Con el descubrimiento de América se inició, en todo el continente, un proceso de colonización que dio al traste con toda una civilización organizada, aunque virtualmente distinta a la de los invasores. A dicho proceso se le llama descubrimiento, pero en realidad se trató de una  colonización esclavista y de un proceso de explotación de nuestros recursos naturales. Por mucho tiempo los países colonizadores se mantuvieron de la riqueza proveniente de las colonias, en especial España, quien se constituyó en la principal nación esclavista.

En nuestra isla los efectos fueron catastróficos y los resultados prácticamente inmediatos, produciéndose en tiempo récord la desaparición de casi toda nuestra población autóctona. El sistema de plantación impuesto, así como la explotación paulatina de nuestros indígenas, elevaron la mortalidad como consecuencia de la aniquilación gradual, pero acelerada, de nuestros aborígenes. Ellos morían como esclavos, sometidos en su propia tierra, recreando un drama tan trágico que el mismo Fray Antón de Montesinos, en su discurso de Adviento, expresó: “todos están en pecado mortal, y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis contra estas inocentes gentes. Decid: ¿Con qué derecho y con cuál justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?…” 

La verdad sobre uno de los acontecimientos más trascendentales de nuestra historia es, en realidad, la triste cronología de una raza indefensa, cuya enajenación no encontró, en el azaroso destino, amparo moral ni legal alguno. Las llamadas Capitulaciones de Santa Fe, documentos escritos por los reyes católicos el 17 de abril del año 1492, sirvieron de sustento jurídico para justificar, legalmente, el llamado descubrimiento de América. Sin embargo, dichas capitulaciones se refieren a territorios por descubrir que el reinado español ofreció por concesión a Cristóbal Colón, omitiendo la posibilidad de que dichas tierras ya estuvieran habitadas y el derecho que debían tener esas gentes sobre dichos territorios. En definitiva, ¿Quién le dio a la corona la potestad sobre latitudes ya habitadas, y sobre todo, quién otorgó autoridad a los reyes para repartirlas? 

Cuando Cristóbal Colón llegó a nuestra isla, pronto se dio cuenta de que la misma contaba con yacimientos auríferos. Como el almirante siempre conquistaba las tierras en nombre de la corona, impuso a nuestros nativos el pago de un impuesto cada tres meses, consistente en un cascabel lleno de oro o una arroba de algodón para aquellos que no vivían cerca de las minas. Posteriormente, aquella forma de explotación se fue institucionalizando rudimentariamente, llegando incluso a crearse el sistema de encomiendas: institución mediante la cual un encomendero, súbdito del reinado español, obtenía para su beneficio el tributo obligado por parte de los taínos encomendados, los cuales eran cada vez más maltratados y vejados, al punto de causarles la muerte.

Por otro lado, el proceso de mestizaje y mezcla cultural no fue más que el robo indecoroso de las mujeres taínas y la violación descarada de aquellas pobres indígenas. La mujer taína tenía un alto sentido de la dignidad y, sobre todo, de la lealtad hacia su compañero. Nada de eso fue respetado por los rapaces ocupantes.

En la época precolombina, los taínos vivían en una especie de sociedad comunista donde no existía la propiedad privada ni las clases sociales. Ciertamente, existía un orden político conocido como cacicazgo, pero la propiedad y los recursos se destinaban al disfrute común; a excepción de las mujeres, las cuales se debían única y exclusivamente a sus compañeros. Los españoles tampoco respetaron eso. Se dedicaron a violar, cuando no a matar, a aquellas desgraciadas mujeres.

En conclusión, el 12 de octubre no hay nada que celebrar. Festejar el Día de la Raza implica aceptar con agrado  la desaparición forzosa de toda una cultura, y aún de toda una población, que vivía pacíficamente en sus comunidades, ocupando un continente que les pertenecía y que se constituía esencialmente en su hogar. La señalada fecha debe ser, en cambio, motivo de indignación y repudio por toda la población latinoamericana, atizando la repulsa a la forma en que se llevó a cabo el encuentro entre dos mundos, que no fue más, como hemos analizado, que la cruel esclavización de unos seres martirizados en su propia tierra.

Juan Alberto Liranzo

Abogado, conferencista y profesor de Historia de las Ideas Políticas. Maestría en Ciencias Penales (ENMP/UASD) y curso especializado en investigación de crímenes y delitos con enfoque de género. Pasado miembro del Consejo Tecnico Académico de la ENMP y candidato al Consejo Superior del Ministerio Público. Fiscal en licencia. Actual Consultor Jurídico del Consejo Nacional de Drogas.

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