La «ola azul» demócrata que ha barrido ambas cámaras del Congreso constituye una victoria notable para el Partido Demócrata estadounidense. Y, lo que es más importante, representa un triunfo histórico para la democracia en EE. UU. Desde la toma de posesión de Donald Trump en enero del año pasado, los mecanismos de control y contrapeso del sistema de gobierno estadounidense han sufrido, como nunca antes, el embate de los impulsos autoritarios de un presidente. El rechazo expresado por los estadounidenses en las urnas demuestra que los pilares fundamentales de la democracia han resistido con firmeza. Esto abre una oportunidad —si los demócratas saben aprovecharla y los republicanos entran en razón— para empezar a reparar el sistema político de EE. UU.

Los presidentes estadounidenses anteriormente han sufrido duros reveses en las elecciones de mitad de mandato, desde la pérdida de ambas cámaras que experimentó George W. Bush en 2006, a raíz de la guerra de Irak, hasta la «paliza» electoral que recibió Barack Obama en 2010. Sin embargo, el dominio obtenido en ambas cámaras, sumado a la magnitud de los avances demócratas —incluso en bastiones republicanos de larga data, como Texas y Kansas—, constituye el repudio más contundente a un presidente en ejercicio desde, al menos, 1994.

Es posible que salvar la democracia estadounidense no fuera la principal preocupación de la mayoría de los votantes, pero lo que sí les inquietaba profundamente era la corrupción al más alto nivel. Por encima de todo, estas elecciones estuvieron marcadas por el creciente costo de la vida. Trump había prometido poner fin a las «guerras interminables» de EE. UU. y aliviar la carga económica de las familias. En cambio, sus aranceles y su desastrosa política respecto a Irán provocaron un aumento en los precios del combustible y otros bienes, afectando desmesuradamente a la clase trabajadora. Trump también prometió «limpiar el pantano» (es decir, acabar con la corrupción en Washington), no apoderarse de él para su propio beneficio. En gran medida, el propio presidente sembró las semillas de su propia caída.

Los tribunales estadounidenses, que bloquearon los intentos de Trump para controlar la votación por correo, desempeñaron un papel crucial al garantizar que las voces de los ciudadanos pudieran expresarse sin trabas. Lo mismo hicieron funcionarios estatales de ambos partidos, quienes, actuando con sentido cívico, rechazaron las exigencias de entregar listas de votantes sin censurar la información sensible. Por su parte, los intentos republicanos de «gerrymandering», o manipular los distritos electorales, parecen haberse vuelto en su contra. El resultado fue, a fin de cuentas, tan inequívoco que al presidente no le quedó más remedio que afirmar que lo aceptaría.

Persisten dos riesgos principales. El primero es que los demócratas —ya sea por el poder de veto de un presidente propenso a la invectiva, por sus propios errores estratégicos o por disputas internas— no logren ningún avance significativo en los próximos dos años, lo que mermaría sus posibilidades en las cruciales elecciones de 2028, sobre todo la elección presidencial. A pesar de los éxitos de los candidatos progresistas, el partido debería evitar un desplazamiento excesivo hacia la izquierda.

Por otra parte, aunque el deseo de los demócratas de impulsar un proceso de destitución presidencial pueda estar justificado, la aritmética en el Senado indica que un tercer intento estaría casi con seguridad condenado al fracaso, además de correr el riesgo de revitalizar a los sectores que aún permanecen fieles a Trump. Sería más sensato centrarse en investigar y exigir responsabilidades por el enriquecimiento ilícito de la familia Trump y sus allegados. Por su parte, los republicanos deberían reconocer el daño que el presidente ha infligido a su marca política y tratar de distanciarse de Trump y los aspectos mal concebidos de su agenda.

El otro riesgo —tanto para EE. UU. como para el resto del mundo— es que un presidente enfurecido utilice su control sobre la política exterior para dar rienda suelta a sus propias frustraciones. Un Trump rencoroso y sin contrapesos podría causar un daño inmenso, ya sea reactivando una confrontación con Irán o embarcándose en nuevas y peligrosas aventuras en otros lugares. Es poco probable que un líder estadounidense resentido se muestre más receptivo hacia los aliados tradicionales de EE. UU. en Canadá, Europa o cualquier otra parte.

Este alentador ejercicio democrático en EE. UU. es solo el comienzo de un esfuerzo por revertir el daño causado a las instituciones del país. Esa tarea llevará años. Y aunque los estadounidenses —al igual que los húngaros y los serbios— han rechazado el autoritarismo basado en el amiguismo, la amenaza global del populismo nacionalista está lejos de haber sido derrotada. Podría seguir ganando terreno, especialmente en Francia. No obstante, nos encontramos ante un momento decisivo en la historia política de EE. UU.: el principio del fin de la era Trump.

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