Donald Trump se ha divertido con los aranceles, pero llegó la hora de pagar. Es decir, literalmente es hora de devolver lo que se ha cobrado. La decisión de la Corte Suprema contra los aranceles de emergencia de Trump — emitidos en virtud de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA, por sus siglas en inglés) — ha puesto su política comercial en caos. La industria (de nueva creación) de los reembolsos arancelarios ya está intentando conseguir que se les devuelva a las empresas algo así como US$175 mil millones recaudados durante el último año.
Seamos claros: todo este embrollo era totalmente innecesario y ha supuesto un ejercicio extremadamente costoso por parte de la Corte Suprema para llamar la atención sobre sí misma. Los jueces podrían haber rechazado el caso y, en su lugar, haber aceptado las sentencias contra los aranceles dictadas primero por la Corte de Comercio Internacional (CIT, por sus siglas en inglés) y luego por la corte federal de apelaciones el verano pasado. En cambio, la orden judicial de la CIT se suspendió durante otros siete meses — mientras se seguían cobrando los aranceles — hasta que la Corte Suprema confirmó la decisión utilizando un razonamiento similar.
Rehusándose a asumir la responsabilidad, la administración Trump ha señalado a la Corte Suprema como responsable de la resolución de los reembolsos. La Corte Suprema no se pronunció al respecto, por lo que el caso volverá a la CIT.
El mecanismo exacto para reclamar los pagos arancelarios está sumido en incertidumbre legal y administrativa. Es posible que las compañías que pagaron aranceles que aún no han sido "liquidados", o definitivamente finalizados, puedan recuperarlos rápidamente. Pero para muchas es demasiado tarde.
Está bastante claro que la administración tendrá dificultades para oponerse a los reembolsos en principio. En un caso judicial presentado ante la CIT por un grupo de compañías en diciembre, la administración se opuso a detener inmediatamente la liquidación de los pagos, pero prometió permitir los reembolsos más adelante. Sin embargo, Trump ciertamente puede dificultar y encarecer su cobro, aunque solo sea por resentimiento. Los demócratas del Congreso ya han presentado un proyecto de ley para facilitar y agilizar el proceso, pero nadie parece creer que vaya a obtener los votos suficientes para sobrevivir al veto presidencial.
Mientras tanto, los abogados de derecho comercial y los agentes de aduanas se están preparando para un gran volumen de trabajo. Las estimaciones sobre la probable espera varían — y es posible que las compañías más pequeñas no consideren que merezca la pena el costo y las molestias —, pero parece probable que se mida en meses y años, en lugar de en semanas y meses.
Los reembolsos, además de los aranceles restantes y futuros, sin duda se convertirán en un tema político de aquí a las elecciones de mitad de período en noviembre. Si Trump tuviera algo de sentido común, los impulsaría ostentosa y rápidamente, tal vez incluso calificándolos de "dividendo arancelario" y esperando que nadie se diera cuenta de que no es exactamente lo que prometió. Pero, aunque su administración ha estado reduciendo los aranceles, ya sea mediante negociaciones o unilateralmente, el propio Trump parece incapaz de comprender lo impopulares que se han vuelto.
Otra posible fuente de fricción es la discrepancia entre quienes realmente asumieron el costo de los aranceles y quienes obtendrán el reembolso. El dinero de los aranceles se le devuelve al "importador registrado" que los pagó, pero si se trata de una compañía orientada al consumidor — o, de hecho, un mayorista — que transfirió el costo a sus clientes, estos últimos podrían sentir que se les debe dinero, si no legalmente, al menos moralmente.
La Main Street Alliance (MSA), una asociación de pequeñas empresas que les está ayudando a reclamar el pago de los aranceles, reconoce el riesgo de una reacción negativa por parte de los clientes, y está proporcionando orientación a sus miembros para que argumenten que los reembolsos benefician a los consumidores. Algunas empresas ya están aprovechando el hecho de compensar a los clientes por los aranceles como argumento de mercadotecnia, en lugar de utilizarlos simplemente para reforzar su utilidad neta.
Es posible que aún se produzcan más reacciones de indignación justificadas. Ryan Petersen, director ejecutivo de la compañía global de tecnología logística Flexport — la cual también está ofreciendo un servicio de reembolso de aranceles — afirma que EEUU es un caso muy inusual al permitir que las compañías extranjeras actúen directamente como importadores registrados. Flexport afirma que su análisis de los datos aduaneros sugiere que la proporción del comercio con China que corresponde a los importadores chinos registrados aumentó del 9 por ciento antes del "día de la liberación" en abril de 2025 al 20 por ciento a finales de año.
Petersen afirma que esto refleja que las compañías chinas se están otorgando a sí mismas la capacidad de infravalorar las importaciones para reducir los costos arancelarios. También significa que el Gobierno estadounidense, mientras deja que los consumidores sufran las consecuencias, estará desembolsando miles de millones de dólares a un número cada vez mayor de compañías chinas que agresivamente están enfocándose en el mercado estadounidense.
Esto dará una imagen extraordinariamente negativa. Trump siempre dijo que las compañías chinas pagarían los aranceles. En términos económicos, esto ha resultado ser mayormente erróneo, ya que el costo de los aranceles se ha trasladado a los productores, a las empresas y a los consumidores estadounidenses. Pero, en el sentido administrativo, parece haber sido cada vez más acertado.
Si hubiera que diseñar con precisión una política para poner de manifiesto las deficiencias de la administración Trump, la saga arancelaria de la IEEPA sería la ideal. Se trata de un arancel ilegal basado en una economía desacertada; fue diseñado de forma ineficaz y administrado de manera incompetente; se revocó de mala gana bajo una presión legal tardía; y está beneficiando precisamente a las personas a las que se pretendía castigar.
Habría que no tener ningún sentido del humor para no reírse, pero es poco probable que los consumidores y votantes estadounidenses aprecien la broma. (Alan Beattie. Copyright The Financial Times Limited 2026
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