El título de esta glosa convoca deliberadamente la fértil noción acuñada por don Miguel de Unamuno en En torno al casticismo (1895), donde deslindó con pulso maestro la historia visible de la intrahistoria fecunda. Unamuno advirtió que los sucesos ruidosos —los cambios de gabinete, las batallas, los discursos de tribuna y las firmas de tratados consignadas en los manuales escolares— constituyen apenas el oleaje superficial del acontecer. La verdadera sustancia de los pueblos reside en sus profundidades abisales: en esa corriente silenciosa y continua donde millones de seres anónimos trabajan, padecen, rezan y transmiten de generación en generación la lengua viva y los usos consuetudinarios que sostienen a la nación.
En Glenna y Mayra se conocen, Osiris Madera no escribe desde la costra monumental del bronce patrio, sino desde ese fondo submarino donde se dirime el destino insular. La novela demuestra que el Estado dominicano jamás se explicó cabalmente por la liturgia de sus decretos, sino por las transacciones de su vida subterránea: las servidumbres de la alcoba, las complicidades del cuartel, el cálculo del comercio menudo y los pactos invisibles que unen la penumbra de palacio con la intemperie del litoral. Explicar aquí la intrahistoria equivale a descorrer el velo de la simulación oficial para rescatar la entraña viva, descarnada y permanente de nuestra realidad moral.
Toda tentativa seria por desentrañar la anatomía moral de una sociedad en crisis exige descender hasta los estratos más oscuros y tenaces de su vida material. En esta ambiciosa novela de Osiris Madera, que viene a enriquecer con pulso firme las letras hispanoamericanas contemporáneas, el drama insular no se dirime en la superficie engalanada de los manifiestos partidarios ni en las ficciones jurídicas con que solemos maquillar nuestras debilidades cívicas. Se asienta, con descarnada lucidez, en las vidas paralelas de dos mujeres afincadas en el horizonte provinciano de San Cristóbal y Palenque, cuya trayectoria vital halla su cifra interpretativa en una sentencia que doña Carmen, madre de Glenna, pronuncia con agrio desenfado en el capítulo quinto mientras despacha a sus hijos varones hacia la serranía de Constanza: «Ya se sabe, los varones no nacen con las ventajas de las hembras que andan con sus finquitas puestas».
Esa fórmula rústica y mercantil, acuñada en el seno de la oligarquía patricia que añora blasones coloniales mientras subsiste de las migajas del presupuesto público, descorre de golpe el velo de la simulación caribeña. En una sociedad históricamente precaria, donde las vías institucionales para el progreso del individuo se hallan secuestradas por la venalidad, el favoritismo palaciego o la violencia armada, el cuerpo de la mujer se erige en un patrimonio originario, un título de propiedad intransferible que opera como moneda de cambio y palanca primordial de ascenso. Doña Carmen ha dicho que es una finca; en verdad, más que una heredad agraria, se trata del Monte de Venus erigido en capital de supervivencia. Sin embargo, la agudeza del narrador radica en no tratar este principio como un mecanismo unívoco o degradante per se, sino en desplegarlo a través de dos destinos radicalmente divergentes, determinados por el origen social, los condicionamientos éticos y la relación que cada una entabla con el poder.
Por un lado, Glenna encarna a la criatura del patriciado urbano, prisionera aún de las creencias doctrinales de la Iglesia y del corsé de la respetabilidad burguesa. Atormentada por la impureza física de una enuresis infantil y clausurada por un vientre estéril, busca el milagro de la redención a través de la liturgia mágica de San Gregorio Hernández para acometer un designio casi sacrílego: ser fecundada por «Elito», el César anciano, solitario y casi ciego que encarna al Estado. Cuando el médico místico venezolano le extrae el fibroma en la penumbra de su alcoba, siente una súbita y liberadora felicidad: para Glenna, el ascenso social se concibe bajo la forma de una teofanía, un regalo de Dios que le permitirá engendrar al hijo del mandatario para perpetuar el apellido en la gloria patria. En el instante de la cópula clandestina sobre el sillón presidencial, su anatomía opera como un instrumento sagrado: «Esta vez la quiero dentro, vas a embarazarme».
Mas la dialéctica del poder resulta implacable con las ilusiones del rigor aristocrático. Cuando Glenna regresa al despacho a proclamar su triunfo, choca de frente con la gélida razón de Estado. Para el autócrata, cuya legitimidad pública reposa sobre la leyenda fabricada del gobernante célibe, desapegado de los placeres mundanos y entregado únicamente al bienestar colectivo, un vástago bastardo constituye una intolerable profanación del libreto oficial. Al negarle el apellido y llamarla al sosiego, el déspota desvaloriza la inversión mística de la mujer y la reduce a un vulgar problema administrativo. Entra entonces en juego la fría burocracia del antedespacho encarnada por el secretario Bello y la confidente Elisa: la «finca» no puede ser abandonada a la intemperie del escándalo, sino traspasada. Se concierta el matrimonio de conveniencia con el sargento Roa, quien acepta el canje de la honra herida a trueque de un ascenso en el escalafón militar y el padrinazgo del presidente. Glenna salva las apariencias de la familia decente, pero a costa de ver su fertilidad confinada al mutismo conyugal y su anhelo de gloria convertido en una hipoteca burocrática del régimen.
En las antípodas de este calvario devoto se levanta Mayra, hija legítima de la intemperie plebeya. En ella no hay vestigios de catecismo mariano ni pudores de estirpe. Habiendo conocido la miseria en los campos, la fatiga de coser pantalones en una nave de zona franca y las madrugadas barriendo almacenes farmacéuticos para levantar su propia pescadería frente a las olas de Palenque, comprende desde temprano que el deseo masculino no es un lazo romántico, sino un terreno litigioso que conviene domesticar con pulso firme. Mayra administra su anatomía con la precisión de quien lleva el cuaderno y la balanza con los yoleros de la costa. Con su marido Delio utiliza la reticencia del lecho como castigo a sus desvaríos de político cesante; con el teniente Nivar —el oficial armado que encarcela al cónyuge para forzar la intimidad— transforma el asedio en un talismán de fortuna: «Quien me lo pone, progresa… Lo mío es un talismán». Llega incluso a subordinar su entrega al azar de las redes marinas, condicionando el acceso a su piel a la abundancia de chillos capturados en la marea, erigiendo el cuerpo en trinchera de soberanía y herramienta inapelable de emancipación.
El verdadero temple de Mayra se revela en la hora del naufragio. Cuando Delio es asesinado en el destacamento de un pistoletazo en el pecho y lanzado a los cañaverales por el mismo Nivar , tras haber sido estafado por la victima, la mujer no se entrega al llanto estéril de la viudez tradicional. Montada en la ambulancia que traslada el féretro, formula una descarnada conclusión de la violencia patriarcal: comprende que los hombres no se destruyen por el amor de una hembra, sino devorados por su propia vanidad de «gallitos», usándola a ella como simple pretexto de sus rencillas En vez de replegarse al anonimato o huir al extranjero, Mayra pone a producir su herencia y su presencia física. Se traslada al Bar de Zenobia, templo de la vida pública local, y allí, ante el senador Nano y el secretario político del partido, don Raúl González, negocia su porvenir con la altivez de quien conoce su valor de cambio. Cuando don Raúl le ofrece la candidatura a síndica municipal por la provincia, Mayra rubrica el pacto con un beso sereno y calculador. Su «finquita» rinde el fruto supremo de la soberanía: abandona la salmuera del litoral para coronar la gigantesca valla publicitaria en la autopista, ataviada de rojo y sonriente, proclamando «Para gobernar sin injusticias ni privilegios», mientras el teniente homicida contempla el afiche estupefacto y comprende que sus propios cuartos manchados de sangre terminaron financiando el triunfo electoral de la mujer que creyó poseer.
De este modo, Madera consuma una de las exploraciones más agudas de la intrahistoria dominicana. Mientras los varones de la novela —Delio, Nivar, los compadres y los jóvenes acomodados de la capital— se extravían en la trampa del uniforme, la bravuconada armada o el dinero sucio del narcotráfico que termina devorándolos, las dos protagonistas vertebran la novela gestionando el único patrimonio inalienable con que la naturaleza las dotó en medio del desamparo insular. Glenna, atrapada en los prejuicios de la clase acomodada y la quimera del milagro, hipoteca su cuerpo en la penumbra del palacio para salvar la hipocresía social del régimen; Mayra, desprovista de culpa y templada en la sal de la subsistencia, asume su carnalidad con soberana lucidez hasta convertirla en el instrumento definitivo de su propia emancipación política. Es el triunfo inapelable de la vida sobre el simulacro de las leyes.
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