Del infanticidio feminicida en Puerto Plata a la invasión de Venezuela, del asesinato Mineápolis, al genocidio en Gaza, los primeros días del año trazan la ruta de la barbarie patriarcal e imperial. Frente a ella, solo la solidaridad internacionalista y feminista se erige como faro.
El nuevo año no ha llegado con un canto de esperanza, sino con el estruendo sordo de la barbarie que, en sus múltiples formas, sigue estructurando nuestro mundo. Los primeros diez días del 2026 son un catálogo abrumador de cómo las lógicas del poder patriarcal, imperial y colonial se ensañan, indistintamente, contra la niña más vulnerable, la mujer en su hogar, el pueblo que se atreve a gobernarse, el migrante convertido en chivo expiatorio y la nación entera que resiste la ocupación. No son tragedias aisladas, sino eslabones de una misma cadena de dominación.
La oscuridad comenzó a cerrarse incluso antes de que el reloj marcara la primera hora. En la comunidad de Barrero, Imbert (Puerto Plata), la pequeña Brianna Genao González, de apenas tres años, desaparecía mientras jugaba. Ocho días después, la pesadilla se materializaba en la más horrible de las confesiones: su propio tío, Rafael Reyes Núñez Rosario, admitía haber violado, asesinado y enterrado a su sobrina. Este infanticidio feminicida, un crimen que estremece por su crueldad íntima y familiar, es la expresión más pura y brutal del patriarcado: la violencia que consume incluso a las hijas de la casa, convirtiendo el espacio doméstico en una cámara de tortura. Casi simultáneamente, Rosmery Sosa Rodríguez se convertía en el primer feminicidio oficial del año, acuchillada por su pareja en Santo Domingo. La violencia machista, cómplice de un Estado que suele ofrecer más silencio que respuestas, pinta de luto los primeros días del calendario.
Mientras este drama se desarrollaba, la máquina de guerra imperial entraba en acción a escala continental. En la madrugada del 3 de enero, el gobierno de Donald Trump, violando flagrantemente el derecho internacional y la soberanía de los pueblos, lanzaba una invasión militar a Venezuela. El saldo: al menos 100 venezolanos y cubanos caídos, mártires de la soberanía. Entre ellos, ármenos 32 internacionalistas cubanos de la guardia de honor y 24 militares venezolanos que, cumpliendo con su deber constitucional, defendieron la patria bolivariana con su vida. Acompañamos el dolor irreparable de sus familias, de sus compañeros y de sus pueblos. Que cada quien pueda llorar a sus muertos, honrando a estos héroes y heroínas que cayeron bajo el fuego extranjero por defender el derecho sagrado de un pueblo a ser libre. Su sacrificio es un capítulo más en la larga historia de resistencia latinoamericana contra el imperio.
Ese mismo día, en otra trinchera de la lucha contrahegemónica, el pueblo de Burkina Faso, liderado por el capitán Ibrahim Traoré, frustraba un intento de golpe de Estado financiado desde el exterior. El plan incluía el asesinato de Traoré para provocar una intervención militar extranjera. El objetivo imperial es transparente: derrocar a los gobiernos soberanistas del Sahel (región geográfica y ecológica de África) que osan construir integración fuera del control neocolonial.
Condenamos el asesinato de Renee Nicole Good y la persecución racista que el ICE mantiene contra latinos y migrantes a partir del prejuicio, tengan o no “papeles”. Condenamos el genocidio sionista en Palestina.
Y mientras tanto, en el corazón del propio imperio, su violencia estatal se volvía contra sus propios ciudadanos. En Mineápolis, un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) ejecutaba a tiros a Renee Nicole Good, una mujer estadounidense madre de tres hijos, poeta, durante un operativo migratorio. Las imágenes, donde el agente dispara a sangre fría, desnudan el carácter racista y patriarcal de las fuerzas de seguridad estadounidenses, es parte del desenlace de una política ultraviolenta para aterrorizar a los inmigrantes en un estado donde la policía no duda en disparar primero a la gente que deberían proteger.
Este mapa de horror no estaría completo sin nombrar la herida abierta y permanente: Palestina. Mientras el mundo cambiaba de año, el genocidio contra el pueblo palestino seguía su curso implacable en Gaza y Cisjordania, con nuevos mártires diarios bajo los bombardeos y la hambruna planificada. La ocupación sionista, brazo armado del imperialismo en Medio Oriente, es el paradigma máximo de la colonialidad, el apartheid y la limpieza étnica. La resistencia palestina es, por tanto, la columna vertebral de la lucha antiimperialista global.
Condenamos con la mayor firmeza esta decena de días de lodo y sangre. Condenamos el feminicidio y la violencia patriarcal que arrebató a Brianna y a Rosmery. Condenamos la invasión criminal a Venezuela, el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la Diputada y primera dama Cilia Flores, el asesinato de decenas de hijos e hijas de la Patria Grande asi como la injerencia y los daños causados a las infraestructuras de un país que crece y construye desde su propia resistencia.
Condenamos el intento de golpe en Burkina Faso. Condenamos el asesinato de Renee Nicole Good y la persecución racista que el ICE mantiene contra latinos y migrantes a partir del prejuicio, tengan o no “papeles”. Condenamos el genocidio sionista en Palestina.
Exigimos reparación y justicia: cárcel efectiva para los asesinos; retirada inmediata e incondicional de las tropas invasoras de Venezuela y reparación para las familias de los héroes caídos; fin del financiamiento a la desestabilización en África; desmantelamiento del ICE y de toda ley migratoria criminal; y sanción, desinversión y boicot contra el estado israelí hasta que caiga el muro de la vergüenza y Palestina sea libre.
Frente a la necropolítica, reivindicamos la política de la vida. Reivindicamos el amor comunitario que cuida a sus niñas y ancianos; la solidaridad internacionalista que ve en un mártir venezolano, en un resistente palestino, en una madre asesinada en Mineápolis o en un soldado burkinés, la misma lucha inextinguible por la dignidad; la libertad que solo puede florecer con soberanía y sin ejércitos de ocupación; y la autodeterminación de los pueblos, principio sagrado que desde Venezuela hasta Palestina, pasando por el Sahel, defendemos con la convicción de que ningún imperio es eterno. En esa trinchera común de esperanza combatiente, forjada en la comprensión de que todas las luchas son una, pese a la oscuridad de estos diez días, seguimos en pie. La resistencia, tejida con estos hilos, es nuestra única aurora posible.
Que la esperanza siga siendo el faro que guíe la solidaridad de los pueblos hacia la unidad, y el combustible que los impulse a resistir de las garras imperiales que buscan el control de nuestros recursos naturales.
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