Para entrar en el Museo de los Vestigios de la Guerra de Vietnam en Ciudad Ho Chi Minh, los visitantes pasan junto a un viejo helicóptero del ejército estadounidense. De hecho, todo el patio está dedicado a armamento amenazador, pero en última instancia inútil, del arsenal estadounidense de mediados del siglo XX. El mensaje implícito — "Esto no fue suficiente para vencernos" — es poco sutil.
Algún día, Kiev podría tener un museo lleno de material ruso que no logró someter a Ucrania. Los talibanes sin duda podrían exhibir el equipamiento que quedó abandonado tras dos décadas de ocupación extranjera fallida en Afganistán. En cuanto a Iraq, imagina todos los "vestigios" de la desventura estadounidense en ese país.
¿Cuándo fue la última vez que un gran Estado ganó de forma inequívoca una guerra terrestre a gran escala? Quizás en la Tormenta del Desierto de 1991, pero se resolvió en gran medida desde el aire. La guerra entre Irán e Iraq no fue concluyente. Los soviéticos perdieron en Afganistán antes que Occidente. Francia le puso fin a la Operación Barkhane, su misión contrainsurgente en el Sahel, en 2022. Solo queda citar la invasión rusa de Georgia (con una población de 4.4 millones de habitantes en ese momento); la situación aún en evolución en Gaza; y la guerra de las Malvinas, que ocurrió más cerca de la Segunda Guerra Mundial que del presente.
El mundo parece estar viviendo una tendencia que, de mantenerse, difícilmente podría ser más profunda: la creciente ineficacia de la guerra. Existe un patrón de fracaso militar, o al menos de frustración, que abarca a agresores democráticos y autocráticos, guerras cercanas a casa y guerras en continentes lejanos, guerras contra otros Estados soberanos y guerras contra fuerzas irregulares. Vietnam solía ser el punto de referencia para la humillación militar de una gran potencia. Fue un impacto tan singular que inspiró una generación de buenas películas e incluso un "síndrome". Ahora parece algo poco excepcional.
Es difícil argumentar esto sin parecer que uno se rinde ante la inutilidad de todo. Entonces, para ser precisos, los ataques aire-tierra sin ejércitos terrestres han resultado eficaces. Como ejemplos tenemos el derrocamiento de Slobodan Milošević (tras un retraso) y la derrota del ISIS. Pero hay que tener en cuenta también las limitaciones. Tras derrocar a Muamar el Gadafi sin fuerzas terrestres en Libia, Occidente perdió el control de las consecuencias. Se empantanó en Iraq, en parte porque los ataques aéreos de la década de 1990 solo le habían causado un daño limitado a Sadam Huseín. Ambos precedentes deberían inquietar a Donald Trump mientras contempla una nueva ronda de ataques contra Irán.
Si estamos presenciando la impotencia de las principales fuerzas armadas del mundo, ¿cómo se explica esto?
Por un lado, los medios de violencia se han extendido más ampliamente. No hace falta ser un gran Estado, ni siquiera un Estado, para utilizar drones o fuerzas guerrilleras. Los sistemas de armas autónomos pueden compensar la falta de personal. Se ha sugerido una "estrategia del puercoespín" para Taiwán, pero incluso las entidades más pequeñas y débiles tienen sus púas. Ha pasado una generación desde que el general británico Rupert Smith, en su libro La utilidad de la fuerza, escribiera que las interminables "guerras entre los pueblos" habían sustituido al antiguo mundo caballeroso de batallas discretas con resultados claros. Eso fue antes de que la guerra de Afganistán se agriara realmente y antes de que Rusia se atascara en Ucrania. Este libro profético ahora podría titularse con mayor precisión: La futilidad de la fuerza.
Al mismo tiempo, el miedo a una escalada nuclear es un gran inhibidor. Los países no hacen todo lo necesario para ganar una guerra. Incluso si el Estado atacado no tiene armas nucleares, el agresor debe tener en cuenta a terceros que sí las poseen. En el viejo mundo, Rusia podría haber atacado a EEUU o Gran Bretaña para disuadir su apoyo a Ucrania. Eso ahora es (esperamos) impensable. Qué extraño que Corea sea la "guerra olvidada", dado que prefiguró nuestro mundo de conflictos indecisos. El estancamiento en la península se produjo en parte porque EEUU y China quisieron evitar un intercambio nuclear más que ver ganar a sus fuerzas aliadas.
De cualquier forma, es más fácil adivinar las causas del reciente historial mixto de la guerra que predecir sus consecuencias. A primera vista, la guerra debería volverse menos común, a medida que los Estados deciden que implica demasiados costos para muy pocos beneficios. En la actualidad, existe una gran certeza periodística en torno a la llegada de un mundo en el que impera "la ley del más fuerte". Esto debería matizarse un poco. Los Estados poderosos podrían sentirse libres, desde el punto de vista legal y moral, de utilizar la fuerza en "sus" esferas de influencia históricas. Eso no significa que vaya a funcionar. Si se vuelven reticentes, tras haber visto la experiencia de Rusia en Ucrania, eso sería lo mejor después de un mundo en el que esas guerras se consideraran incorrectas por principio.
Pero la vida no sería vida si las cosas fueran tan sencillas. Existe un escenario en el que la constante decepción militar es peor para las sociedades libres. Las dictaduras pueden crear fuerzas armadas por decreto. Las democracias necesitan el consentimiento popular. Durante la Guerra Fría, mantuvieron enormes presupuestos de defensa y el servicio militar obligatorio porque la población aún asociaba estas cosas con la Segunda Guerra Mundial: la guerra justa, con su moralidad bien definida y un vencedor aún más definido. Si eso da paso al cinismo sobre la utilidad de la fuerza, las sociedades libres podrían quedar desprotegidos. Los llamamientos al patriotismo están bien, pero ganar es más importante.
En un notable discurso de despedida de un presidente estadounidense (algo bastante inusual), Dwight Eisenhower advirtió contra la penetración militar en la vida civil. El problema contemporáneo es algo más cercano a lo contrario: el distanciamiento de los civiles con respecto a los militares, fruto de décadas de malos resultados. "No hay ganadores en la guerra" fue una consigna moralizante en el siglo pasado. En este siglo, suena como una descripción de la realidad. (FT,
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