La resaca electoral se percibe leve en Costa Rica. La tranquilidad volvió pronto a las calles que para las elecciones se habían teñido de banderas partidarias y se habían colmado de pitazos de jolgorio llamando al voto.
Al filo de las nueve de la noche del domingo 1 de febrero, el país entero conoció los resultados de las elecciones generales: unos celebraron con estruendo, otros lamentaron su derrota, pero no hubo cuestionamientos sobre la credibilidad del conteo fiscalizado por el Tribunal Supremo de Elecciones, un rasgo que sigue distinguiendo a la política costarricense incluso en tiempos de polarización.
En los días siguientes parece predominar un mismo ánimo: respetar lo decidido en las urnas y desearle lo mejor al Gobierno entrante “por el bien de todos”. Así lo dice Elián, de 18 años, quien votó por primera vez y lo hizo por la ganadora, la derechista Laura Fernández, del Partido Pueblo Soberano (PPSO), delfín político del presidente Rodrigo Chaves.
Paola, propietaria de una floristería en San José, coincide en el deseo, aunque con menor entusiasmo y expectativas más bajas.
Fernández obtuvo una victoria en primera ronda, algo que no ocurría desde 2010, cuando Laura Chinchilla se convirtió en la primera mujer en presidir el país. Ganó con el 48% de los votos y sacó alrededor de 15 puntos de ventaja sobre su contendiente más cercano. Además, superó el millón de votos en una jornada de participación alta, muy por encima de la elección anterior, cuyo abstencionismo en primera vuelta fue récord. El respaldo al movimiento oficialista se trasladó al Legislativo: el PPSO obtuvo 31 de 57 diputaciones, la fracción más grande que ha tenido un partido desde 1982, lo que asegura control de la agenda y la aprobación de leyes ordinarias con sus propios votos.
¿Cómo logró la ahora presidenta electa un triunfo arrollador, revirtiendo una tendencia reciente de campañas marcadas por fragmentación, incertidumbre y abstencionismo? ¿Qué significa la promesa de “continuidad del cambio” del movimiento autodenominado “jaguar”, cuya figura central ha sido Chaves, y cuyo partido es incipiente?
France 24 habló con especialistas costarricenses en Ciencias Políticas para entender las claves del resultado y el sentido de una retórica que entusiasma a sus seguidores y alarma a la oposición, especialmente cuando se habla de reformar instituciones de control y contrapeso y de levantar garantías individuales.
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Respaldo a Chaves y descontento con los partidos tradicionales
El apoyo a Fernández es, ante todo, “una validación del Gobierno de Rodrigo Chaves”, considera Jaime Ordóñez, director del Instituto Centroamericano de Gobernabilidad (ICG). Un 59% de la ciudadanía valoró como positiva su gestión en enero pasado, según una medición del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica, convirtiéndose en el mandatario costarricense mejor valorado en las últimas décadas. Lo que estaba por verse era si esa popularidad sería transferible a su candidata.
Para Daniela Chacón, investigadora del CIEP, el desenlace confirma una tendencia que ya se observaba en las encuestas de este centro: el crecimiento del oficialismo se venía mapeando desde el inicio de la campaña, cuando inclusive Chaves marcaba cierta intención de voto junto con Fernández, a pesar de no ser candidato.
Ambos coinciden en que el movimiento de Chaves se posicionó, una vez más, como alternativa frente al hartazgo con los partidos tradicionales, a pesar de ser su líder el gobernante de turno. De hecho, Costa Rica registra una de las confianzas más bajas en los partidos políticos, según un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
Chacón y Ordóñez atribuyen este éxito al efectivo discurso del presidente Chaves, quien, además, sostuvo una “campaña permanente” en sus cuatro años de Gobierno, aseguran. “A pesar de que no logra solucionar ninguno de los problemas estructurales, ni en educación, ni en salud, ni en seguridad ciudadana – todo lo contrario desde mi perspectiva–; tiene la habilidad política de trasladar al pasado estas responsabilidades”, explica Ordóñez. “Achacaba la culpa (de no resolver) a los otros poderes de la República como parte de una retórica muy populista”, añade Chacón.
Chaves gobernó, además, bajo una economía estable con una baja inflación y un descenso récord del desempleo y su alta popularidad ha resistido los casos de corrupción dados a conocer por la prensa, las acusaciones formales ante la justicia en su contra y en contra de funcionarios de su gabinete, y dos intentos de retirarle el fuero.
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¿Quiénes votaron por Fernández?
Chacón apunta a una combinación de tres fuerzas: la base dura del chavismo, los indecisos que se movieron en la última semana y, sobre todo, la movilización de sectores que antes se abstuvieron. Con una base garantizada por su mecenas, Fernández se mantuvo en primer lugar en las encuestas y creció de forma consistente.
Fernández, además, consolidó su triunfo en primera ronda movilizando a quienes antes se habían abstenido de votar, sobre todo en las provincias costeras del país y logró conquistar parte del voto de quienes se mantenían indecisos en la semana previa a los comicios.
Ordóñez describe el mapa del resultado como la existencia de “dos Costa Ricas”. “La votación en San José fue muy pareja, e incluso provincias como Cartago las gana la oposición, pero este triunfo holgado de Fernández viene de las zonas costeras, sectores históricamente más olvidados y más pobres, que acumulan esta molestia histórica”, señala.
Para él, esto expresa “una rebelión del enojo popular” que se sostiene en el tiempo entre un sector de la población que siente que las decisiones en los últimos 20 años no resolvieron problemas esenciales de un país muy desigual. Chaves, añade, supo convertir esa molestia en motor político y en identidad ideológica.
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¿Cuál es la ideología de la presidenta electa de Costa Rica?
Los especialistas describen al chavismo costarricense como una derecha conservadora en la que incluso hay miembros libertarios, integrada por corrientes distintas unidas por un rasgo común: su carácter antipartidos tradicionales. “Es un centro derecha que no es democristiano ni socialcristiano, sino una mezcla de sectores evangélicos, libertarios y expartidos tradicionales: una amalgama que, por el bien del país, debería definirse ideológicamente”, sostiene Ordóñez.
Chacón subraya que parte de la estrategia oficialista fue capturar al conservadurismo que impera en amplios sectores del país, quitándole espacio a partidos que antes dominaban ese nicho y que esta vez inclusive han quedado fuera del congreso.
Esa amplitud, sin embargo, puede ser un talón de Aquiles. Una confluencia variopinta tiende a fracturarse cuando llegan decisiones concretas sobre prioridades, intereses y costos, comenta Chacón, y valora que mucho dependerá del liderazgo de Fernández y de cómo se relacione con Chaves, figura central de este movimiento y a quien ella ha ofrecido el puesto de ministro de la Presidencia. “Nombrar a Chaves podría ser útil porque valida el continuismo, pero él es muy confrontativo”, dice Ordóñez. Chacón añade que las mujeres suelen ser evaluadas con más severidad que los hombres, y el factor de género puede pesar en los primeros cien días de gobierno y cuando las expectativas sociales son tan altas.
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¿Por qué Laura Fernández anuncia la fundación de la Tercera República?
En su primer discurso tras la victoria, Fernández reiteró la promesa de “continuidad del cambio” que Chaves empezó y fue más allá: declaró que la Segunda República –el periodo abierto tras la guerra civil de 1948, asociado a la abolición del ejército, una nueva Constitución y la creación del Tribunal Supremo de Elecciones– habría terminado, y aseguró que con ella iniciaría la Tercera República.
Para Ordóñez, Costa Rica vive transformaciones importantes, pero no hay elementos que sustenten la fundación de una nueva era política. “Para hablar de una Tercera República deberíamos tener una gran ideología detrás. Veo frases efectistas y propuestas puntuales, pero no veo un nuevo marco ideológico. Costa Rica todavía vive de hacer pequeños remiendos al marco institucional que se creó hace 80 años”, sostiene.
Relato de mano dura y acercamiento al bukelismo
La mano dura es otro componente central del relato de Fernández. Costa Rica atraviesa una crisis de inseguridad inédita, con tres años consecutivos de cifras récord de homicidios bajo el mandato de Chaves producto del enfrentamiento de bandas del narcotráfico. Aunque críticos señalan que el Gobierno hizo poco para resolver el problema, el discurso que culpabiliza a otros poderes pareció calar en la ciudadanía.
En esa línea se inscribe el acercamiento al presidente Nayib Bukele, de El Salvador, que también echa mano de la retórica de “nosotros y los otros”. Con un régimen de excepción vigente desde 2022, Bukele redujo los homicidios a mínimos y convirtió en pilar de su modelo al Centro de Alta Contención de la Criminalidad Organizada (CECOT), megacárcel de máxima seguridad señalada por organismos de Derechos Humanos como epicentro de violaciones graves, incluidas torturas físicas.
Dos semanas antes de los comicios, Bukele visitó Costa Rica para el inicio de obras de ampliación de la cárcel La Reforma, cuyos planos están inspirados en el CECOT, un gesto que críticos interpretaron como guiño electoral en favor de Chaves y Fernández.
Fernández ha dicho que aplicará mano dura y que, si la crisis empeora, podría considerar la suspensión de garantías individuales en zonas específicas. Sin embargo, para una medida de ese tipo necesitaría 38 votos en el Legislativo y superar el filtro de la Sala Constitucional.
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¿Será el gobierno de Laura Fernández una amenaza a la estable democracia costarricense?
Durante la campaña, la oposición tildó al movimiento chavista de autoritario. Fernández ha respondido declarándose “demócrata convencida”, pero también lanzó advertencias a medios de comunicación y a la oposición, aunque en entrevistas posteriores mostró un tono más conciliador. Está por verse si mantendrá la confrontación que caracterizó a su predecesor hacia la prensa, críticos e instituciones.
Con mayoría simple, el Gobierno de Fernández podrá aprobar leyes ordinarias con su bancada. Para cambios estructurales, como reformas constitucionales, nombramientos de magistraturas o transformaciones profundas del Poder Judicial o del sistema electoral, necesitará acuerdos con la oposición. “Costa Rica no tiene los poderes imperiales que tiene Bukele en El Salvador, donde hay cooptación total del legislativo y del judicial. Todavía existe control institucional”, explica Ordóñez, aunque admite preocupaciones válidas sobre el “discurso amenazante” hacia prensa y disidencia y sobre la idea de levantar garantías individuales.
En el nuevo mapa legislativo quedan dos fuerzas opositoras predominantes. La primera es Liberación Nacional, partido tradicional que logró 17 diputaciones impulsado por el candidato presidencial Álvaro Ramos, quien “logró resucitar un partido que estaba muy dañado” por escándalos de corrupción del pasado, según Ordóñez. La segunda fuerza es el Frente Amplio, con siete diputaciones, “un partido de izquierda que parece centrarse cada vez más y que tuvo gran apoyo de los jóvenes”, añade. El reto de la oposición será fiscalizar y negociar sin alimentar el relato oficialista que convierte cualquier freno en “sabotaje” del mandato popular.
En la calle, las opiniones reflejan el dilema entre seguridad y garantías.
A Jairo, consultado por France 24, la idea de un régimen de excepción no le asusta: “Si usted anda en cosas buenas, no tiene por qué temer; no creo que vayan a llegar a romperle la puerta a alguien si no está haciendo nada malo. Por mí no hay problema, la gente se alarma mucho”. Inés, una adulta mayor que votó en contra, expresa su temor: “No sé si vamos a seguir en democracia, ese es el peligro”. Elián ve con buenos ojos que el oficialismo tenga mayoría para acelerar leyes y confía en límites sociales si abusan del poder. Rolando, de 27 años, espera que la presidenta electa “no le siga los pasos” a Chaves en los ataques hacia la prensa y sus críticos, y pide un gobierno “por y para el pueblo”.
Costa Rica entra así en un nuevo ciclo con un oficialismo fortalecido, una retórica rimbombante que invoca una “Tercera República” y una promesa de “cambios profundos e irreversibles”. Está por verse qué reformas impulsará el nuevo poder y qué relación establecerá con los contrapesos institucionales y con las libertades públicas que han sostenido, por décadas, la estabilidad democrática del país.
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