El 17 de junio de 1905, el bullicio de La Habana se apagó en un solemne silencio. Fallecía el Generalísimo, el estratega dominicano que condujo al Ejército Libertador de Cuba con una genialidad rara vez igualada. Su partida no solo enlutó a Cuba y República Dominicana; ensombreció a un continente que despedía a un titán de la emancipación.
Nacido en Baní en 1836, Máximo Gómez conoció pronto el rigor castrense. Su destino, sin embargo, no era la obediencia ciega, sino forjar la libertad de un pueblo hermano. Al estallar la Guerra de los Diez Años en 1868, demostró que la tiranía no respeta fronteras. Frente a un ejército español superior, opuso una audacia desconcertante.
Fue el artífice de la «carga al machete». Bajo su mando, esta humilde herramienta agrícola se transmutó en un relámpago devastador que destrozaba las líneas enemigas. Cuando el Pacto del Zanjón detuvo el conflicto en 1878 sin garantizar la emancipación total, Gómez, inquebrantable, rechazó aquella paz mutilada, alineándose con la histórica Protesta de Baraguá de Antonio Maceo.
Durante su amargo exilio jamás claudicó. Por ello, al concebir la Guerra Necesaria de 1895, José Martí vio en Gómez al arquitecto militar indispensable. Ambos sellaron un pacto fundacional: el Apóstol aportaba la estatura moral; el Generalísimo, la pericia táctica.
Tras la tragedia de Dos Ríos, que cobró la vida de Martí, Gómez asumió la conducción absoluta de la gesta. Junto a Maceo, orquestó la colosal Invasión de Oriente a Occidente, una epopeya militar que quebró definitivamente el mito de la invencibilidad colonialista española.
Pero su victoria más resonante fue moral. Consumada la independencia, la presidencia de la joven República era suya con solo extender la mano. No obstante, la rechazó. Comprendió que el sable del soldado debe envainarse cuando nacen las instituciones civiles, dejando una portentosa lección de civismo para la historia.
José Martí lo había retratado con precisión profética:
«Tiene en la mente tanta fuerza como en el brazo».
Máximo Gómez fue un hombre de principios insobornables. Implacable en la batalla, pero profundamente humano, jamás utilizó la gloria para beneficio personal. Al morir, no legó riquezas, sino el patrimonio invaluable de una patria libre y el ejemplo imperecedero de quien sirvió a la libertad por la libertad misma.
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