La alarma de Maira Caicedo Díaz sonó a las siete y media de la mañana, como todos los días, para llevar a los niños al jardín. Todavía estaba en la cama cuando todo empezó a temblar.
Dormían con ella cuatro chicos: sus dos hijos y sus dos sobrinos. Agarró primero a la más pequeña, de un año, y al varón de diez. Los llevó hasta la mitad de la calle, los dejó ahí y volvió a entrar por los otros dos.
"Por dentro pensaba: 'La casa se va a caer'", cuenta a France 24.
Cuando los tuvo a todos afuera, se dio cuenta que le faltaba el aire. Mientras, a su alrededor, las viviendas de los vecinos se desplomaban.
La secuencia ocurrió el lunes 10 de agosto en Buenaventura, el principal puerto de Colombia sobre el Pacífico. El terremoto de magnitud 7,4 tuvo su epicentro en el municipio de San José del Palmar, en el Chocó, a 103 kilómetros de profundidad, según el Servicio Geológico Colombiano. Sacudió el centro y el occidente del país y deja hasta ahora más de 200 muertos – en medio de una gran cantidad de desaparecidos –y cerca de 900 heridos, según los balances disponibles este martes.
En Buenaventura, el boletín unificado de la Alcaldía Distrital, con corte a las nueve de la noche del lunes, reportó diez muertos, 174 heridos y tres desaparecidos. El Distrito declaró la calamidad pública y decretó un toque de queda entre las nueve de la noche y las seis de la mañana.
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Los barrios donde cayeron los edificios
Einer Andrés Pérez estaba listo para salir al trabajo cuando su casa empezó a moverse. Alcanzó a agarrar a su perra y esperó afuera a que pasara el temblor. Su vivienda y las de sus vecinos quedaron en pie. Otras no.
En el barrio Naranjito se cayó un edificio. La comunidad trabajó ahí toda la tarde con máquinas prestadas y esa misma noche sacaron gente con vida. En la zona de Rockefeller se desplomó una construcción de cinco pisos, con una ferretería en la planta baja. Lo primero que se preguntaron los vecinos fue si los dueños estaban adentro, cuenta a este medio Santo Eusebio Montaño González, que vive en el barrio Inmaculada.
Empezaron a remover escombros con las manos y hallaron personas sin vida. Al día siguiente todavía faltaba sacar tres cuerpos de una misma familia.
En Inmaculada, sobre la calle Samaria, se cayeron unas quince casas y no murió nadie. La de Santo Eusebio quedó con daños leves.
El martes por la mañana llegó otra réplica. En el sector Eucarístico y en Juan XXIII parte baja se cayeron casas que habían quedado dañadas el día anterior y que ya no aguantaron. En La Carmelita, parte alta, dos mujeres perdieron sus viviendas de dos y tres pisos sin alcanzar a sacar nada.
El Servicio Geológico Colombiano identificó 47 réplicas hasta la tarde del lunes, la mayor de magnitud 4,8. El martes registró un nuevo sismo cercano a 5,0 en la zona del epicentro.
"Sigue temblando, se siguen cayendo casas, siguen quedando más familias damnificadas", dice Maira Caicedo Díaz.
El balance oficial contabiliza 53 casas destruidas y 91 averiadas en Buenaventura, aunque líderes barriales han reportado a la Alcaldía más de 600 viviendas con algún tipo de daño, una cifra que todavía no está verificada en terreno.
También figuran 29 instituciones educativas afectadas, dos iglesias y tres muelles o puentes. En la zona rural, en Cajambre, Mayorquín, San Juan, Yurumanguí y Bajo Calima, hay pérdidas totales y parciales.
Enfermos y recién nacidos bajo el sol
La Clínica Santa Sofía, de siete pisos, quedó con daños en cerca del 70 por ciento de su infraestructura, según la Alcaldía. Sacaron a la calle a los pacientes internados, a los adultos mayores y a los recién nacidos.
Allí se quedaron, bajo el sol del mediodía, y los vecinos armaron carpas para taparlos.
"Acá hace mucho calor, hay mucho sol, y están ahí aguantando sin poder taparlos y sin poder meterlos al hospital", cuenta Pérez.
El Distrito declaró alerta naranja. Santa Sofía y el Hospital Luis Ablanque de la Plata estaban al ciento por ciento de su capacidad instalada.
Carolina Morales, que vive desde hace once años en el barrio Gamboa, describe lo mismo desde otro punto de la ciudad. Ella misma tiene un problema de salud por el que viaja a Cali a atenderse, porque en Buenaventura no consigue el tratamiento. Eso era así antes del terremoto.
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Vecinos con palas
Tres deslizamientos cerraron la carretera que une Buenaventura con Cali, la vía por la que entra casi todo.
Durante estos dos días, quienes removieron escombros en los barrios fueron los propios habitantes. Llegaron con martillos eléctricos, palas, picas, tapabocas y guantes. La maquinaria pesada la prestaron empresas y particulares de la ciudad. La gente come cualquier cosa y vuelve al lugar, cuenta Eusebio.
"Los mismos ciudadanos, los mismos de la comunidad del barrio, están intentando mover escombros", dice Carolina. "Es doloroso".
Sobre la ayuda oficial, los relatos no coinciden del todo. Ella asegura que hasta el momento de la entrevista con France 24 no había recibido nada de la alcaldía, la gobernación ni el Gobierno nacional. Pérez menciona presencia de la Defensa Civil, los bomberos, la Cruz Roja y el Ejército en el edificio caído de Rockefeller. Maira Díaz lo resume así: "Entre lo poquito y nada".
El Distrito informó que mantenía 42 unidades de bomberos desplegadas y un puesto de mando unificado activo. Entre las necesidades urgentes enumeró 500 carpas de campaña, 15.000 ayudas humanitarias, medicamentos, oxígeno y plantas eléctricas. La Alcaldía admitió que todavía hay sectores sin evaluar y que la falta de diagnóstico no significa que no haya daños.
A Santo Eusebio le preocupa lo que viene. Con la vía cerrada no hay manera de que entren alimentos.
"Al paso que vamos, pasaremos hambre".
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La noche larga
El lunes casi nadie durmió bajo techo. La gente sacó colchonetas a los andenes, armó carpas y se acostó en la calle, con el temor de que volviera a temblar y también de que comenzara a llover.
"Fue una noche demasiado larga", dice Carolina Morales. "La zozobra de pensar que en cualquier momento podía haber una réplica fuerte, no poder dormir por el miedo".
Su hermana fue víctima de una crisis nerviosa. Un compañero de trabajo perdió la casa entera. Un vecino al que conoce hace once años quedó bajo los escombros de la suya.
En su sector, Pérez seguía el martes sin luz y sin internet. Una rotura en un tubo madre dejó una fuga que la empresa de agua alcanzó a contener a medias.
Mientras tanto, en redes sociales aparecieron publicaciones de fundaciones y de vecinos ofreciendo terrazas, habitaciones y comida hasta que llegara la ayuda.
"A nivel nacional, Buenaventura no existe"
"Solamente hablan de Cali, hablan de Pereira, hablan de Manizales", dice Carolina. "A nivel nacional Buenaventura no existe".
Maira Díaz repite la lista y agrega Palmira. "Buenaventura es Colombia, es Valle", señala.
"Acá también somos seres humanos".
Pérez lo explica de otra manera. Por Buenaventura entra y sale buena parte del comercio exterior colombiano, pero eso, sostiene, no se traduce en la ciudad.
"El principal puerto del país y no se ve reflejado en las calles ni en la comunidad", afirma. La plata de las regalías que sale de ahí no queda ahí.
Santo Eusebio no pretende que nombren a su ciudad primero. Pide que los nombren a todos, a Buenaventura, a Cali y a Pereira, porque todos están sufriendo lo mismo. El que no perdió a alguien, perdió la casa, dice, o está atendiendo a alguien que perdió algo.
"Que no le den la espalda a Buenaventura", pide Pérez.
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