad propia.
Este 27 de febrero conmemoramos el 182 aniversario de la Independencia Nacional, reafirmando el compromiso histórico con la soberanía y la dignidad del pueblo dominicano.
Hablar de independencia es hablar de coraje organizado. Es recordar a Juan Pablo Duarte y su ideal limpio de República; a Francisco del Rosario Sánchez, que sostuvo con firmeza el estandarte de la soberanía; y a Matías Ramón Mella, cuyo disparo simbólico aún retumba como llamado a la determinación. Ellos no soñaron una nación para la contemplación pasiva, sino para el compromiso activo de sus hijos.
La patria, sin embargo, no se reduce a monumentos ni a discursos solemnes. Vive en el sistema educativo nacional donde se enseña historia con orgullo; en el agricultor que madruga día a día y en el maestro que educa y orienta; en los padres que inculcan valores y en los jóvenes que deciden estudiar para servir mejor a su comunidad. La independencia es ética pública, respeto por la ley, defensa del bien común. Es honrar el sacrificio con trabajo honrado.
En tiempos de globalización vertiginosa, la soberanía adquiere nuevos significados. No se trata de aislarnos, sino de participar en el concierto de las naciones con identidad clara y voz propia. Ser independientes hoy implica fortalecer nuestras instituciones, proteger nuestros recursos, apostar por la educación y la cultura como pilares de desarrollo. La libertad política conquistada en el siglo XIX nos compromete a una libertad social y económica en el siglo XXI.
Pero la independencia no puede quedarse en evocación romántica ni en retórica circunstancial. Así como aquella generación asumió el riesgo de fundar la República, a nosotros nos corresponde el desafío de sostenerla con integridad y patriotismo. Cada acto de honestidad y pulcritud en la función pública, cada decisión ética en la vida privada y cada gesto de solidaridad social constituyen formas concretas de defender la soberanía. La patria se honra menos con palabras altisonantes y más con conductas coherentes y firmes.
De igual manera, el porvenir nacional exige una ciudadanía consciente de su papel histórico. La independencia del siglo XXI se construye fortaleciendo la educación, promoviendo el pensamiento crítico y consolidando instituciones transparentes. Solo así la libertad proclamada en 1844 dejará de ser una fecha conmemorativa para convertirse en una práctica cotidiana. Porque una República auténticamente libre no es la que se declara independiente una vez, sino la que se levanta cada día con dignidad y compromiso colectivo.
Celebrar la Independencia Nacional es, entonces, más que izar la bandera: es preguntarnos qué estamos haciendo por la República que heredamos. Es renovar el pacto ciudadano con la transparencia, el respeto, la justicia y la solidaridad. Es entender que la patria no se delega: se construye.
Que este 27 de febrero nos encuentre unidos en la gratitud y firmes en la responsabilidad. Porque la República Dominicana no nació para la resignación, sino para la esperanza. Y la esperanza, cuando se organiza, se convierte en destino.
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