El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, volvió a apoyarse en un relato de cooperación y gratitud para proyectar la imagen de un país dispuesto a tender la mano aun sin ser potencia. “Nosotros no somos el país más rico, no somos el país más grande, no somos el país con más recursos o con más población, pero sí queríamos ayudar”, afirmó en un mensaje en el que remarcó que la solidaridad no se mide por tamaño ni por presupuesto, sino por voluntad.

Bukele insistió en que el vínculo con “pueblos hermanos” se prueba en los momentos de crisis. “No están presentes únicamente cuando es hora de alegría o cuando es hora de bonanza, sino que están presentes sobre todo cuando hay problemas, cuando la tierra tiembla”, sostuvo, al describir una misión de ayuda marcada por escenas de desastre y rescate. En esa línea, dijo que el reconocimiento llegó de forma directa: “la gente lo vio y la gente lo agradeció”, y aseguró que “al día de hoy todavía seguimos recibiendo agradecimientos”.

El mandatario colocó a la comunidad venezolana, a la que describió como una fuerza de trabajo y aporte dentro de El Salvador. “En el gobierno tenemos muchos venezolanos que trabajan con nosotros y han trabajado con nosotros muchos años ya”, señaló. Y reforzó esa idea al enumerar cualidades que, según su visión, ha conocido “de primera mano”: “tenacidad, fortaleza, resiliencia, adaptabilidad y ganas de salir adelante”.

El mandatario también subrayó que ese aporte no se limita a cargos públicos, sino que atraviesa distintos ámbitos del país: “Aportan aquí en nuestro país, en todos los rubros, en los hospitales, en las instituciones”. A partir de esa experiencia, extendió el retrato hacia Venezuela: dijo que esas mismas capacidades se replican “allá también”, y que —según su relato— pudo comprobarlo en el terreno durante la emergencia.

Bukele apeló a imágenes concretas: familiares removiendo escombros “con sus propias manos” y ciudadanos que ofrecían lo que tuvieran a mano para colaborar con rescatistas salvadoreños. “Vimos como muchos llevaban… trataban de dar lo que podían dar”, afirmó, mencionando incluso gestos improvisados —desde comida hasta ayuda directa— como parte del cuadro de solidaridad.

Uno de los datos más destacados del discurso fue la cifra de participación civil: “Hubo doscientos setenta voluntarios venezolanos que colaboraron en la misión”. Bukele aclaró que “no están acá para que los podamos condecorar”, pero remarcó que trabajaron “mano a mano y hombro a hombro” con los equipos salvadoreños. Cerró ese tramo con un mensaje explícito: “A todos ellos les mandamos también un gran saludo y un gran abrazo desde El Salvador. Gracias por habernos ayudado a poder ayudar a su pueblo”.

El mensaje de unidad y cooperación internacional convive, sin embargo, con un contexto político interno cada vez más tenso. Con la candidatura de Bukele para un tercer mandato ya oficializada, la promesa de alternancia queda bajo presión en un país donde el debate constitucional se ha vuelto parte central de la disputa pública. La reseña que acompaña estas palabras lo plantea sin rodeos: en El Salvador, la Constitución “se reescribe a la medida del mandatario”, una afirmación que resume el foco de las críticas y que anticipa un nuevo capítulo de confrontación sobre reglas, límites y continuidad en el poder.

Así, mientras Bukele se presenta como portavoz de una solidaridad que se activa “cuando la tierra tiembla” y cuando “las cosas se ponen feas”, su liderazgo enfrenta un escrutinio creciente puertas adentro: el contraste entre el relato de hermandad y el pulso institucional marcará, probablemente, el clima político futuro.

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