Entre el polvo y la esperanza, los rescates desafían el tiempo.
Cuando ya habían transcurrido casi seis días desde el devastador doble terremoto que sacudió el norte de Venezuela, un nuevo rescate volvió a desafiar el reloj. Durante la madrugada de este martes 30 de junio, un niño de apenas tres años fue extraído con vida de entre los escombros de una edificación por un equipo de rescatistas de Jordania, en una operación que quedó registrada en imágenes difundidas por el Ministerio del Poder Popular para la Comunicación e Información.

Mientras el pequeño era puesto a salvo, el país entraba en horas decisivas de búsqueda: cada superviviente encontrado renueva la esperanza de cientos de familias que continúan aguardando noticias de sus seres queridos atrapados bajo las ruinas, en medio de una tragedia provocada por los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 del pasado 24 de junio.
En las zonas más devastadas de La Guaira, el sonido de las herramientas manuales suele imponerse al silencio. Sin embargo, hay momentos en que todo se detiene. Los rescatistas callan. Aguzan el oído. Esperan una señal.
Así ocurrió la noche del lunes 29 de junio, cuando un niño de 12 años fue extraído con vida de entre los restos de una estructura colapsada. Las imágenes difundidas por el Departamento de Bomberos del Condado de Quito muestran una escena que resume la lucha de estos días: socorristas retirando cuidadosamente fragmentos de concreto hasta abrir un espacio suficiente para liberar al menor, que finalmente fue inmovilizado en una camilla y trasladado entre aplausos, alivio y lágrimas contenidas.
El rescate, realizado cuando ya habían transcurrido cinco días desde los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 registrados el 24 de junio, recordó que, incluso cuando las estadísticas reducen las probabilidades de supervivencia, todavía es posible encontrar vida bajo toneladas de escombros.
No fue el único caso que devolvió esperanza.
Un día antes, equipos especializados procedentes de Estados Unidos y Francia lograron rescatar con vida a un padre y a su hijo adolescente, quienes habían permanecido cuatro días atrapados bajo un edificio derrumbado en Caraballeda. Su salida representó uno de los momentos más emotivos de una operación internacional que continúa desarrollándose prácticamente sin descanso.
Cada sobreviviente encontrado confirma que, mientras exista una posibilidad, los rescatistas y voluntarios seguirán buscando.
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Una carrera contrarreloj para quienes aún esperan
Pero por cada historia con un desenlace esperanzador, hay muchas otras cuyo final sigue siendo incierto.
En Catia La Mar, un amplio operativo internacional concentra desde hace más de 24 horas sus esfuerzos para rescatar a Hernán Gil, vigilante de un edificio residencial que quedó atrapado en el tercer nivel del sótano tras el colapso de la estructura.
Los especialistas lograron establecer contacto con él y confirmar que permanece con vida. Sin embargo, alcanzar el lugar donde se encuentra se ha convertido en una tarea extremadamente compleja.
Una enorme viga bloquea el acceso, mientras la inestabilidad del edificio impide utilizar maquinaria pesada. Cada fragmento de concreto debe retirarse manualmente para evitar un nuevo derrumbe que ponga en peligro tanto al sobreviviente como a los propios rescatistas.

Desde el exterior, Gusbimar González espera desde el mismo día del terremoto. Su rutina se ha reducido a observar el edificio destruido, escuchar los reportes de los especialistas y aferrarse a cada actualización que confirma que su esposo continúa resistiendo.
Los equipos le han explicado que la garita de vigilancia donde trabajaba actuó como una especie de cápsula protectora, permitiéndole sobrevivir al colapso. Pero también le advierten que el acceso es lento y extremadamente delicado.
Mientras tanto, ella mantiene intacta la convicción de que no solo su esposo sigue esperando ser rescatado.
"Yo tengo la corazonada de que están esperando que los saquen debajo de los escombros", afirmó al referirse a otras posibles personas atrapadas.
El esfuerzo internacional frente a una devastación sin precedentes
La magnitud del desastre movilizó una de las mayores operaciones internacionales de búsqueda y rescate registradas recientemente en la región.
La Organización de las Naciones Unidas coordina el trabajo de más de 2.000 rescatistas procedentes de 27 países, organizados en más de 40 equipos especializados y apoyados por alrededor de 160 perros entrenados para localizar personas bajo estructuras colapsadas.
En las labores participan brigadas de Estados Unidos, Portugal, Francia, Chile, Costa Rica, México, Ecuador, Vietnam, El Salvador y otros países que trabajan de manera coordinada en los sectores más afectados de La Guaira.
El tiempo, sin embargo, se ha convertido en el principal adversario.

Con el paso de los días aumentan los riesgos de deshidratación, lesiones, falta de oxígeno y nuevos derrumbes, mientras las réplicas obligan periódicamente a suspender las operaciones para proteger a quienes participan en los rescates.
Pese a ello, las cuadrillas continúan excavando con paciencia, conscientes de que una decisión apresurada puede costar la vida de alguien que todavía resiste bajo los escombros.
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La esperanza resiste mientras siga una voz bajo las ruinas
Cada rescate modifica por unos minutos el estado de ánimo de quienes aguardan noticias de un familiar desaparecido.
Cuando una persona emerge con vida, el alivio no pertenece únicamente a esa familia. También alimenta la expectativa de quienes permanecen frente a edificios destruidos convencidos de que alguien más puede responder desde la oscuridad.
Por eso, aunque las probabilidades disminuyen con el paso de las horas, las operaciones continúan.
Los rescatistas siguen trabajando entre montañas de concreto, polvo y estructuras inestables porque saben que, en tragedias como esta, la esperanza no se mide únicamente por el tiempo transcurrido, sino por cada vida que todavía puede ser alcanzada antes de que el silencio termine por imponerse.
Las heridas que deja el terremoto
El balance oficial refleja la dimensión de la tragedia.
Al menos 1.943 personas han perdido la vida y miles han resultado heridas y cerca de 15.900 habitantes permanecen damnificados, según cifras del Gobierno venezolano.
Una evaluación preliminar elaborada por la NASA mediante imágenes satelitales estima, además, que cerca de 58.870 edificaciones podrían haber sufrido daños o haber quedado destruidas en toda la región afectada, una cifra que evidencia el enorme impacto del doble terremoto.
Especialistas han señalado que el elevado número de víctimas pudo verse agravado por años de deficiencias en la aplicación de las normas de construcción, problemas en los sistemas de licencias y décadas de deterioro institucional acumulado.
Al mismo tiempo, organismos humanitarios alertan de un rápido deterioro de las condiciones de vida en las zonas afectadas. La escasez de alimentos, el colapso de servicios básicos y las dificultades para atender a miles de desplazados añaden una nueva dimensión a la emergencia.
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Con Reuters, EFE y medios locales
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