II de IV – El Ministerio del Amor, cuando el poder decide hasta qué hora es
Entre las muchas historias que escuché en mi casa sobre los años de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, hubo una que nunca olvidé. Mi tío Mario Heredia, actor de profesión, las contaba con una teatralidad extraordinaria: cambiaba la voz, recreaba los personajes y conseguía que aquellos episodios de una época que yo no había vivido parecieran suceder otra vez frente a nosotros.
No sé si ocurrió exactamente como la contaba. Pero siempre he pensado que pocas anécdotas describen mejor lo que significa vivir bajo un régimen de miedo.
Contaba que un niño de unos diez años estudiaba en el Politécnico Loyola, en San Cristóbal.
Se había anunciado la visita del Generalísimo y aquel día todos los estudiantes lucían sus mejores uniformes. El niño llevaba un reloj que sus padres le habían regalado y, mientras esperaba en el patio, se entretenía mirando la hora y dándole cuerda.
De pronto, un hombre uniformado se acercó y le preguntó:
—¿Qué hora es?
Cuando el niño levantó la mirada descubrió que quien estaba frente a él era Trujillo.
Y respondió:
—Mi Generalísimo, la hora que usted quiera. Si usted quiere que sean las diez, son las diez; y si quiere que sean las doce, pues son las doce.
Durante años aquella historia me pareció simplemente una demostración de la rapidez mental de un niño frente al hombre más poderoso y temido del país.
Hoy la interpreto de otra manera.
Aquel niño había entendido perfectamente cómo funciona el poder absoluto.
El reloj podía marcar las diez. Pero si el poder decía que eran las doce, eran las doce.
Y de eso, precisamente, habla George Orwell.
El Ministerio que llamaron del Amor
En 1984, los nombres significan exactamente lo contrario de aquello que representan. Recordemos que el:
El Ministerio de la Paz se ocupa de la guerra.
El Ministerio de la Verdad falsifica la realidad.
El Ministerio de la Abundancia administra la escasez.
Y el Ministerio del Amor es responsable de la represión.
Pero Orwell no lo llamó así solamente por ironía. Porque el objetivo último del poder no es conseguir que Winston Smith permanezca callado. Tampoco basta con que obedezca. El verdadero triunfo llega cuando consigue modificar aquello que Winston cree.
El poder absoluto no se conforma con controlar lo que hacemos. Aspira a controlar nuestra percepción de la realidad. No basta con decir:
“Sé que esto es falso, pero tengo miedo de contradecirte”. Hay que llegar mucho más lejos:
“Es verdad porque tú dices que es verdad”. Ahí termina la libertad.
La hora que usted quiera
Por eso aquella vieja historia dominicana regresa a mi memoria cuando releo a Orwell. “La hora que usted quiera”. Parece una frase inocente. Pero No lo es.
Significa que, entre la evidencia y el poder, gana el poder. Que el reloj deja de tener importancia. Que los hechos dejan de tener importancia. Que incluso nuestros propios ojos pueden comenzar a parecernos sospechosos si aquello que vemos contradice suficientemente a quien tiene capacidad para castigarnos.
Las dictaduras del siglo XX entendieron perfectamente ese mecanismo. Pero sería demasiado cómodo pensar que murió con ellas.
El miedo ha cambiado de uniforme. En 2026 no necesitamos vivir bajo una dictadura clásica para experimentar mecanismos de coerción social. Han cambiado los instrumentos. También han cambiado quienes los ejercen.
Hoy una persona puede ser castigada socialmente por una opinión, expulsada de una comunidad digital, convertida en tendencia negativa, acosada por miles de desconocidos o reducida a una frase sacada de contexto.
No es equivalente a una cárcel política ni debemos confundir ambos fenómenos. Pero existe un punto de contacto que merece atención:
el miedo continúa siendo una poderosa herramienta para modificar el comportamiento humano.
Miedo a hablar. Miedo a preguntar. Miedo a equivocarse. Miedo a disentir. Miedo a quedar fuera. Y quizás el más contemporáneo de todos: miedo a no ser aceptado.
El nuevo amor
Aquí el Ministerio del Amor adquiere en nuestra época otra dimensión. Vivimos rodeados de mecanismos que prometen aceptación.
Likes.
Corazones.
Seguidores.
Comentarios.
Matches.
Visualizaciones.
Notificaciones.
Pequeñas recompensas digitales que nos dicen, varias veces al día:
“Te vimos”.
“Te aprobaron”.
“Perteneces”.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, paradójicamente, pocas veces la aprobación de los demás había podido medirse con tanta precisión. Ahora el amor también tiene contador.
Ciento veinte personas dieron “me gusta”.
Tres mil vieron la fotografía.
Cincuenta compartieron el video.
Y cuando esa gratificación desaparece, algo dentro de nosotros pregunta por qué. No hace falta que exista un Gran Hermano obligándonos a buscar aprobación. Nosotros mismos podemos terminar persiguiéndola.
La vigilancia que aceptamos
Orwell imaginó cámaras que vigilaban permanentemente al ciudadano. Nosotros hemos construido dispositivos capaces de conocer nuestros recorridos, preferencias, compras, conversaciones, búsquedas, amistades y hábitos.
Pero existe una diferencia fundamental. En 1984, la vigilancia era impuesta.
En nuestro tiempo, una parte importante de la información la entregamos voluntariamente a cambio de comodidad, entretenimiento, seguridad o pertenencia. No significa que vivamos en Oceanía. Sería intelectualmente irresponsable afirmarlo. Significa algo bastante más interesante:
Orwell nos dejó herramientas para reconocer determinadas relaciones entre información, miedo, vigilancia y poder aunque hayan cambiado los mecanismos.
¿Qué hora es?
Quizás por eso sigo pensando en aquel niño. Tenía un reloj en la muñeca. Podía mirar la esfera y comprobar perfectamente qué hora era. Pero frente al poder entendió que la respuesta correcta podía ser otra.
Décadas después, rodeados de pantallas, algoritmos, imágenes fabricadas, discursos enfrentados y comunidades que muchas veces solo quieren escuchar aquello que confirma sus propias convicciones, la pregunta continúa vigente.
¿Qué sucede cuando sabemos lo que vemos, pero empezamos a temer decirlo?
¿Qué ocurre cuando preferimos la aceptación a la verdad?
¿En qué momento dejamos de pensar aquello que pensamos para comenzar a pensar aquello que nos permitirá pertenecer?
El Ministerio del Amor de Orwell no pretendía solamente conseguir obediencia. Pretendía algo muchísimo más profundo:
que el individuo terminara amando aquello que lo dominaba.
Quizás esa sea una de las formas más perfectas del control. No conseguir que alguien calle por miedo. Sino conseguir que ya no quiera hablar. No obligarlo a aceptar que son las doce. Sino lograr que mire su propio reloj y dude.
Porque el poder alcanza su máxima expresión cuando ya no necesita corregirnos sino cuando empezamos a corregirnos nosotros mismos.
Próxima entrega: III de IV — El Ministerio de la Paz.
Compartir esta nota