Este miércoles 22 de julio, el presidente Donald Trump publicó en su red social Truth Social una amenaza directa contra la República Islámica de Irán: cada vez que fuerzas iraníes ataquen un buque en el Estrecho de Ormuz —con misiles, cohetes, drones o cualquier otra arma—, Estados Unidos "bombardeará y destruirá UN PUENTE O CENTRAL ELÉCTRICA, incluyendo aquellos ubicados junto a, o dentro de, la capital, Teherán".
El mensaje, firmado con su nombre completo en mayúsculas al estilo que lo caracteriza, acumuló cientos de retruths en pocas horas y encendió alarmas entre analistas de seguridad internacional.
Una lógica de represalia que la historia ya juzgó
La amenaza de Trump sigue una lógica de represalia proporcional sobre infraestructura civil, una táctica que las guerras modernas han demostrado ser contraproducente.
En Vietnam, los bombardeos masivos de Estados Unidos sobre el norte del país —incluyendo represas, puentes y redes eléctricas— no quebraron la voluntad de combate del régimen de Hanói. Por el contrario, consolidaron el apoyo popular al gobierno norvietnamita y deterioraron profundamente la imagen internacional de Washington.
En Afganistán e Irak, la destrucción de infraestructura básica tampoco produjo rendiciones ni aceleró victorias militares. En cambio, generó crisis humanitarias que alimentaron el resentimiento de la población civil y fortalecieron el reclutamiento de grupos insurgentes.
La trampa de la escalada
Lo que preocupa a los analistas no es solo la amenaza en sí, sino la lógica que la sostiene: una escalada reactiva, sin una estrategia clara de victoria ni una vía de salida diplomática.
Irán, que opera en el Estrecho de Ormuz como parte de una política de presión sostenida sobre el tráfico marítimo internacional, no tiene incentivos para ceder ante una amenaza de este tipo. Al contrario: cada ataque a infraestructura civil iraní reforzaría la narrativa del régimen de Teherán ante su propia población —la de una nación asediada por una potencia extranjera—, endureciendo la voluntad de resistencia en lugar de doblarla.
Trump, en este esquema, quedaría atrapado en un ciclo en el que cada respuesta iraní lo obliga a escalar, y cada escalada lo aleja más de una solución negociada.
El costo del prestigio
Más allá del tablero militar, el anuncio tiene un costo político y diplomático inmediato. Amenazar públicamente con destruir infraestructura civil en una capital —Teherán tiene más de nueve millones de habitantes— coloca a Estados Unidos en un terreno jurídicamente delicado bajo el derecho internacional humanitario, y le da a sus adversarios globales, comenzando por Rusia y China, un argumento de propaganda de alto valor.
La historia reciente sugiere que las guerras que Estados Unidos ha librado con esta lógica —golpear duro, sin estrategia de salida— terminaron mal. La pregunta que flota sobre esta nueva amenaza es si alguien en Washington está dispuesto a decírselo al presidente.
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