Sin inmutarse por la conflagración que ha encendido en el Medio Oriente, el presidente Donald Trump quiere persigue un cambio de régimen mucho más cerca de casa. El volátil presidente estadounidense parece haber fijado su mirada en Cuba — situada al otro lado del estrecho de Florida, al sur de su residencia de Mar-a-Lago — como su próximo objetivo: la semana pasada sugirió que tendría el "honor" de "tomar Cuba, de alguna forma".
Su modelo parece ser Venezuela: una rápida decapitación, seguida de un régimen de continuidad no electo y más favorable al sector privado. Sin embargo, el embrollo con Irán representa un temible recordatorio de los riesgos que conlleva perseguir un cambio de régimen sin un plan claro ni un objetivo final realista.
El método elegido por Trump en Cuba ha consistido en endurecer el ya antiguo embargo económico estadounidense asfixiando el suministro de combustible de la isla. Esta medida ha empujado a una economía que ya se encontraba en una situación desesperada — tras décadas de mala gestión gubernamental — al borde del colapso total. (Afortunadamente, las opciones militares no han estado, hasta el momento, sobre la mesa).
Vigente desde 1962, el embargo ha fracasado estrepitosamente en su intento de propiciar un cambio de régimen y, por el contrario, ha agravado la difícil situación de la isla. Pero las decisiones adoptadas por el régimen comunista de larga data han empeorado aún más una situación ya de por sí precaria. El embargo no fue responsable de las mezquinas restricciones burocráticas impuestas al sector privado, ni tampoco de la desastrosa decisión de despilfarrar las escasas divisas en la construcción de hoteles ostentosos para unos turistas inexistentes, en lugar de invertir en energías renovables.
Electricidad, agua, Haití…
El riesgo de una crisis humanitaria es real. Los sufridos ciudadanos cubanos han padecido dos apagones a escala nacional en el transcurso de una semana y, actualmente, carecen de suficientes raciones de alimentos. Un colapso de la red eléctrica podría poner en peligro el suministro de agua. La vecina Haití ofrece un ejemplo alarmante de lo que puede ocurrir si la autoridad estatal se desmorona.
A pesar de la desesperada situación, las protestas en Cuba han sido esporádicas. La mayoría de los ciudadanos siguen temiendo el poder represivo del Estado, el cual encarceló a cientos de personas tras las últimas grandes manifestaciones ocurridas en 2021.
Es una apuesta segura afirmar que la mayoría de los cubanos acogerían con agrado un cambio en su fallido régimen si el nuevo gobierno los liberaría de la represión, desecharía un modelo económico sin futuro y permitiría la celebración de elecciones libres.
Lamentablemente, dista mucho de estar claro que Trump comparta todos estos objetivos. El presidente de EEUU no ha explicado plenamente sus planes para Cuba, pero éstos parecen incluir la destitución de Miguel Díaz-Canel, el insulso burócrata del Partido Comunista que ha presidido el brusco descenso de la isla hacia la penuria. Washington también busca fortalecer el incipiente sector privado de Cuba y abrir a la inversión extranjera negocios potencialmente lucrativos en los ámbitos del turismo, la minería y la agricultura.
Los informes que sugieren que la administración estadounidense ha estado manteniendo conversaciones secretas de alto nivel con varias personas del círculo íntimo del exlíder Raúl Castro — entre ellas su nieto, Raúl Guillermo Rodríguez Castro — no inspiran confianza. Este último no ocupa ningún cargo formal en el Gobierno, pero ejerce poder en su calidad de descendiente del hombre de 94 años que sigue siendo el árbitro supremo de Cuba y que siempre se ha resistido al cambio político.
El riesgo radica en que Washington, ansioso por lograr una victoria rápida de cara a las elecciones de mitad de mandato del próximo noviembre, llegue a un acuerdo con los Castro que abra oportunidades de negocio — en particular para los allegados de Trump —, pero que no incluya las reformas políticas y la liberalización que podrían conducir a la democracia o a la libertad; tras lo cual, la atención de la administración Trump se desviaría rápidamente hacia otros asuntos. Después de 67 años de gobierno unipartidista, los cubanos merecen algo mejor.
La semana pasada, Trump hizo esta declaración sobre Cuba: "Creo que yo podría hacer con ella lo que quisiera". Si tal es el caso, debería trabajar para construir una Cuba próspera, libre y democrática, en la que el pueblo cubano tenga la libertad de forjar su propio destino, en lugar de que Washington imponga un turbio acuerdo gestado a puerta cerrada.
(Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).
Compartir esta nota
